Sabado, 15 de Diciembre de 2018

Un buen líder

El líder es aquella persona capaz de influir en otros individuos, de motivarlos, de convencerlos para alcanzar unos objetivos comunes. El líder es el artífice del cambio, de la transformación de los sentimientos individuales en colectivos, de hacer que los sueños sean posibles.

El buen líder no se escuda en terceros para disimular o justificar sus actos y decisiones, actúa y se hace responsable de cada una de sus decisiones. Cuando asume el liderazgo debe de ser consecuente y coherente. Consecuente con la asunción de responsabilidades inherentes a su función, lo que implica decisión para ser mejorar actuaciones anteriores y no lamentarse continuamente de lo mal que lo hicieron sus predecesores. Y coherentes en sus acciones con lo que prometieron a sus seguidores.

El buen líder asume el pasado para transformarlo según su visión, comunicada y aprobada por sus seguidores. Lo hace con entusiasmo motivador, con racionalidad apasionada; aprende las lecciones de la historia pero no se recrean en ella, ni la utilizan como excusa fatalista para justificar su fracaso a la hora de resolver los problemas presentes.

El buen líder debe de ser sensible, pensar que sus decisiones pueden causar tremendos sacrificios a sus seguidores. Cuando toma una decisión, la explica con el respeto que merecen las personas a quienes pueden perjudicar sus consecuencias y, además, cuida sus gestos para no ofenderlas, principalmente a los más débiles.

El buen líder no reprime, convence. Comunica continuamente con aquellos a los que dirige. Lo hacen con sinceridad, con honestidad. Recibe las protestas como parte implícita al ejercicio del liderazgo. Huye del aplauso incondicional y de las adulaciones interesadas. Considera la crítica y la autocrítica como parte fundamental del progreso en todos los órdenes de la vida.

El buen líder es aquel capaz de integrar, de trabajar sin descanso para lograr acuerdos, para realizar cambios en los que todos aporten y participen. Huye de conductas unilaterales, de negociaciones de suma cero en las que una parte gana todo y la otra nada. Sus discursos y sus actuaciones se realizan pensando en que todos, incluidas las minorías, merecen respeto a sus valores y creencias, a su cultura y forma de vida.

El buen líder está en permanente contacto con la realidad que viven sus seguidores. Aunque, dependiendo del nivel de liderazgo, el contacto directo puede ser una tarea difícil, sí puede recibir esa información más próxima de los seguidores a través de informes de organismos, entidades u otras organizaciones no ligadas jerárquicamente a él. Los estudian, los analizan y en su caso los valoran.

El buen líder acepta con humildad las críticas y las protestas, pide perdón por sus errores y, llegado el caso, deja su puesto a otro si comprueba que sus decisiones no conducen a los objetivos esperados. Motiva con su ejemplo, su coherencia, su honestidad y su habilidad para resolver los problemas actuales y planificar de modo que no se den en el futuro.

El buen líder no se corrompe, ni deja que nadie lo haga, es transparente, abre las puertas de sus despachos y de su corazón.

Para ese buen líder la ética es su bandera.