Viernes, 18 de Septiembre de 2020

Llevamos ya más de un mes en este confinamiento colectivo por el coronavirus y a estas alturas ya sabemos que el tiempo de encierro se hace corto y largo en función de a qué nos dediquemos en cada momento. Hacemos mucho menos de los que pensábamos, pero, tantas horas aislados en casa, nos ha llevado a reflexionar y dedicar tiempo para nosotros mismos.


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Despojados, en gran medida, de toda actividad social, nos hemos tenido que enfrentar con nuestro espejo individual. Lo hemos mirado con miedo y para sentirnos bien con lo que pudiera reflejar hemos recurrido, mira tú, a un montón de actos culturales.

Hemos leído, oído música, hemos visto películas y series, hemos quizás probado con algunos de los nuevos contenidos gratuitos de artes en vivo que se nos ofrecía vía internet. Nos hemos sentido también artistas, hemos hecho manualidades, hemos actuado, hemos realizado vídeos

Hemos hecho cualquier cosa que pensábamos nos diera una dimensión más homo sapiens que homo australopithecus. Y hemos descubierto que, tal vez, hemos metido la pata al querer ser dioses y no respetar las leyes de la madre Tierra.

Por todo ello, aunque los que nos dedicamos a las llamadas artes en vivo (el teatro, la música, la danza, el circo…) estemos más que preocupados sobre cómo podremos salir de todo esto, estamos al mismo tiempo confiados en que el confinamiento ha puesto de manifiesto la necesidad cultural. Por ello estamos convencidos que, de momento, mantenemos el vínculo, la relación esencial entre el artista y la sociedad a la que se dirige.

“Despojados de toda actividad social, nos hemos tenido que enfrentar con nuestro espejo individual. Y hemos descubierto que, tal vez, hemos metido la pata al querer ser dioses”

Naturalmente estos nuevos hábitos culturales se están desarrollando en un tipo de usos que son individuales y no sociales; y que tienen en internet y en las redes sociales los reyes de una nueva cultura. Entonces, ¿si nos hemos acostumbrado a realizar usos culturales en soledad y aislamiento se habrán perdido los usos culturales de tipo social?

Lo dudo. La verdad es que además de culturales estos días nos han demostrado que somos seres sociales. Cada día que pasa tenemos más necesidad de volver a encontrarnos, tenemos más ganas de mirarnos directamente a los ojos y no a través de una pantalla. Querríamos, a ser posible, volvernos a dar un abrazo y un buen achuchón.

Por eso estamos seguros que, en cuanto se pudiera, saldríamos de nuevo a la calle con ganas de ir a un teatro o a un concierto. Con ganas también de apretarnos en una conversación de bar, o en el jolgorio de un baile en unas fiestas patronales. Somos especialmente socio-culturales y más en un país como éste, mediterráneo y latino.

Y, sin embargo, no sabemos cuándo ni cómo vamos a poder hacerlo. Todo se está complicando más y más y la perspectiva de una pesadilla breve que terminaría en unos pocos días y dejaría nuestro mundo como si nada hubiera pasado se diluye según pasan las semanas. El virus vino para quedarse y vamos a tener que convivir con él por un tiempo que se va a convertir en meses e incluso años.

Así que cuando oímos desescalada, esa palabreja que nos lleva a pensar en subir al mismo tiempo que en teoría bajamos, nos da vértigo y ansiedad y no sabemos muy bien cómo tomárnosla. Aunque nos cueste, sí intuimos que no significa volver a la realidad que teníamos antes sino a una nueva realidad.


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En ella, de momento, no va a haber abrazos, ni fiestas populares, ni conciertos abarrotados de rock. Tendremos que acostumbrarnos a salir, pero menos, a vernos, pero tras una mascarilla, a charlar cara a cara, pero guardando las distancias.

Será difícil, pero tendremos que asumirlo. Y la cultura tiene que volver a estar allí. Habrá actos que no se podrán hacer y otros que quedarán condicionados por las limitaciones y circunstancias marcadas por la pandemia. Pero tendremos que adaptarnos.

“Será difícil, pero tendremos que asumirlo. Y la cultura tiene que volver a estar allí. Tendremos que adaptarnos”

Si hay una obra de teatro que me viene una y otra vez a la mente estos días es La vida es sueño. Es una obra que en Teatro del Temple montamos ya hace tres años, y seguíamos representando hasta justo antes de la emergencia sanitaria. Su trama me rebota en la cabeza una y otra vez con lo que nos toca vivir ahora. En ella Segismundo, lleva confinado, preso, toda la vida sin saber su origen y la realidad que le rodea. Es conducido dormido al palacio de Polonia y, cuando despierta, descubre ser el príncipe del país.

Una vez libre y con el poder se comporta como un tirano y acaba asesinando a un criado. Es el príncipe despótico que se la había predicho a su padre y da la razón al hecho de tenerlo encerrado e ignorante de su condición. Es de nuevo dormido y apresado en la torre donde siempre ha vivido. Allí y entonces es cuando al fin Segismundo entiende la fragilidad del mundo en el que vivimos, una sociedad aparente que fácilmente se convierte en un mal sueño.

Es allí cuando Segismundo rompe el destino que se le ha predicho, se convierte en una persona cabal, es liberado y destrona a su padre, pero se vuelve magnánimo al utilizar su nuevo poder. Porque sabe que es temporal y frágil y en cualquier momento se volverá a disolver como un sueño.

Seamos en nuestro caso responsables ya, sin esperar a un nuevo confinamiento, en la desescalada. Hagámosla con cuidado y responsabilidad, asumiendo cada uno el sentido común para llevar a cabo el cuándo y el cómo.

Tendremos todos que entender cuál es nuestra situación según el lugar, la edad y las actividades que llevamos a cabo. En esta ocasión la actividad cultural, como siempre, deberá adaptarse a las circunstancias sociales.

*Alfonso Plou es dramaturgo, docente, miembro fundador de Teatro del Temple, socio y gestor de Teatro de las Esquinas.

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