Viernes, 25 de Septiembre de 2020

36 horas de guardia. No sé ni cómo me llamo. Me escribe mucha gente preguntándome qué tal, cómo van las cosas, que qué pueden hacer para ayudar.

Es curioso como, conforme pasan los días, los médicos que vemos a los pacientes sospechosos de COVID-19 (coronavirus), más o menos, predecimos si serán positivos o no. Los “futuros” positivos tienen características muy similares y que nos dan pistas a nosotros para conocer un poco más a este “bicho del infierno”.


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Al final, es algo nuevo, contra lo que no tenemos ningún tipo de inmunidad, y este contagio masivo está medrando nuestros ejércitos sin remedio. Ahora sí, de esta pandemia espero aprender y que se aprendan muchas cosas.

Los sanitarios vemos cuestionada la ética, uno de los principios que rige nuestra profesión; ¿A quién tratamos? ¿Qué haremos cuando se acaben los tratamientos?, que se acabarán, y que además son experimentales y tienen una evidencia científica escasísima que respalde su uso. ¿Por qué tenemos que elegir a qué paciente poner un respirador y a cuál no? ¿O regirnos por un número o criterio como la edad?

En nuestro servicio, los pacientes que suben de urgencias los ve una sola enfermera que se viste con traje de protección individual junto a una auxiliar mientras el resto de compañeras se quedan fuera esperando órdenes o solicitudes.

Los médicos no entramos a valorar al paciente a menos que llegue “muy justo” o se complique a lo largo de la guardia, y no poder presentarte y verle la cara a un enfermo es cuanto menos cuestionable. El motivo de no hacerlo, es para ahorrar trajes de protección.

Si por cada paciente, cada médico tuviéramos que entrar con un traje distinto, en una semana nos quedamos sin nada. Estamos viendo como multitud de profesionales de todo el mundo buscan ideas para paliar este deficit o para aprovechar al máximo el mismo traje/mascarilla evitando la contaminación. Ya que los de arriba no nos ayudan mucho, al final entre nosotros competimos a ver a quién se le ocurre la genialidad del día para ahorrar EPIs.


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Si tenemos que dar un resultado o informar al paciente de algo, evitamos, como digo, entrar para ahorrar trajes. Nos quedamos en la puerta y gritamos al paciente que es positivo entre mascarillas que apenas dejan mantener una conversación y sin poder coger de la mano a gente que se queda realmente acojonada. No podemos consolar apenas, hay que intentar minimizar el contacto, las visitas, las entradas. No te enseñan muy bien esto a lo largo de la carrera.

Este ‘bicho del infierno’ ataca y no importa que edad tengas; es cierto que muere gente más mayor, al final el tener múltiples patologías y un sistema inmune debilitado pasa factura; pero vemos gente joven empeorar en cuestión de horas (seguimos sin saber qué factores provocan que en unos pacientes sí y en otros no aparezca una síndrome de distress respiratorio tan brutal, no solo en este, sino con otros virus, y espero que este sea el momento en el que las investigaciones se dirijan a entender por qué ocurre).

Y estamos viendo cómo, aunque en menor porcentaje, la tasa de letalidad entre gente más joven está ahí, y no podemos negarla. Está claro, al final, a problemas masivos, medidas desesperadas; sí tienes 40.000 infectados y 5.000 respiradores, vas a priorizar sobre aquel paciente con mejor calidad de vida o mayor tiempo de supervivencia. Y así están en Italia, muriéndose a cientos por no poder tomar medidas invasivas porque no hay más medios.

Pero bueno, nosotros decidimos seguir el ejemplo y largarnos de puente en pleno estado de alarma, o hacer caso omiso a las recomendaciones y protocolos. Y pensamos “bah, esto a mí no me pasará” y “si me pasa lo pasaré y ya estaría”. Hasta que te toca de cerca y entonces igual te arrepientes de haberte ido a tu casita en el pueblo o de puente a la playa.


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En las residencias este virus va a arrasar. Se contagia uno y contagia a todos. Y cualquier fiebre ya te hace sospechar. En medicina interna los pacientes mayores y pluripatologicos son nuestra razón de ser, y hoy me he dado cuenta que no podemos atenderles.

Esto ha excedido y con mucho los recursos y nuestra ética asistencial. Vamos a tener que aceptar que no vamos a poder acompañar cómo nos gustaría a estos pacientes al final de su vida. Es duro y triste, pero es la realidad.

Que esto sirva para estar preparados en el futuro, para poder superar otras pandemias como está, que vendrán, la historia nos lo dice y seguimos viviéndolas. Que los “de arriba” gestionen mejor sus recursos y estén preparada para eventos de tal magnitud.

Que sigamos valorando la sanidad pública porque, por poner un ejemplo, hay una señora estadounidense que ha superado el virus y debe 35.000 dólares, una cosa sencillita y de andar por casa. Y que mis 36 horas no me las pagan, ni en días libres ni en dinero. Ni el estrés ni el daño moral de esta situación.

Pero al menos si se nos paga en agradecimientos en forma de vuestros aplausos, y os digo de verdad que no sabéis lo bien q viene sentir vuestro apoyo y agradecimiento. Y ojo, si no fuera porque ya mi raciocinio no da para más, me quedaría otras 36 horas para seguir ayudando a los que se quedan ahora de guardia.

Que demos valor a lo que de verdad lo tiene. Que ahora parece que nos acercamos más cuando hay veces que pasamos semanas o meses sin ver a nuestros amigos y seres queridos “porque no tengo tiempo”, o porque “ya para mañana” o por pura vagancia. Creo que estamos teniendo la capacidad de entender el valor de un simple abrazo.


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Es ilusionante ver cómo nos hemos juntado de todas las partes del mundo como un equipo que luchamos juntos contra esto, compartiendo experiencias, ideas, consejos, animándonos unos a otros, aplaudiéndonos y aplaudiéndoos a vosotros por seguir ahí al pie del cañón aunque llegues a casa sin saber ni cómo te llamas.

Seguiremos luchando, diezmados, y débiles, pero sin rendirnos jamás. Ayudadnos vosotros; seguid las indicaciones, son sencillas, son temporales, y evitarán que mueran muchos más. Quedaos en casa. Seguid cumpliendo. Os lo pido por favor.

*Anxela Crestelo es sanitaria del Hospital Royo Villanova de Zaragoza

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