Domingo, 19 de Septiembre de 2021

Se dice que el amor mueve montañas y, a veces, también construye edificios. Es el caso de uno de los más bonitos y desconocidos de Zaragoza. Se trata del Palacio de Larrinaga, una construcción de principios del siglo XX que se levanta sobre los cimientos de un romance.


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Todo comenzó durante el oficio de una misa en la basílica del Pilar. Allí es donde Miguel Larrinaga, un naviero vasco, conoció a Asunción Clavero, natural de la localidad turolense de Albalate del Arzobispo. Se enamoraron, se casaron y se fueron a vivir a Liverpool, donde estaba la sede de la naviera de Miguel. Tuvieron tres hijos y en sus planes de futuro siempre estaba regresar a Zaragoza.

Como agradecimiento por el esfuerzo que Asunción estaba haciendo al dejar su tierra atrás, Miguel ordenó construir un edificio que fuera su residencia de retiro. Para ello contrató a uno de los mejores, el arquitecto de Tarazona Félix Navarro. En su currículum figuran el Mercado Central o el monumento al Justicia. 

El edificio fue construido entre los años 1901 y 1918, en un solar de más de 100.000 metros situado en la avenida de Miguel Servet. El resultado es un palacio de 676 metros cuadrados y una altura de 14 metros hecho a base de piedra y mármol. Todo ello combinado con ladrillo y otros nuevos materiales de la época como el acero, hierro o vidrio.

En aquella época, esta zona era las afueras de Zaragoza y en las indicaciones para el diseño del edificio, Larrinaga pidió que el palacio mirara hacia Albalate. De esta manera, Asunción podría imaginar que estaba viendo su pueblo natal desde la ventana, algo complicado de discernir ya que se encuentra a 80 kilómetros de la capital. 


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Pero aunque hubiera sido más factible, Asunción no podría haberlo visto. El matrimonio nunca llegó a vivir en su palacio de ensueño ya que ella falleció a los 65 años, cuando todavía residían en Liverpool. Miguel dejó de encontrar sentido al edificio si no era junto a su amada y lo vendió con todo lo que había dentro, incluidos los muebles. Murió diez años después y ambos descansan en el cementerio de la ciudad británica. 

Las primeras manos sobre las que recayó el palacio fueron las de los directivos de Giesa, que instalaron en esta construcción de aire renacentista una nueva fábrica de ascensores. Después, la orden religiosa de los Marianistas se hizo con el edificio pero, en 1988, por problemas con el mantenimiento, deciden venderlo. 

Como no querían que pasara a manos privadas, lo ofrecen al Ayuntamiento de Zaragoza para que lo convierta en una residencia de invitados ilustres pero no se llegó a un acuerdo. Finalmente, en 1993, la Fundación Ibercaja se hace con la propiedad.

Tras las obras de restauración acometidas por los arquitectos Luis Franco y Mariano Pemán, el Palacio de Larrinaga es actualmente la sede del Patronato Cultural de Ibercaja. También acoge el Centro de Documentación de la entidad en Zaragoza, así como varias bibliotecas adquiridas por el banco. Aunque ahora está cerrado temporalmente por remodelación, se suelen organizar visitas guiadas para conocer el interior del edificio. 


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Y hasta aquí la historia de amor con final agridulce de la que surgió uno de los edificios neorrenacentistas más bonitos de Zaragoza. Pero esto solo es un avance de lo que el Palacio de Larrinaga, o Villa Asunción, como Miguel quería que se hubiera llamado, esconde.

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