La terrible historia del asesinato que sacudió Zaragoza y reunió a 40.000 personas en un entierro
El 17 de abril de 1932, un domingo por la noche, la tranquilidad del barrio de la Magdalena en Zaragoza se rompió de manera abrupta. En el estanco número 19, situado en el número 137 del Coso, doña Rita Rojas Martín, una viuda de 72 años, y su sobrina Isabel Miranda Rojas, de apenas 23, se disponían a cerrar el local cuando tres hombres armados irrumpieron con la intención de robar la recaudación.
Los atracadores eligieron el estanco porque estaba regentado por mujeres y a esa hora la calle quedaba prácticamente vacía. Mientras dos de ellos amenazaban a la anciana, Isabel salió a la puerta en busca de auxilio. Fue entonces cuando un tercer delincuente, que vigilaba desde la calle, disparó por la espalda contra la joven.
El proyectil alcanzó su columna a la altura de la novena y décima vértebra dorsal. La herida resultó mortal y la joven cayó en el umbral del negocio.
La conmoción de Zaragoza
La noticia se extendió rápidamente por la ciudad y al día siguiente la prensa local recogía titulares de indignación y dolor. El crimen de la estanquera sacudió a toda Zaragoza. El entierro de Isabel Miranda se convirtió en una multitudinaria manifestación de duelo: se calcula que unas 40.000 personas acompañaron el cortejo fúnebre hasta el cementerio, en una ciudad que apenas contaba entonces con 174.000 habitantes.
El caso trascendió la crónica negra y se convirtió en un asunto político y social. Hubo protestas espontáneas frente al Gobierno Civil, y estudiantes de Derecho llegaron a reclamar el restablecimiento de la pena de muerte, abolida poco antes en España. La sociedad zaragozana, golpeada por la brutalidad de lo ocurrido, veía en aquel asesinato un símbolo de inseguridad y desprotección.
La investigación y los culpables
La Policía desplegó todos sus recursos para localizar a los responsables. Las primeras detenciones fueron erróneas: tres inocentes fueron arrestados y luego puestos en libertad. No fue hasta semanas más tarde cuando aparecieron las pruebas clave: un abrigo gris abandonado en la calle del Sepulcro, testimonios de vecinos y seguimientos a pequeños delincuentes habituales.
Finalmente, los culpables fueron identificados: Vicente P., alias “El Francés”, quien confesó haber disparado; “El Cabeza”; y “El Largo”. Las detenciones se produjeron en distintos puntos de Aragón: uno en la provincia de Teruel, otro en Zaragoza y el tercero oculto en canteras de Huesca.
El juicio se celebró en noviembre de 1932 en medio de gran expectación popular. La sala estaba abarrotada y los medios de comunicación nacionales y locales cubrieron cada detalle. La sentencia condenó a los tres acusados a 25 años y 4 meses de prisión.
El eco cultural del crimen
El impacto del crimen fue tal que incluso inspiró un romance popular, cantado con la melodía del músico mexicano Guty Cárdenas, asesinado aquel mismo abril de 1932. Durante meses, en las tabernas y calles de Zaragoza se entonaba la copla que narraba la tragedia de la joven estanquera.
El suceso también modificó costumbres: algunos gremios, como el de farmacéuticos, adelantaron el cierre de sus establecimientos por miedo a nuevos atracos.
Casi un siglo después, el crimen de la estanquera del Coso sigue siendo recordado como uno de los sucesos más impactantes en la historia reciente de Zaragoza. No sólo por la crueldad del asesinato, sino por la enorme respuesta ciudadana que provocó.

