Miércoles, 18 de Julio de 2018

Así, ‘El bucle melancólico’, tituló Jon Juaristi uno de sus ensayos más celebrados, en el que analizaba la historia del nacionalismo vasco.

Lo recuerdo ahora porque desde hace ya mucho tiempo, años incluso, tengo la incómoda sensación de que la historia reciente de España parece haber entrado también en bucle.

Dando vueltas a los mismos problemas e incapaz de resolver ninguno: desde nuestra fatigosa relación con los nacionalismos identitarios, a las pensiones, la financiación autonómica, el plan hidrológico, la lentitud de la Justicia, el fracaso escolar, la deuda pública y tantos y tantos otros, siempre los mismos, siempre pendientes, siempre irresueltos.


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Los alemanes han sido capaces, creo recordar que por tercera vez, de reeditar una gran coalición de gobierno entre fuerzas en principio rivales y que, sin embargo, son capaces de ponerse de acuerdo para gobernar y tratar de hallar soluciones conjuntas a los problemas del país.

Algo que no es posible en España. El nuestro es desde hace ya demasiados años el país de las “líneas rojas”, lo que imposibilita la existencia de grandes consensos, algo para mí incomprensible (salvo que recurramos al manido argumento de la estupidez, que, como siempre, explica muchos comportamientos).

“España es desde hace ya demasiados años el país de las líneas rojas”

Cierto es que las líneas rojas siempre las ponen los mismos, la izquierda, en unión a veces con los nacionalistas.

Voy a dar por hecho que entre PP y PSOE existen diferencias ideológicas, aunque me cuesta encontrarlas: el PP ha hecho suyas muchas de las leyes de Zapatero, y el PSOE, por su parte, tiene a veces planteamientos que serían propios de la derecha (“bajar impuestos es de izquierdas” dejó sentado Zapatero en el año 2003) y a la inversa (ahí está la política fiscal de Montoro).

Incluso me vienen a la cabeza los nombres de algunos políticos profesionales de aquí, de Aragón, perfectamente intercambiables, sin principios reconocibles.

Pero es indudable que entre PP y PSOE hay muchos puntos de acuerdo sobre aspectos esenciales: el marco constitucional y de libertades públicas, la unidad nacional, la pertenencia a la Unión Europea y la moneda única, la integración en la estructura de defensa occidental, la economía de mercado…

Sorprende por ello que el PSOE haya sido capaz de apoyar a Podemos o sus confluencias en los ayuntamientos más importantes del país, cuando no comparte con ese partido ninguno de los grandes principios que acabo de enumerar.

Los expresidentes del Gobierno de España, González, Zapatero y Aznar, junto a Mariano Rajoy y el rey emérito Juan Carlos I / Getty Images

O que sea capaz de gobernar con partidos de extrema derecha como son nuestros partidos nacionalistas (insolidarios, xenófobos, supremacistas…) y no con un partido de centro-derecha plenamente homologable con los partidos liberal-conservadores europeos.

¿Por qué se tratan como apestados si comparten los mismos grandes principios y los mismos vicios?

Nuestros dos grandes partidos han degenerado hasta el punto de perder de vista su función principal, servir de cauce para la participación política de los ciudadanos y representarles políticamente.

¿Por qué se tratan como apestados si comparten los mismos grandes principios y los mismos vicios?

Es decir, hoy son más dos grandes corporaciones empresariales, cuyo objeto social es la ocupación del poder y la explotación de sus recursos (la Administración pública), que dos grandes partidos políticos.

En gran medida han dejado de actuar como tales. Hoy se deben más, así lo demuestran, a los intereses de sus cuadros que a los de sus militantes, y ya no digamos que a los de sus votantes.

La competencia entre ambos ha pasado del terreno de la política, donde sería posible alcanzar acuerdos, al terreno económico (la ocupación de puestos en la estructura del Estado), y eso la hace más feroz.

La Transición da muestras de agotamiento. El paso del tiempo ha revelado muchos de los errores de sus planteamientos iniciales, tan ingenuos alguno de ellos, especialmente los relativos a la estructura autonómica del Estado.

Urge una Segunda Transición cuyo principal objetivo sea precisamente ese, corregir los errores de la Primera.

Pero con los partidos actuales y su encono mutuo no será posible acometerla. Hoy hay en España una grave crisis de representatividad.

Es por eso que, como ha ocurrido en el resto de los países europeos, también aquí hacen falta nuevos partidos. Y mientras eso no suceda, seguiremos en bucle, dando vueltas a los mismos problemas de siempre, cada vez más grandes y más graves.