Sabado, 20 de Octubre de 2018

Llega el final de curso, y con él las vacaciones. Y volvemos  ‘los profesores’ a estar en boca de todos, un año más.

¡Ya vacaciones, tres meses, no te quejaras! ¡Qué bien vivís los profes!”

Podría seguir citando muchas frases ingeniosas que nos suelen decir a los maestros o profesores.

Todo el mundo sabe que la profesión de profesor tiene más vacaciones que el resto de profesiones, pero eso no es algo que decidamos nosotros los profesores, sino el Ministerio de Educación y ocurre igual en el resto de países.


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Entonces, yo me pregunto: ¿Por qué todas esas personas que con tanta sorna te repiten todos los años las mismas frases no se les ocurrió estudiar magisterio, y hacerse profesores para tener dos meses de vacaciones?

Por un lado, podríamos pensar que es un tema de envidia a una profesión poco valorada en nuestro país y que molesta a la sociedad que unos tengan más vacaciones que otros. Y por otro, es muy frecuente en este país que cuando alguien tiene un beneficio respecto al resto, en vez de alegrarse por ellos, lo increpe deseando que pierda ese derecho o beneficio. Si yo no puedo, el resto tampoco.

“¡Ya vacaciones, tres meses, no te quejaras! ¡Qué bien vivís los profes!”

Pero no nos fijamos en los sueldos de los profesores, en las horas extras que se hacen diariamente en casa, en el trato que reciben muchos profesores de los padres que hoy se creen con derecho a opinar de todo cuestionando siempre al profesional, ni en el resto del trabajo que se realiza.

Claro, sólo se envidia las vacaciones. El resto de la profesión no.

El problema, para otros, está en el tema de la conciliación familiar-laboral, ¿qué hacer con los niños mientras los padres trabajan?

Hoy en día los padres hacen tantas horas que quieren que sus hijos hagan las mismas apuntándolos a extraescolares y campamentos.

Tal vez, lo que tendrían que hacer todos esos miles de padres que protestan por las vacaciones que tienen sus hijos, es protestar al gobierno y a las empresas por las largas jornadas laborales.

E intentar conseguir una conciliación familiar laboral tratando de adaptarse, en lo posible, al horario y calendario escolar, como en otros países de Europa.

Todos aquellos que hoy tanto se quejan de las vacaciones escolares, fueron los primeros que en su niñez las disfrutaron. Y ahora quieren robárselas a sus hijos.


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Pero el tema que me lleva a escribir hoy no es la conciliación, ni el calendario escolar, ni como lo hacen en Europa, si rinden más en menos horas que en España, sino explicar las vacaciones de los maestros. Y porqué es de envidiar una profesión como la mía.

Para empezar les diré que en mi caso, y en la mayoría de mis compañeros de profesión, son dos meses. Del 1 de julio al 31 de agosto, los que disfruto de vacaciones. De los cuales, al igual que la mayoría de maestros, dedico parte a leer para mejorar mi labor profesional y seguir aprendiendo con diferentes cursos o a preparar materia para el curso siguiente.

Porque, por si no lo saben, las clases y las asignaturas hay que prepararlas antes, uno no improvisa, ni si quiera en las clases de infantil. Al contrario, aún te demanda mayor número de actividades que están todas programadas con sus objetivos, su material y luego evaluadas.

Por otro lado, está la presión y el desgaste tanto psicológico como físico de los profesores, ya que la labor de educar no es una tarea fácil, sino que se lo pregunten a los miles de padres que a veces con los suyos les cuesta, imaginen ahora con 24 niños.

Mi trabajo tiene momentos muy especiales y gratificantes, que no son ni el sueldo, ni los ascensos profesionales que apenas los hay, ni si quiera las vacaciones. Creo que uno no se hace maestro o profesor por ninguna de estas tres razones.

Durante casi 10 meses y 8 horas diarias, más de las que pasan en casa, los padres depositan en nosotros la confianza de educar y transmitir a sus hijos. No sólo conocimientos sino también valores y experiencias que de alguna manera irán dejando en ellos una pequeñita huella que irá creciendo con los años.

Como objetivo, sacar lo mejor de cada uno de mis alumnos y ayudar a sus familias orientándoles en la tarea educativa y todo sin perder una sonrisa intentando ser todos felices. Toda una gran responsabilidad y presión.


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Durante todo este tiempo, en mi caso, soy “su mamá del cole” como yo les digo a mis alumnos.

Desde el primer día me gusta decirles que tienen dos mamás, la de casa que siempre está a su lado y les quiere muchísimo y yo que estoy en clase todos los días para cuidarles, ayudarles, mimarles y enseñarles muchas cosas.

“Durante casi 10 meses y 8 horas diarias, más de las que pasan en casa, los padres depositan en nosotros la confianza de educar y transmitir a sus hijos”

Durante todo este tiempo trato de educarlos a todos, como si fuesen mis propios hijos, es lo que tiene de bueno Educación Infantil. Es agotador pero muy gratificante.

Mi trabajo va más allá de enseñar a leer, a escribir, a sumar, inglés o sociales.

Es enseñarles a ser autónomos y buenas personas para poder vivir en sociedad, a saberse relacionar unos con otros, a saber hacer equipo. Es sentar los cimientos de una buena base futura.

Todo lo que les enseñas les parece emocionante, todo les hace gracia, todo les gusta, te los puedes llevar a tu terreno con facilidad, tienes miles de piropos todos los días, miles de besos. Tengo la suerte en mi trabajo de poder reír y pasármelo genial porque los niños son divertidos, cariñosos, buenos.

También hay momentos de preocupación por ellos, cuando alguno le cuesta comer y vomita, cuando le cuesta participar en clase, cuando lloran en las despedidas de sus madres, cuando les cuesta un aprendizaje más que a otros, cuando han tenido alguna dificultad… son precisamente los niños más difíciles o con más dificultades los que sacan lo mejor del interior un profe.


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Entonces, es cuando tratas de buscar siempre la mejor solución para ayudarles a mejorar y ser más felices, tanto a ellos como a sus padres, aunque a veces te queda la duda: ¿Lo habré hecho bien?

Somos humanos, trabajamos con personas podemos equivocarnos pero sé que todos los profesores dan más del cien por cien. Entonces, haces cuenta del montón de horas extras que sacas en tu casa o en tus vacaciones para formarte y estar preparado y dar lo mejor de ti  y con una sutil sonrisa te sonríes a ti mismo diciéndote; “si lo he hecho lo mejor que he podido”.

Cada año son nuevos niños y nuevas familias, únicas y especiales, por lo tanto nuevo curso, nuevos retos, es como volver a empezar desde cero pero con la experiencia que se va adquiriendo. Miras con añoranza y cariño a los alumnos del curso pasado,  mientras pones nuevas ilusiones en los nuevos alumnos.

Díganme, queridos lectores, ¿en sus trabajos se divierten?, ¿en sus trabajos les felicitan?, ¿en sus trabajos les quieren tal y como son y se lo recuerdan con palabras y detalles cada día?

“Tengo la suerte en mi trabajo de poder reír y pasármelo genial porque los niños son divertidos, cariñosos, buenos”

¿En sus trabajos les dicen lo bien que hacen las cosas y lo guapos que están cada día?, ¿en su trabajo se ofrecen a ayudarles sin esperar nada a cambio por el bien del equipo?, ¿en su trabajo pueden hacer una labor tan gratificante y humana como la de enseñar y ayudar al que no sabe?

¿En su trabajo pueden sembrar semillas y ver sus frutos convertidos en grandes profesionales o grandes personas de la sociedad?


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¿En sus trabajos pueden experimentar la satisfacción de ayudar al prójimo?, ¿en su trabajo pueden recibir tanto o más de lo que damos a los demás?

¿Su trabajo está lleno de emociones y sentimientos compartidos?, ¿en sus trabajos hay una ilusión y un sueño nuevo cada día?, ¿en sus trabajos consiguen empatizar con los demás y hacer nuevas amistades?

Por supuesto, también hay que lidiar con las quejas de padres o peticiones a veces absurdas, aguantar a los jefes, niños y padres. Como en cualquier otro trabajo.

Pero como verán, la balanza de mi trabajo se inclina sobradamente hacia lo positivo.

En mi trabajo si hay todas estas cosas, y muchas más, que es lo que lo hacen tan especial y de envidiar.