El efecto invisible de la huelga del tranvía de Zaragoza: visibilidad a medio gas para los sindicatos

El tranvía de Zaragoza estuvo en huelga con paros parciales… y la ciudad apenas lo percibió.
El tranvía de Zaragoza, a su paso por el Casco Histórico / HOY ARAGÓN
El tranvía de Zaragoza, a su paso por el Casco Histórico / HOY ARAGÓN

La semana grande dejó un dato incontestable: más de cinco millones de viajes en transporte público durante las fiestas del Pilar. En ese mismo periodo, el tranvía de Zaragoza estuvo en huelga con paros parciales… y la ciudad apenas lo percibió.

Paros con poco efecto en la calle

Desde el 12 de octubre, el comité de empresa del tranvía convocó paros para presionar en la negociación del nuevo convenio. El seguimiento medio fue del 21%, según fuentes sindicales. Sin embargo, la demanda del tranvía y el uso de los convoyes apenas se resintió: los servicios mínimos fijados por el Ayuntamiento garantizaron una operativa casi ininterrumpida en las horas de más demanda y un nivel de servicio elevado el resto del día.

El seguimiento ha sido alto, pero apenas se ha notado por los servicios mínimos. Aun así, se ha hablado de nuestras necesidades”, apuntan desde CCOO, que reclama retomar la negociación con la empresa concesionaria para desbloquear el convenio.

Récord de demanda en fiestas

El Ayuntamiento certifica que el transporte público superó por primera vez los 5 millones de usos en fiestas: 5.011.384 validaciones (dato provisional), casi 500.000 más que en 2024 y 750.000 por encima de 2023. El autobús urbano: 3.654.512 viajes (frente a 3.286.460 en 2024); en el caso del tranvía: 1.356.872 validaciones (por encima de 1.233.827 el año pasado), a pesar de los paros.

El resultado dibuja un “efecto invisible” de la huelga: el dispositivo de mínimos y la capacidad de absorción del bus desactivaron el impacto, mientras la ciudadanía encontró alternativas y mantuvo su movilidad festiva.

El núcleo del conflicto: jornadas y convenio

Detrás del pulso hay un convenio bloqueado desde diciembre. El principal punto de fricción es la jornada de conducción: el comité reclama entre 7,5 y 8 horas máximas para los maquinistas, ajustes de turnos y mejoras organizativas. La empresa defiende márgenes de flexibilidad para cuadrar la producción en un sistema que se satura en horas punta y eventos multitudinarios.

Con servicios mínimos tan altos, el sindicado logra visibilidad mediática, pero pierde palanca negociadora: la ciudad funciona, el viajero apenas sufre y la presión social se diluye.

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