Las bolas doradas del Pilar: el misterio tras el legado de un matrimonio
Durante siglos, la Basílica del Pilar fue un templo “inacabado”. Aunque el proyecto barroco ideado por Ventura Rodríguez preveía cuatro torres, durante generaciones solo dos se alzaron completas. Faltaban las dos torres más cercanas al río, las que hoy completan la simetría del conjunto.
La historia dio un giro en 1947, cuando un matrimonio zaragozano, Francisco Urzaiz y Leonor Sala, decidió donar la construcción de las torres que faltaban como agradecimiento a la Virgen del Pilar con motivo de sus bodas de oro. Urzaiz falleció ese mismo año, pero su esposa mantuvo la promesa.
El proyecto fue dirigido por los arquitectos Miguel Ángel Navarro Pérez y Miguel Ángel Navarro Ruiz, padre e hijo, y las obras comenzaron oficialmente el 11 de diciembre de 1949. La torre del noroeste se inauguró el 10 de octubre de 1959, y la del sureste, dos años después, en 1961.
En homenaje a los donantes, las torres fueron bautizadas como San Francisco de Borja y Santa Leonor, y el matrimonio reposa hoy en la cripta del templo. Gracias a ellos, la Basílica alcanzó su perfil definitivo.
El enigma de las esferas doradas
Quien levante la vista desde el Puente de Piedra o la ribera del Ebro, verá cómo cuatro pequeñas bolas doradas coronan las torres del Pilar. Parecen insignificantes frente a la inmensidad del templo, pero su brillo llama la atención.
Sin embargo, nadie sabe con certeza de dónde vienen. En los documentos históricos y técnicos consultados —tanto del Cabildo Metropolitano como del Instituto Fernando el Católico— no aparecen mencionadas de forma explícita. No hay planos ni memorias de obra que describan su fabricación, ni el material exacto con el que fueron creadas.
La empresa encargada de ellas, cuenta a través de sus redes sociales que fueron restauradas hace 20 años y consiste en poner el pan de oro, lámina por lámina y cada una de ellas mide 1,70 metros.
Un símbolo del cielo y la perfección
Aunque el misterio permanece, la presencia de esferas doradas en templos religiosos no es casual. En la arquitectura barroca y neoclásica, estos remates representan la perfección y la divinidad, un punto simbólico que une la tierra con el cielo.
En el Pilar, estas pequeñas coronas doradas completan el mensaje espiritual del conjunto: la fe que se eleva sobre el Ebro. Más de sesenta años después de la inauguración de las últimas torres, las “bolas doradas” siguen ahí, sin ficha técnica ni autor documentado, pero con una presencia que intriga a arquitectos, turistas y zaragozanos por igual.
Mientras tanto, esas esferas continúan brillando sobre la ciudad como símbolo reconocido. El broche de oro, del legado de Francisco Urzaiz y Leonor Sala.

