La infanta aragonesa que robó el cadáver de su hermano de la catedral de Tarragona y gobernó Sigena desde los 19 años

Blanca de Aragón, hija de Jaime II, protagonizó uno de los episodios más insólitos de la historia medieval aragonesa: extrajo el cadáver de su hermano de la catedral de Tarragona y lo llevó a Sigena.
Blanca de Aragón / DARA
Blanca de Aragón / DARA

En el verano de 1335, cuando ya había muerto su padre el rey Jaime II, Blanca de Aragón hizo algo que dejó atónita a toda la corte.

Una noche, en secreto, entró en la catedral de Tarragona, abrió el sarcófago donde descansaba su hermano Juan —que había sido arzobispo de Toledo— y se llevó el cadáver al Monasterio de Sigena, donde ordenó enterrarlo en una fosa.

Cuando su hermano el rey Alfonso IV se enteró, la conmoción fue tal que mandó al infante Pedro a recuperar discretamente el cuerpo y devolverlo a Tarragona, "para evitar escándalos". Ese episodio, tan truculento como revelador, resume en pocas líneas quién fue Blanca de Aragón: una mujer de carácter indomable atrapada en un destino que nunca eligió.

Blanca era hija de Jaime II, rey de Aragón, y de Blanca de Anjou. Como era habitual entre los hijos de los monarcas medievales, su vida fue decidida por su padre antes de que pudiera tener opinión al respecto. Con apenas cinco años fue trasladada al Monasterio de Sigena, en la actual comarca de los Monegros oscenses, junto a su hermana María.

A los ocho, en el verano de 1310, profesó sus votos en la catedral de Tarragona. Sus padres estaban presentes, también la corte y altas dignidades civiles y eclesiásticas. Era difícil que una niña de esa edad captara el significado de lo que estaba firmando. Hablar de vocación, en ese contexto, resulta imposible.

Una infanta difícil de controlar

Los cronistas describen a Blanca como un personaje "frágil y desequilibrado", en quien confluyeron la mala salud, el temperamento inestable y un carácter fuerte e independiente que a menudo la llevaba a desobedecer las órdenes de su padre. Esos arrebatos eran, casi con certeza, la respuesta de una persona que había sido arrancada de su infancia y encerrada en un convento sin que nadie le preguntara. El rey Jaime II, lejos de comprenderlo, lo vivía como un problema de control.

Durante su infancia y juventud en Sigena, Blanca creció bajo la tutela de la priora Teresa Jiménez de Urrea, aunque en la jerarquía real estaba por encima de ella. La priora velaba por la salud física y financiera de la infanta —muy frecuentemente enferma— y controlaba sus rentas en Aragón.

Los roces entre ambas eran habituales, pero la priora tenía incentivos para mantener la paz: el monasterio se beneficiaba de numerosas rentas y privilegios reales gracias a la presencia de la infanta.

Jaime II, rey de Aragón / ACC
Jaime II, rey de Aragón / ACC

En 1314, Jaime II llegó a plantear casarla con Luis I de Navarra, pero ya era demasiado tarde: Blanca tenía los votos hechos. Su destino estaba sellado.

Priora a los 19 años: el esplendor de Sigena

Cuando Teresa Jiménez de Urrea falleció en 1321, Blanca la sucedió al frente del monasterio por concesión papal. Tenía 19 años. Para Jaime II, la noticia fue recibida "con gran alegría": tener a su hija al mando de Sigena le permitía ejercer un control más directo sobre ella y sobre el monasterio.

Y así lo hizo, con continuas injerencias en el devenir del cenobio, desde la aprobación de sus ordenanzas hasta la gestión financiera del patrimonio monástico. El rey no confiaba del todo en la capacidad gestora de su hija y temía abusos o negligencias.

Pese a esa tutela paterna, el priorato de Blanca constituyó la época de máximo esplendor del Monasterio de Sigena. El apoyo económico de la Corona permitió mejoras en las infraestructuras del conjunto y la creación de obras de notable valor artístico, entre ellas la silla prioral, que era mucho más que un objeto de mobiliario: era una representación física del honor y la autoridad de quien la ocupaba, con una carga ritual y política considerable.

El episodio del cadáver y el fin del priorato

El robo del cadáver de su hermano Juan en 1335 no fue el único episodio turbulento de su mandato. A lo largo de los años, Blanca intervino en varias disputas familiares ajenas al monasterio, provocando repetidamente el enfado de su padre. Pero el asunto del cadáver fue el más grave y el más extraño: una priora que en plena noche abre un sarcófago en otra ciudad, extrae un cuerpo y se lo lleva a su monasterio no encaja en ningún manual de conducta monástica.

En 1336, con Jaime II ya muerto, Blanca abandonó Sigena para asistir en Zaragoza a la coronación de su sobrino, el rey Pedro IV. De allí partió a Valencia —de mejor clima, dado su estado de salud— donde intentó ingresar en las clarisas sin conseguirlo.

El monasterio de Sigena quedó en tal estado de abandono que sus religiosas tuvieron que suplicarle que regresara. Lo hizo por poco tiempo. En 1345, Blanca renunció definitivamente al priorato. Junto a su hermana María, partió hacia Barcelona, donde murió en 1348, probablemente a causa de la Peste Negra que asoló Europa en esos años.

Un legado entre los Monegros y el olvido

El Monasterio de Sigena, que vivió su época de mayor esplendor bajo su mandato, atravesó siglos de vicisitudes hasta el gravísimo incendio de 1936, durante la Guerra Civil, que destruyó buena parte de su patrimonio artístico. Las obras que sobrevivieron —algunas de ellas trasladadas a Cataluña en circunstancias que siguen siendo objeto de litigio entre Aragón y la Generalitat— son el testimonio de lo que fue aquel cenobio en tiempos de Blanca.

La infanta que fue llevada a Sigena con cinco años, que profesó sus votos con ocho sin entender lo que firmaba, que gobernó el monasterio con mano propia y temperamento volcánico, que robó un cadáver en mitad de la noche y que al final huyó a Barcelona antes de morir, merece algo más que una nota al pie en los libros de historia medieval aragonesa.

Su vida, incómoda y contradictoria, es también la historia de lo que les hacían a las mujeres cuando los reyes decidían su destino.

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