Miércoles, 26 de Septiembre de 2018

Y no es coña. Que soy aragonés es poco dudoso. Nací en Aragón (como tantos), me crié en Aragón (como tantos), ejercí de aragonés cuando me tocó salir de mi país (en la segunda acepción del DLE de la RAE, por supuesto), y conservo mi vecindad civil porque quiero que el fuero aragonés siga rigiendo en mis relaciones con otros ciudadanos aragoneses.

Culturalmente soy aragonés, por supuesto. Me intereso por la historia y la cultura de Aragón, sus costumbres, sus paisajes y sus paisanajes.

Conozco y me expreso en las tres lenguas históricas de Aragón (aunque últimamente he de reconocer que al menos por las calles de Zaragoza se escuchan muchas otras lenguas y acentos).

Y todo ello… ¿me hace ser más o mejor que otro?, o por el contrario, ¿soy un ciudadano de segunda que merece ser compensado?


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Si has llegado hasta aquí igual te figuras que voy ahora a criticar la perorata eterna del na”z”ionalismo delirante y plasmático del más allá del levante aragonés que nos tiene ya aborrecidos hasta la extenuación.

Una vez que ha quedado clara mi aragonesidad, al menos según los estándares de calidad que yo mismo me impongo, voy a saltar a la siguiente cuestión que quiero plantearte.

“¿Realmente tiene algún sentido el plantear independencias de territorios en pleno siglo XXI?”

Dentro del debate sobre las independencias varias al final he llegado a una tesis que probablemente sea absurda (o no), pero sobre la que he visto aletear algo de luz que aportar a todo este lío de países, legitimidades y legalidades enfrentadas.

¿Realmente tiene algún sentido el plantear independencias de territorios en pleno siglo XXI? Voy a intentar explicarme.

La línea de la historia y de la evolución humana es inexorable. Las fronteras reales de los territorios se van borrando poco a poco aunque existan fanáticos que quieran seguir levantando muros delante de sus vergüenzas para no ver las de los demás.

La tecnología hace saltar cualquier tipo de aduana, frontera o límite arbitrario entre personas. ¿Qué sentido tiene hoy pues el concepto de Estado o de país?

Sencillamente debería ser el ámbito en el que se aplica un sistema de normas que garantice nada más y nada menos que el pleno desarrollo de las personas que queden afectas a ese régimen y que tenga como base la libertad, la igualdad y la dignidad.

Todo lo demás debería, bajo mi punto de vista, quedar bajo este principio básico.

Pero, ¿cuál es la realidad en la que estamos inmersos? Pues una realidad en que los partidos políticos en connivencia con los otros poderes que poco tienen que ver con una democracia liberal.

“La tecnología hace saltar cualquier tipo de aduana, frontera o límite arbitrario entre personas. ¿Qué sentido tiene hoy pues el concepto de Estado o de país?”

Los partidos, los medios de comunicación que deben su posición al poder y que tienen como rehenes a los propios partidos que facilitan su posición dominante, las grandes corporaciones que consiguen normas para evitar que el juego de la competencia, la excelencia, el mérito y la capacidad sean las que primen en las relaciones sociales de todo tipo.

Unos burócratas que conspiran para continuar abrevando de las fuentes del poder, unos sindicatos y unas patronales que lubrican todo este tejemaneje que enmudece y coarta la iniciativa de la sociedad civil.

Y hete aquí que por fin llego a la conclusión de que la independencia cobra por fin sentido. ¿Tendrán razón Puigdemont, Junqueras y otros presuntos delincuentes en eso de separarnos de España?

Pues evidentemente, no. Esos independentistas no quieren una sociedad más libre, más abierta, sin ataduras, sin subvenciones, sin manipulaciones. Al contrario. Quieren un territorio donde los oligarcas de siempre sigan extrayendo la riqueza a sus conciudadanos para llenarse los bolsillos y limpiar sus fechorías.

Entonces, ¿es esta España la alternativa a esta independencia que encarcelaría a millones de personas que viven en Cataluña? Evidentemente, la respuesta es no.

Un Estado, el español, que no ha sido capaz de combatir al nacionalismo supremacista y excluyente con el arma más potente de una nación que es la ley, no sirve. Así que quizá la posición más inteligente será la de hacerse independentista de este Estado.

Y aquí va el rayo de luz de esperanza.

Contra un estado encabezado por un Rajoy liberticida, por unos partidos que no son democráticos, por un poder legislativo que actúa desde sedes de partidos y no desde cada uno de los diputados y senadores, y un poder judicial trufado de paniaguados elegidos por los mismos, ¿qué nos queda?

Algunos jueces y algunos fiscales que creen en la ley y la aplican, un monarca que va demostrando que es más ciudadano que la inmensa mayoría de nuestros representantes políticos y, sobre todo, millones de personas que lo único que queremos en vivir en paz con nuestro vecino sin más intermediación que unas normas, unas leyes justas que garanticen nuestra libertad y el ejercicio responsable de nuestros derechos.

“Millones de personas que lo único que queremos en vivir en paz con nuestro vecino sin más intermediación”

Reivindico la independencia de cada uno de nosotros, de cada ciudadano. Quizá es una de las pocas reivindicaciones justas que nos quedan. Menos gobernantes, menos políticos, menos burócratas, en definitiva, menos estado hoy es la garantía de mayor libertad, mayor dignidad y mayor progreso para toda la sociedad.

Hemos dejado que año tras año sean aquellos los que suplan nuestra propia capacidad de decisión. La soberanía es de cada uno y no debemos cederla jamás.

Recuperemos nuestra independencia, que no nos dé miedo a decidir sobre nuestro propio destino. ¿Acaso políticos, gobernantes y burócratas van a saber mejor que cada ciudadano lo que es mejor para cada uno, para nuestra familias, para nuestros conciudadanos?

Recuperemos todas esas competencias que legislatura tras legislatura nos han arrebatado y ejerzamos nuestra soberanía sin intermediaciones.