Viernes, 20 de Julio de 2018

Para los de Huesca, los de Zaragoza son “cheposos”, y para los zaragozanos, los oscenses son “fatos”. Eso lo sabemos todos, pero ¿por qué?

Hay motes o apodos que sobreviven generaciones, tantas que a menudo se olvida cuál es su origen. Nos podemos encontrar con un Manolo “El cojo” que camina perfectamente o con una María “La portuguesa” nacida y criada en Calatayud; a saber quién fue el antepasado cojo de Manolo o si realmente la familia de María vino de Portugal.

Con esta modesta investigación, vamos a intentar arrojar algo de luz en esa misteriosa rivalidad de motes entre cheposos y fatos.

Aragón es tierra de llamar a las cosas por su nombre, aunque para ello haya que inventarse las palabras. Atribuir y referirse a nuestros vecinos a través de sus motes es una costumbre muy arraigada, aunque no es que sea una singularidad propiamente aragonesa.

En muchos territorios se utilizan estas marcas identificativas y también en otros ámbitos, especialmente en el mundo del deporte, donde es muy común utilizar apodos, eso sí, unos mejor traídos que otros. Los motes y los apodos son herramientas lingüísticas y sociales muy comunes, pero ¿son lo mismo?

Atendamos a las definiciones de la Real Academia Española de la lengua para responder a esta pregunta. Según las acepciones que nos incumben para este artículo, un mote es un “sobrenombre que se da a una persona por una cualidad o condición suya” y un apodo es un “nombre que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia”.

La diferencia es mínima, aunque en el caso del mote, al hablarse de “sobrenombre”, la manera de referirse a la persona sería complementaria mientras que los apodos definirían directamente a la persona, un nombre que sustituye a otro.

Así, por ejemplo, si en nuestro pueblo hay un pelirrojo cuyo nombre de bautismo es Jose, seguramente su mote sería “José el pelirrojo”, para distinguirlo de otros José, pero su apodo podría ser “El Rojo” y no dejar rastro de su nombre.

Alguien que no haya visto a nuestro amigo José podría pensar que le llaman El Rojo por su ideología. Vemos claramente que esos apodos que se heredan pueden causar muchos malentendidos. Qué mejor ejemplo que el histórico “Pepe Botella”, hermano mayor de Napoléon Bonaparte y Rey de España, cuyo famoso sobrenombre realmente no se corresponde con una supuesta afición a la bebida.

Caricatura de José I Bonaparte / Wikimedia / Dominio Público

En la web del pueblo zaragozano de Sástago, puede encontrarse el interesante resultado de una investigación surgida de una tertulia cuyo fin era saber cómo se apoda a los habitantes de los pueblos de Aragón.

Están los cheposos y los fatos, pero hay muchísimos más. Un pueblo cuyos habitantes no tengan mote, es como si no existiera.

Teniendo en cuenta -como hemos visto en la definición de la RAE- que los apodos suelen hacer referencia a defectos de la persona y que la lengua aragonesa es muy rica en vocabulario utilizado para describir cualidades negativas, es lógico que muchos de los motes que han sobrevivido en el tiempo tengan una connotación peyorativa en su significado.

Empezamos, simplemente por una cuestión de orden alfabético, por la palabra “cheposo”, que significa “persona con chepa o joroba”. La palabra “fato” cuenta con distintas acepciones, aunque ninguna de ellas es bonita: bobo o tonto; soso o desustanciado; vanidoso o presumido.

Sobre el por qué de la elección del apelativo de cheposos, siempre se cuenta que es porque cuando hace cierzo, los zaragozanos cruzan el puente de Piedra con el cuello encogido del frío, van como encorvados.

Sin embargo, también se habla del castigo que pudieron recibir los obispos zaragozanos que, al contrario que los oscenses, apoyaron al famoso ”Papa Luna” antes de que fuera denostado; se les condenó a llevar una chepa falsa para señalarles. De ahí vendrían también las chepas que lucen los cabezudos en las Fiestas del Pilar.

No es el único mote que reciben los zaragozanos; desde Jaca surgió lo de los “almendrones”. Aquí la explicación sí es clara, y es que se referían así a quienes llevaban almendra a la fábrica de chocolate Lacasa, situada en Jaca en sus orígenes.

En cuanto al motivo por el que los oscenses reciben el mote de “fatos”, poca explicación encontramos. Siempre está aquello de que “después del Diluvio Universal salió un fato y se puso a regar”, pero aquí el valor científico o académico brilla por su ausencia.

Al final, los motes separan pero también unifican. El apodo determina a una persona y al mismo tiempo la identifica con un grupo de ellas. Sirve para distinguirse de una comunidad y reafirmar la pertenencia a otra.

Estas etiquetas, mucho más antiguas que eso del personal branding, nos definen de una manera concreta y al mismo tiempo son relativas. Unos son cheposos, otros son fatos… todos son baturros.