Miércoles, 19 de Septiembre de 2018

Cuando en marzo de 2017 el grupo PSA se hizo cargo de Opel, tanto el presidente Lambán, como Rajoy, como el presidente del grupo PSA, Carlos Tavares, se esforzaron en transmitir mensajes que calmaran las amenazas sobre el empleo.

Los trabajadores ya empezaban a intuir las amenazas, y han resultado ser ciertas. Hace pocos días llegó el sopapo de realidad.

Cuando escribo este comentario, los trabajadores de Opel Figueruelas todavía están votando si aceptan el preacuerdo al que se ha llegado con la empresa. El resultado es irrelevante al objeto de este escrito.

Un preacuerdo que, en el mejor de los casos, acaba con las expectativas de los asalariados de mejorar su situación laboral después de años de congelación, empeora otros aspectos de sus condiciones de trabajo e introduce condiciones muy inferiores en calidad de empleo para los nuevos empleados que puedan contratarse.

Y todo ello, a cambio de humo.


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El compromiso de la empresa de nuevas inversiones no es más que papel mojado que el año que antes de final de año pueden desvanecerse. O humo, o la amenaza de desinvertir.

No seré yo quien censure la postura de los trabajadores, sea cual sea su decisión. Todos tenemos nuestras servidumbres y por lo tanto, nuestras esclavitudes y miedos.

Los dirigentes políticos autonómicos y nacionales les empujan a aceptar el preacuerdo como mal menor. Resignación, es el mensaje. Mejor la esclavitud a cambio de un plato de lentejas, que nada.

Más allá del impacto de lo que ocurra sobre los propios trabajadores y sobre la economía aragonesa, evidente siendo el 30% del PIB de la CCAA y empleando a unos 6.000 trabajadores directos y 25.000 indirectos, quiero ir más allá.

Porque lo que puede que no ocurra ahora, terminará ocurriendo. Sin duda.

“Los dirigentes políticos les empujan a aceptar el preacuerdo como mal menor. Mejor la esclavitud a cambio de un plato de lentejas, que nada”

Y es que las grandes empresas, gracias a las virtudes que la globalización ha tenido para ellas -que no para el resto de los mortales- comparan los costes de producción en países europeos con los costes en Marruecos u otros países donde los salarios son miserias.

Quieren producir allá donde les resulte más barato, pero eso sí, luego nos quieren vender los coches a los europeos con mayores rentas, españoles incluidos.

Por eso llama la atención que, de las crónicas del foro de Davos, lo único que ha trascendido son algunas de las ordinarieces de Trump -inevitables, ya le conocemos-, pero en modo alguno su posición respecto a las consecuencias sobre la globalización y su posición proteccionista para con la industria norteamericana.

“Me encanta la globalización, pero también mi patria. America first, but not only America”.

Si se lleva usted su empresa a Méjico para producir coches baratos, cuando los quiera vender en Estados Unidos va a tener unos aranceles que le harán repensar si le ha convenido llevarse la empresa. Esa es parte de su posición.

En Europa, donde la globalización es la nueva religión de la que me declaro atea, se entiende su defensa por parte de Alemania, que gracias al invento del euro disfruta de un tipo de cambio entre un 30-35% inferior al que tendría con el marco.

“Yo también quiero un Presidente de mi país para quién España y los españoles seamos lo primero, no sólo, pero sí lo primero”

Arruinando así la industria de los países del sur de Europa, que nos hemos comido las lavadoras y los coches alemanes, comprándolos con salarios de miseria.

Así se entiende que, para Merkel, las reglas de comercio justas y equitativas, antiglobalización, sean una ordinariez propia de patanes como Trump.

Pero el seguidismo de los países del sur, como Francia, Italia o España, cuyas industrias han quedado arruinadas por la industria alemana que no hubiera podido competir en precios si no hubiera sido por el euro, no tiene excusa.

Yo también quiero un Presidente de mi país para quién España y los españoles seamos lo primero, no sólo, pero sí lo primero.

Y si una empresa se lleva la producción a otro país para producir más barato, muy bien, es su derecho. Pero que lo pague cuando quiera vender aquí el producto.

O eso, o todos esclavos.