El barrio de Zaragoza 'dedicado' al comercio y que en el siglo XV tenía un molino papelero

Fue lugar de papeleros y jornaleros, tuvo molino en el siglo XV y vivió su apogeo industrial con dos fábricas —La Blanca y La Zaragozana— que abastecieron a la Zaragoza impresora. Hoy, apenas una calle y algunas casas recuerdan una historia que ayudó a levantar el valle del Gállego.

A este histórico -y pequeño- barrio se accede desde el Paso del Merzalar, un pequeño puente sobre la línea férrea Madrid-Barcelona a la altura de la Balsa de las Pesqueras de Villanueva de Gállego, conectando con el Camino del Olivar —la vieja ruta hacia las piscinas—. Su trama es mínima: una sola calle, la Calle del Barrio El Comercio, jalonada por viviendas, corrales y algunos inmuebles ya abandonados.

En su extremo más próximo a Villanueva, la entrada salva la acequia del Cascajo; hacia San Juan, una curva breve endereza el camino hasta una pequeña intersección frente a la Residencia Lucero de Alba, donde un puente cruza la Acequia del Rabal rumbo a los campos de la ribera.

De Merzalar al papel: un origen con ermita y molino

Antes que barrio, fue población dispersa. Se llamaba Merzalar y tuvo ermita del mismo nombre. La documentación sitúa aquí, en el siglo XV, un molino papelero que anticipó el desarrollo manufacturero de la zona. Aquella semilla técnica y hidráulica sería, siglos después, el sustrato de la Real Compañía de Comercio instalada en Villanueva hacia 1750: el papel —soberano en la economía del libro y la administración borbónica— encontró en el Gállego agua, fibras y manos.

La Blanca y La Zaragozana: dos máquinas para una ciudad impresora

El barrio industrial tomó forma en torno a dos fábricas: La Blanca y La Zaragozana. A finales del XVIII y comienzos del XIX figuran a nombre del impresor zaragozano Félix Monje; más tarde, como recoge Madoz, pasarían a los hermanos Ángel y Pascual Polo Monge. Su especialidad: el papel blanco de mano para impresión, materia prima para talleres tipográficos que multiplicaban bandos, carteles, catecismos y libros.

El barrio del Comercio, entre San Juan de Mozarrifar y Villanueva de Gállego / A.S
El barrio del Comercio, entre San Juan de Mozarrifar y Villanueva de Gállego / A.S

La Zaragozana llegó a contar con una máquina de seis cilindros capaz de reducir en 24 horas 50–60 áreas de trapo —la fibra textil que, batida, se convertía en pasta— y entregar 30 pies de papel por minuto: cifras que, para su tiempo, hablan de mecanización y rendimiento.

En torno al complejo se organizaba un pequeño mundo: tienda, capilla, estancias anexas y, sobre todo, empleo. Hacia 1800, trabajaban unas 50 personas entre oficiales, papeleros y mantenimiento; muchos vivían en torres y casas de campo que punteaban la vega fértil.

Colonia obrera y declive: del casino a Papelera Española

El último gran propietario, Santiago Canti, ensayó a finales del XIX un modelo de colonia industrial: a los obreros se les facilitaba una pequeña casa con huerto y, para el ocio, un casino que hacía comunidad. Fue el canto del cisne. Ya en el XX, Papelera Española tomó el control de la empresa; alrededor de 1910, las fábricas del Comercio cerraron. Permanecieron algunas casitas de obreros, luego incorporadas a un caserío que con el tiempo sumó construcciones modernas, sin perder del todo su traza lineal.

La entrada del barrio del Comercio / A.S
La entrada del barrio del Comercio / A.S

El Comercio fue, ante todo, barrio de trabajados —como se decía—. Reunió a obreros de las papeleras, operarios del Batán y jornaleros agrícolas acomodados en torres ligadas a grandes propietarios. Esa doble dedicación —fábrica y campo— explica su pervivencia cuando cayó la industria: las acequias, el suelo fértil y la proximidad a Villanueva mantuvieron viva la actividad.

Lo que queda y lo que cuenta

Hoy, el visitante encontrará un hilo urbano sencillo: una calle, casas bajas, corrales y trazos hidráulicos —acequias, pasos, balsas— que narran mejor que cualquier rótulo la historia productiva del lugar. La toponimia —Merzalar, Pesqueras, Rabal, Olivar— funciona como archivo vivo.

Y aunque la gran maquinaria calló hace más de un siglo, el oficio del papel dejó un sedimento: saber hacer, redes vecinales y el recuerdo de un barrio “dedicado” al comercio mucho antes de que el término designara calles de escaparate.

En tiempos de macroproyectos y cifras abstractas, El Comercio repone la escala micro de la industrialización aragonesa: la que levantaron molinos, fábricas de trapo, acequias y colonias obreras al calor de una ciudad lectora y una vega generosa.

Su biografía —del molino quinientista a la mecanización decimonónica, del casino obrero al cierre— resume tres siglos de transformación del valle del Gállego.

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