Sabado, 23 de Marzo de 2019

Ahora que empiezan a llenarnos de anuncios de juguetes y turrones preparando la campaña de Navidad me viene al pensamiento esta frase: “Si tu hijo te pide la “luna”, ¿se la darías?”

Este fue el título de un post que escribí hace un tiempo para mi blog y que hoy me lleva de nuevo hacer una reflexión. Como padres siempre queremos lo mejor para ellos, pero no siempre podemos dárselo o no siempre debemos dárselo. 

Hay niños que son muy pedigüeños, les apetece todo lo que ven. Contra el vicio de pedir, está la virtud de no dar. Los niños se acostumbran enseguida a lo que nosotros les enséñanos. Si cada vez que vamos a hacer la compra, nos piden una chuche y se la compramos, porque total son unos céntimos, estamos sentando un precedente, un hábito que nos va a costar muy caro porque cada vez pedirá más.


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Cada día hay más niños, adolescentes, jóvenes y adultos caprichosos. Las personas caprichosas nunca están satisfechas y por lo tanto nunca son felices, siempre quieren algo más, ya que nunca están contentas con lo que tienen. 

Cuantas veces algunos padres han regalado a sus hijos ese regalo que ellos no tuvieron de pequeños, ese regalo con el que soñaron, aunque no sea apropiado para su edad o no le guste a su hijo, cumpliendo así su sueño. 

“Cada día hay más niños, adolescentes, jóvenes y adultos caprichoso”

Cuántos niños piden el último modelo de juguete, video consola, móvil, etc. Porque tiene que tener lo mejor, y lo último, y sus padres pensando qué así son los mejores padres del mundo se lo dan.

Por otro lado están los padres que se sienten culpables por no poder dedicar a sus hijos el tiempo suficiente, bien por su trabajo o por estar separados y lo suplen llenándolos de regalos. Comprando así su cariño y su afecto.

Puede que tengamos los medios económicos (o no) para darle a nuestros hijos todo lo que nos pidan, pero eso no les va a garantizar la felicidad. Siempre van a querer más y se van a sentir insatisfechos. Siempre va haber alguien con quién compararse o a quién envidiar. Y entonces qué… 

Cuando les negamos un capricho, les estamos haciendo un gran favor. Debemos educar a nuestros hijos también en la austeridad, la sobriedad y en el valor de las cosas. De ese modo el día que les compres una chuche agradecerán más tu acción generosa y la saborearan mejor.

Los padres tenemos que tener cabeza para ver qué es lo que realmente necesita nuestro hijo, qué es lo que le podemos dar en cada momento y lo que realmente les puede hacer feliz. Sé que es difícil en este mundo consumista por naturaleza, en el que el marketing y la publicidad nos bombardean el cerebro continuamente.

Hay que ser fuerte y tener madurez para tener las ideas claras y en muchas ocasiones nadar contra la corriente de esta sociedad, pero cada familia debe llevar su propio timón.


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Si acostumbras a tus hijos a esperar un regalo con ilusión, lo valoraran más que si les acostumbras a que cualquier día, porque sí, hay un regalo, por pequeño que sea. En este caso su alegría será momentánea y pasajera, no aprenden a valorar lo que tienen, porque mañana seguro que les apetece algo nuevo y lo consiguen.

“Los padres tenemos que tener cabeza para ver qué es lo que realmente necesita nuestro hijo”

Buscar la felicidad solo en lo material es ser siempre un infeliz. Si realmente queremos a nuestros hijos y queremos que sean felices, ayudémosles a valorar la vida que tienen y a buscar la felicidad en las personas que les rodean, que les quieren, en las acciones cotidianas, en la vida y en el interior de ellos mismos, buscar su potencial, sus habilidades y sacar lo mejor de ellos. Sólo así serán felices, sin esperar a tener “la luna”, para serlo.

¿Qué nos hace feliz? Una tarde en familia, una excursión, una peli con palomitas, un paseo en bici, bailar juntos, montar una fiesta en casa, cocinar juntos, abrazarnos, tarde de amigos y deporte, risas, acercarnos a la naturaleza, cada uno que busque que momentos le hacen felices. 

Puede que cuanto más mayores sean los hijos, más nos cueste que valoren a priori la felicidad no material, porque llevan más tiempo satisfaciendo sus deseos con bienes materiales.

Por eso, es importante empezar desde que son muy pequeños. A la larga lo que más valorarán serán los momentos felices pasados en familia y con sus amigos. El mejor regalo para nuestros hijos, somos nosotros mismos, ¡los padres!

Si tu hijo te pide la luna ¿se la darías? ¿O eres de los que busca otro tipo del felicidad para él? 

*Cristina Gil Gil es autora del libro La profe responde y del blog Ideas para crear y disfrutar