Domingo, 26 de Septiembre de 2021

Parece ser que fue hacia el año 1461 cuando se fijó el cauce actual del río Ebro. La variación del curso se produjo en la llamada Parida de las Balsas de Ebro Viejo del Arrabal, que formó un meandro abandonado amenazado constantemente por las crecidas del Ebro.


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Este hecho hizo de la margen izquierda zaragozana un lugar coaccionado por los problemas de inundación, sumando a ello el foco de insalubridad que generaba el gran corredor de agua estancada de las Balsas de Ebro Viejo (BEV), convertido en un punto de calenturas que diezmaba a los vecinos del barrio, y que al servir de lavadero público, era el mejor vehículo para las epidemias.

Fue en el año 1861 cuando una advertencia de la Junta de Sanidad alertó del estado lamentable en el que se encontraban las Balsas, un toque de atención que acabó concentrando las fuerzas técnicas e intelectuales del Municipio para emprender un complejo proyecto de desecación del terreno, que dio como resultado el cambio de uso de una parte de la extensa área.

Aunque la unión con el Ebro se mantuvo por la “acequia del Escorredero” o “desagüe de las Balsas”, parte del terreno de las BEV se fue transformado en viveros municipales y arbolado. A partir de este momento, el depósito natural de las Balsas se convirtió en la semilla de un ambicioso proyecto de parque urbano.

EL PARQUE DE LAS BALSAS DE EBRO VIEJO (1914)

La idea de convertir los terrenos de las BEV en un punto verde de ocio para la población zaragozana ya había sido puesta sobre la mesa por los técnicos municipales como la solución más acertada una vez desecado el terreno, de hecho, ya en 1872, el Director de Arboledas, Antonio Berbegal, propuso un proyecto para construir jardines públicos.

Aunque no se llevó a cabo, en 1877 se dotó de plantaciones, concretamente siete cahices para la formación de semilleros y viveros que poco a poco fueron ampliando su extensión. En 1914 se intervino nuevamente sobre el terreno con la renovación del arbolado, el arreglo del paseo central, la incorporación de bancos y la construcción de una plazoleta central.

Pero el proyecto de mayor envergadura que se planteó en las BEV llegó de la propuesta de un vecino de la ciudad. El 14 de octubre de 1914, Antonio Benedicto y Martí, vecino del Arrabal, tomó la iniciativa y ofreció al Ayuntamiento un “Proyecto de parque de Zaragoza emplazado en las Balsas del Ebro Viejo” diseñado por el arquitecto José A. Capdevila, en cuyo perímetro se contemplaba la edificación de viviendas con la finalidad de sufragar los gastos del plan.

Se trataba de un parque que debía de reunir en su interior todo tipo de espectáculos y equipamientos para el ocio y el recreo ciudadano; un parque desarrollado bajo la promoción privada en el que se establecía como condición que el promotor ostentase los derechos de su explotación y administración por un periodo de veinticinco años.

El complejo ocuparía aproximadamente unos 300.000 metros cuadrados, una dimensión que se alcanzaría con la unión de terrenos particulares anejos y el derribo de viviendas preexistentes.

José A. Capdevila y Antonio Benedicto. Proyecto de parque de Zaragoza: planta general, 1914 Archivo Municipal de Zaragoza

Como se aprecia en el plano, el trazado se compone de dos partes diferenciadas separadas por la gran plaza circular central. En la primera sección, el arquitecto localiza el acceso por el flanco Sureste e inmediatamente después sitúa un tímido paisaje de aire naturalista a partir de plantíos irregulares.

A continuación, mantiene los dos paseos diagonales que separan los parterres a un lado y a otro, los cuales distribuye sobre el espacio por medio de pequeños ejes y plazoletas centrales. Los andadores internos confluyen hasta el perímetro del recinto donde localiza un estanque rectangular, una plaza para deportes, una plaza libre y otros lugares de paso dotados de urinario subterráneo, oficina, fuentes, etc.


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En el segundo tramo, la ordenación viene dada por un eje central que separa regularmente los parterres a ambos lados, siendo éstos los que dibujan el trazado bajo los principios de la geometría y simetría. Como telón de fondo, la parte Norte queda delimitada por el espacio dedicado al zoológico.

En cuanto a las infraestructuras, cuenta con todos los elementos típicos de este tipo de parques: zoológico, baños, espacio para deportes, quiosco, urinario, plazas, paseos, fuentes, estanques, cascadas, retretes subterráneos etc. Además, también se plantea la proyección de diferentes pabellones, a los cuales se accedería pagando una entrada.

Con todas estas características, puede deducirse que se tomarían como modelos los parques decimonónicos construidos en las principales capitales europeas y el famoso Central Park de Nueva York, con arquitecturas y espacios presentes en el parque norteamericano que fueron muy difundidos en la época, como por ejemplo el zoológico o la lechería-restaurant.

En cualquier caso, desde el punto de vista formal se apuesta por una resolución clásica de la jardinería, configurada a partir de parterres geométricos que determinan paseos y caminos internos. La consecución del parque no prosperó por razones ajenas al Ayuntamiento.

En febrero de 1915 fallece Antonio Benedicto y Martí, y su hijo, Manuel Benedicto se comprometió a hacerse cargo de la construcción, sin embargo, quedó en suspenso hasta 1925. A pesar de que en aquel año se aprobó con algunas rectificaciones, Benedicto nunca llegó a presentar el proyecto definitivo ni tampoco a pagar la fianza que se le exigió, por lo que esta idea quedó paralizada para siempre, y por lo tanto, los deseos de que Zaragoza contara con un parque de recreo quedaron truncados.

No obstante, este hecho no impidió que la arboleda de las BEV siguiera floreciendo. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX se llevaron a cabo numerosos trabajos que acabaron configurando el actual parque del Tío Jorge, uno de los espacios verdes más emblemáticos de la capital aragonesa.

*Laura Ruiz es Historiadora del Arte de la Universidad de Zaragoza

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