Sabado, 15 de Diciembre de 2018

Transgénicos y calentamiento global

Últimamente, asisto perplejo a los debates que rebaten la ciencia argumentando desde el sesgo de confirmación. Por un lado, hay quienes utilizan argumentos científicos para defender los efectos perniciosos del calentamiento global, pero no confían de esa misma ciencia cuando explican que los alimentos transgénicos son inocuos para la salud humana.

Normalmente, alineados con el ecologismo, estos activistas anti-transgénicos defienden un argumento que parece imbatible: que todavía no se conozcan los posibles riesgos de estos alimentos no significa que no existan.

Podría valer ese argumento, si no fuera porque esconde una falacia ad ignorantiam, y que es igualmente válido al contrario. Si no hay ninguna evidencia de riesgos, ¿por qué creer que existe alguno? Luego está el argumento conspiranoico: hay muchos intereses y dinero en juego, multinacionales que nunca juegan limpio.

Si nos atenemos a argumentos puramente científicos, no se han demostrado riesgos de los alimentos transgénicos para la salud humana. Las nuevas técnicas de edición genética se perfeccionan cada día más y la línea entre la ingeniería genética y la producción digamos, natural, es cada vez más difusa.

Lo mismo ocurre en el otro extremo, quienes niegan el calentamiento global pero defienden el uso de estos alimentos modificados genéticamente. Es curioso porque ambos extremos se tocan, como suele ocurrir. Sin embargo, no hay ninguna duda razonable sobre la influencia de la actividad humana en el clima, ni sobre cómo esa influencia ha contribuido al aumento de la temperatura media a nivel global.

Y, sin embargo, quienes niegan el cambio climático se aferran a estudios que explican que, entre 1998 y 2008 apenas aumentó la temperatura global 0,2 grados pero, al mismo tiempo, desconfían de los modelos de predicción del cambio climático por no ser lo suficientemente precisos.

El escepticismo es perfectamente respetable, por supuesto. La base del método científico es justamente el pensamiento crítico. Y ese pensamiento crítico se basa encontrar evidencias que se sustenten sobre datos relevantes y fiables. No consiste en criticar todo, sino en saber detectar opiniones infundadas en nuestra forma de pensar y en las de los otros. Todo comienza practicando un sano escepticismo hacia las certezas absolutas y las afirmaciones rotundas.

Lo que no parece razonable es el puro negacionismo, alimentado por sesgos, prejuicios y datos interesados. Todo el mundo sabe que puedes hacer que los datos digan lo que tú quieres.