Martes, 11 de Diciembre de 2018

Un dictador ridículo

Soy disciplinado con el deporte y la dieta; quiero decir que el gimnasio es parte de mi rutina. Lo es como un medio, no como un fin. Los gimnasios son sitios terribles para el ser humano. Si los gimnasios no favorecieran tener mejor salud, deberían ser inconstitucionales. Ni las repúblicas soviéticas borraban el rostro de sus ciudadanos de esa manera.

He visto además cómo Instagram pega cada vez más fuerte entre mis compañeros de sudores: he disfrutado de caídas enormes a cambio de un selfie corriendo en la cinta. A mí me gustaría que la vida de todos fuera como la de su cuenta de Instagram. Internet ha matado la distancia, que ya solo es moral, por eso me gusta ser un perdedor en Instagram y por eso no me interesa Tinder.

Del contacto con la realidad, que suele tener más miga que proteínas, los recuerdos de estos días han sido celebrando cumpleaños de gente buena. Citas importantes. Grandiosas. He podido regalar “Otra vuelta de tuerca”, de Henry James; y “La sonrisa etrusca”, de José Luis Sampedro. Regalar libros me enloquece y me hace sentir como un dictador que cree tener un motivo generoso.

También sugerí, en una conversación aislada, “Pregúntale al polvo”, de John Fante. Aunque de Fante se puede leer todo, y todo es bueno, y no está machacado por los argumentos absurdos que han violado a todos los escritores muertos que han entrado en la rueda de los hipsters patrios. Que así siga.

Regalar libros me enloquece y me hace sentir como un dictador que cree tener un motivo generoso

Perdida la vocación asceta, tampoco me duele no reciclar los domingos en un plan mañanero si lo que me apetece es quedarme en casa, a pesar de la primavera. Las cosas que gustan están para disfrutarlas cuando apetece: una parte de mi generación, en cambio, supura estrés si se pierde un día de sol. Hedonismo esclavista.

En Zaragoza, y así lo tituló Ismael Grasa, hay trescientos días de sol, pero solo vale un sol, como solo vale cenar sin hidratos. Luego estamos los de provincias que vivimos en Madrid, los que copamos alquileres desorbitados en el centro y, dentro de este grupo, gente naif que ya no recuerdan que los árboles tienen anillos porque tienen raíces.

Por acabar con la metáfora: que se han vuelto directamente gilipollas. Al menos aproveché mi desaprovechado domingo para darme cuenta de que me estaban robando la wifi. En fin, que siempre hay alguien que nos necesita.