Miércoles, 19 de Septiembre de 2018

No siempre es fácil trazar la línea roja que separa iniciativas más o menos frívolas de actuaciones claramente irresponsables.

Más aún, en estos tiempos extraños que nos han tocado vivir, en los que entre todos -unos por acción y otros por omisión- hemos conseguido encumbrar la mediocridad al poder, hasta extremos inimaginables.

Y hete aquí como, fruto de la impericia, la demagogia, la ignorancia o vaya usted a saber de qué ocultas intenciones, Zaragoza en Común nos ha regalado otra de sus perlas cultivadas, al poner desde el Ayuntamiento la pasta necesaria para la edición y difusión de una controvertida guía para drogarse uno como Dios manda.

Lo peor del documento que entre todos hemos financiado, no es su insistencia en tópicos tan manidos como que no es la droga lo que mata, sino la falta de información.

“Y hete aquí como, fruto de la impericia, la demagogia, la ignorancia o vaya usted a saber de qué ocultas intenciones, Zaragoza en Común nos ha regalado otra de sus perlas cultivadas”

Tampoco es nada nuevo aducir, como velada justificación, que existen en nuestra sociedad drogas permitidas -el alcohol sin duda es una de ellas- que resultan tan destructivas para nuestro bienestar físico y mental como otras sustancias ilegales.

Lo malo de verdad, lo descabellado y peligroso es que, con un formato pseudocientífico y un lenguaje aparentemente profesional, se parte de esas premisas, a priori inocuas, para lanzar el mensaje de que, en el fondo, de lo que se trata es de ser uno quien controla las drogas y no las drogas las que le controlan a uno.


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Y dicho así, podría sonar guay del Paraguay, si no fuera, porque, una vez aceptado pulpo como animal de compañía, toca aceptar también que, si somos capaces de elegir las ocasiones más idóneas para consumir, el problema no es la dosis, sino la sobredosis.

Que si el rulo está limpio y nos lavamos la nariz con agua tibia después de esnifar, tira que te va; o que siempre estaremos más cerca de manejar el factor riesgo, si asumimos que en realidad la cocaína, el hachís o el speed son equiparables al paracetamol o a los ansiolíticos que se dispensan en las farmacias.

Lo que pasa es que en unos casos, cuando sirven para curar -dice la guía- se les llama medicamentos y en otros, cuando son para pasarlo chachi, se llaman drogas.

Como no soy experto en la materia, no pretendo valorar la validez pedagógica, si es que la tiene, de estos argumentos; pero me basta para hacerme una idea saber que profesionales de instituciones como Proyecto Hombre o del Plan Nacional sobre Drogas se han llevado las manos a la cabeza, ante la ligereza con la que, de manera grave y aparentemente formal, se aborda un tema tan complejo, dramático y delicado como el de las adicciones, a través de un documento que, para más inri, no va destinado de forma específica a los consumidores o terapeutas, sino al público en general.

“Me basta para hacerme una idea saber que profesionales de instituciones como Proyecto Hombre o del Plan Nacional sobre Drogas se han llevado las manos a la cabeza”

No tengo reparos en que una parte de mis impuestos se dedique a rehabilitar vidas rotas de personas enganchadas. Me da igual que sean alcohólicos o heroinómanos: Jamás diré que ellos se lo han buscado.

Pero tampoco me cansaré de exigir a quienes manejan el dinero de todos, un mínimo de rigor y sensatez a la hora de decidir, no sólo dónde van a parar las subvenciones -amigos tenemos todos- sino cuál es el fin al que se destinan, cuidando siempre en este sentido con no pasarse de la raya.