Martes, 11 de Diciembre de 2018

Jaca tiene un mito que disfrazó su melancolía con la pintura del payaso. Marcelino Orbés fue el mejor artista de circo de su tiempo y posiblemente de todos los tiempos, y vivió entre millones de risas antes de matarse con sólo seis dólares en el bolsillo.

En la historia de Jaca y de Aragón vive hoy Marcelino el payaso, y vive en el cómodo lugar que merece tras olvidarle hasta el mismísimo olvido. Dos libros y una exposición tienen la culpa.

El primero de los libros lo escribió el periodista del Heraldo de Aragón Mariano García y lo tituló ‘Marcelino, el mejor payaso del mundo’; el segundo es de Víctor Casanova y se llama ‘Marcelino. Muerte y vida de un payaso’, de Pregunta Ediciones.

Con estos y otros muchos mimbres la Diputación de Huesca ha organizado la exposición ‘Marcelino, el príncipe de los payasos’, que podrá verse en la capital oscense hasta el 25 de febrero del 2018.

Y lo que puede verse gracias al trabajo de sus dos comisarios, Jesús Bosque y el propio Víctor Casanova, no es poco: 300 obras entre fotografías, carteles, revistas y recortes de prensa, entre otros materiales.


Dos libros y una relevante exposición, por tanto, han devuelto a la luz a un hombre de Jaca que, como los mitos, vivió entre palabras de admiración y murió tras el grito de un revolver.

En 1927, solo en la habitación de un hotel de Nueva York, la ciudad que antes le acogiera y tratara como una estrella mundial, Marcelino se pegó un tiro.

Explica Víctor Casanova a Efe que murió sin dinero para que se le pagara una lápida. Una asociación de artistas de la época tuvo que recolectar donaciones para que al menos se le enterrara.

Nacido en 1873, Marcelino, el payaso, fue “un hombre muy serio y melancólico” que, sin embargo, trabajó la risa como nadie en aquella época: desde que comenzara en el circo a los 6 años, enrolado en un grupo de acróbatas italianos, cultivó una trayectoria como payaso augusto (el torpe y bienintencionado que complica los problemas) que le erigió en estrella mundial.

Triunfó en Holanda, en Reino Unido y en Estados Unidos gracias a su fórmula y a su técnica, basada en “exponer su vulnerabilidad”. Pues es en la debilidad donde habita el éxito del payaso, y eso Marcelino lo hizo mejor que nadie.

Además, en sus espectáculos no hablaba, únicamente silbaba, silbidos que los niños imitaban después de la función. También a esto debe su estrellato: habló sin hablar un lenguaje universal.

Buster Keaton se inspiró en él y Cary Grant reconoció su influencia. “Marceline, the clown”, como se le conocía, era un maestro a primeros del siglo XX; era el éxito, él era el circo.

Hasta Charles Chaplin le admiró: cuenta Casanova que actuaron juntos cuando tenía ocho años; 20 después, Chaplin era una figura rutilante y Marcelino superaba los días en una comparsa de payasos.

Coincidieron en una función y el autor de “El Gran Dictador” fue a verle para decirle que merecía algo mucho mejor, pero el hombre “serio” de Jaca básicamente le respondió que le dejara en paz.

Porque por detrás de la pintura y por debajo de la peluca roja, se escapaba el payaso y aparecía el hombre. Casanova cree que le marcó “el desarraigo”.

Marcelino abandonó Jaca cuando era un niño y nunca volvió, y no sólo eso: “no constan referencias” a España ni a Aragón, salvo la visita que le hizo una hermana a Nueva York en 1909.

Ni siquiera figura su nombre en las asociaciones que españoles emigrados crearon a primeros del XX para apoyarse mutuamente, como “La Nacional”, por ejemplo, que aún existe.

La llegada del cine fue el comienzo de su declive, y por si fuera poco, le pilló “mayor”, apunta Casanova. El público que llenaba el circo todos los días para disfrutar a carcajadas de sus números de siempre empezó a pedir novedades, y los teatros que pagaban a sus artistas se reconvirtieron en cines.

Desde entonces hasta el ruido de la pistola, un camino de silencio y de olvido. Pero ahora, gracias a una exposición y a dos libros, sus silbidos vuelven a oírse, y quizá, algunas carcajadas.