Jueves, 18 de Octubre de 2018

¿El derrumbe de la pirámide?

Cuentan Micklethwait y Wooldridge en La cuarta revolución, 2015 que “En 2030, el 22% de los ciudadanos del club de países ricos de la OCDE tendrán 65 años o más, casi el doble que el porcentaje de 1990. China alcanzará ese punto tan solo 6 años después”.

Y apuntan que “una sociedad envejecida va a enterrar al Estado de dos maneras: en primer lugar, el coste de las pensiones va a aumentar enormemente; y la propagación de enfermedades crónicas pondrá una carga aún mayor sobre la parte menos eficiente del sector público; la atención de la salud”.

Los autores entienden que “en la vieja Europa la población en edad de trabajar alcanzó su punto máximo en 2012 con 308 millones y está previsto que descienda hasta los 265 millones en el año 2060… La tasa de dependencia de la vejez de mayores de 65 años respecto a las personas de entre 21 y 64 aumentará del 28 al 58%”.

Así pues, con más mayores y menos trabajadores, ¿no es el sistema de pensiones una pirámide que se acerca a su derrumbe?.

Estamos equivocados. El profesor MA Bastos nos explica que el actual sistema no es un sistema piramidal: “Ni Ponzi, ni Madoff, ni las nunca bien ponderadas estafadoras, las ya olvidadas doña Mariana de Larra o doña Branca, mítica banquera del pueblo portugués, tenían la capacidad de obligar a nadie a formar parte de sus bancas piramidales”.

En la vieja Europa la población en edad de trabajar alcanzó su punto máximo en 2012 con 308 millones y está previsto que descienda hasta los 265 millones en el año 2060

“Ya le hubiese gustado a la ínclita doña Branca poder incrementar a voluntad las cotizaciones de sus desdichados clientes o retrasar a voluntad los plazos de cobro de sus rentas; y, sobre todo, estaría encantada de pasar a la historia como una gran benefactora de la sociedad en vez de finalizar con sus huesos en un presidio”, apunta Bastos.

Ironías aparte, ante lo que estamos es un impuesto disfrazado de seguro. Como dice Bastos, el impuesto perfecto, “porque no es percibido como tal por buena parte de la ciudadanía, sino que es visto como un sistema de inversión o ahorro a largo plazo según el cual el dinero está bien custodiado por benéficos gobernantes a la espera de nuestro retiro”.

En efecto, en un seguro (e incluso en una inversión piramidal) hay reglas, plazos y rentabilidades que, fijas o variables, están preestablecidas. Sin embargo, con las pensiones, bien lo sabe, las reglas pueden cambiar a mitad de partido (más años de cotización, retrasos en la edad de jubilación, cambio de condiciones, importes, etc). Y encima esas reglas se modifican unilateralmente. Mientras un seguro es un contrato entre dos, la cuantía y las condiciones para cobrar su pensión dependen solo de una de las partes, del Estado.

En conclusión estamos pagando un impuesto (las cotizaciones) a cambio de una promesa (la pensión) que nos hace alguien (el gobierno) del que sabemos que su hucha (el fondo de reserva) está vacía. Claro está que solo lo hacemos porque es obligatorio, ¿o no preferiría VD haber metido todo su dinero en un seguro privado, en vez de pagar este impuesto?

“Estamos pagando un impuesto (las cotizaciones) a cambio de una promesa (la pensión) que nos hace alguien (el gobierno) del que sabemos que su hucha (el fondo de reserva) está vacía”

¿Y si ese fondo privado pincha y me quedo sin pensión?, dirán algunos. Para eso podría estar el Estado, para hacer de compañía de reaseguro o de fondo de garantía (como con los pasivos bancarios). A cambio de un pequeño impuesto sobre el seguro privado, el asegurado tendría la cobertura del Estado. Y si me apuran, hasta podría imponerse un seguro privado obligatorio (como el del automóvil) a los trabajadores, para no encontrarnos bolsas de pobreza al llegar a la tercera edad. Hay muchas alternativas antes que convertir al Estado en una insostenible compañía de seguros a todo riesgo.

Pero es que, como concluye Miguel Anxo Bastos, el sistema de pensiones “Representa la cara más amable del Estado, pues se preocupa por los más desfavorecidos de nuestra sociedad y, sobre todo, nos ata a él. Millones de personas en nuestro país no sólo dependen vitalmente de las rentas que el Estado decide darles sino que consigue que otros tantos millones estén interesados en que éste siga recaudando impuestos a las elevadas tasas que ahora lo hace para que nuestras pensiones puedan también ser satisfechas. Las pensiones forman, junto a la escuela y los medios de comunicación, la parte esencial del aparato legitimador de los Estados modernos”.