Jueves, 18 de Agosto de 2022

¿Quién me ha robado el mes de abril? Decía la canción. Y este año ha sido verdad para todos. ¿Y mayo será el mes de las madres y las flores? ¿Iremos este verano a la playa? ¿Y el otoño será un verdadero otoño de lluvias y setas o un nuevo veroño de sofocantes calores tardíos? ¿Llegaremos al invierno con nieves y sin un nuevo rebrote del virus?


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Toda nuestra percepción de la vida, tan marcada por lo estacional, ha saltado por los aires. Ya lo estaba haciendo antes de la pandemia, poco a poco, con el cambio climático. Pero es que ahora toda nuestra vida ha quedado detenida por un periodo y el futuro asociado a cada momento del año es pura incertidumbre.

Me permito utilizar como título del artículo el de un espectáculo de Che y Moche Producciones, compañía cogestora del Teatro de las Esquinas, porque ha sido especialmente premonitorio.

Es un espectáculo divertido y familiar, cocinado con grandes dosis de humor gestual y con una interpretación en directo, novedosa y vibrante, de las famosas Cuatro Estaciones de Vivaldi. Una función con las notas siempre emocionales y tremendamente evocativas del músico italiano y en el que Che y Moche llevan a cabo su metáfora, lírica y nostálgica, de los peligros del cambio climático.

¿Y ahora qué? Nos preguntamos casi cada día. ¿Qué haré con mi trabajo, tendré vacaciones, y la boda de mi primo, los estudios, las fiestas patronales de mi pueblo? Y casi cada una de esas preguntas internas van acompañadas de una imagen. Y, si lo pensamos bien, cada una de esas imágenes tiene un marco mental en el que podríamos decir que es primavera, o es otoño, es verano o es invierno.

Ahora intuimos que, por un año, tal vez más, esas referencias estacionales se están difuminando. Lo cotidiano ha reventado y nos entran dudas del calor terrestre y del calor humano con el que vamos a intentar llevar a cabo cada uno de esos actos: trabajar, divertirnos, formarnos, amar…

“¿Y ahora qué? Nos preguntamos casi cada día. ¿Qué haré con mi trabajo, tendré vacaciones, y la boda de mi primo, los estudios, las fiestas patronales de mi pueblo?”

Estamos montados sobre dos cambios climáticos. El que ya conocíamos y no queríamos ver para que nos variase nuestro modo de vida. Y el segundo, que ha irrumpido súbito como un rayo, se nos ha impuesto como la más amarga de las medicinas, nos ha encerrado y nos mantiene temerosos y algo rabiosos, queriendo volver al ayer donde las cosas eran más o menos iguales todos los años.

No queríamos que nada cambiase, pero todo ha cambiado ya. Y sentimos, como en las fases del duelo al que tristemente tenemos que asociar especialmente la nueva situación, sentimos, digo, la negación, la rabia y la depresión antes de alcanzar, quizás, una asunción que nos incomoda.

El futuro distópico se ha hecho un presente con su propio calendario, con sus propias estaciones que, como pasos de un vía crucis, deberemos atravesar. Al final del ciclo, nos dicen, si entre todos nos portamos bien, tendremos por fin una vuelta al pasado, ahora visto como utópico, la antigua normalidad estacional tan añorada.

De momento sabemos que, en todas nuestras actividades, especialmente en las culturales, nos va a tocar lidiar con las distancias y las medidas higiénicas. Y eso en un país que adora la cultura de masas como bien demuestra en sus fiestas populares.

Las artes en vivo, teatros, conciertos, danza, circo… formamos partes de esos actos donde el disfrute individual va muy unido al disfrute del grupo y en grupo. Queremos que se produzcan sintiéndonos juntos y viéndonos bien las caras. Queremos que el artista esté tan cerca que lo podamos tocar. Y sentimos que disfrutamos de ellos plenamente si lo hacemos bien acompañados. Nos gusta apretujarnos, vaya, y eso forma parte también de su viabilidad económica en muchos de los casos.


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Todo ello ahora no casa con las imágenes que pasan por nuestras cabezas como posibles, con distancias de dos metros y mascarillas o pantallas que separan a los presentes. Es como imaginar las playas casi sin gentes, los bares guardando las distancias tras la barra, los partidos de futbol sin público en los estadios. Nos cuesta imaginarlos, pero los veremos.

¿Y cuándo todo esto acabe (que acabará) volveremos a la primavera y al verano, al otoño y al invierno? Esos en los que no había dos grados más de media, donde no se derretían los polos y donde los cielos eran tan azules y limpios… como vuelven a serlo ahora.

¿Estaremos consiguiendo que un cambio climático detenga el otro? Parece que un poco sí. Tenemos el menor consumo de petróleo en el planeta durante décadas. ¿Pero seremos capaces de mantenerlo?

¿Seremos capaces de pensar que un tiempo y otro son el mismo tiempo, el tiempo de reaccionar y plantearnos un nuevo sistema productivo, un nuevo sistema social, un nuevo mundo, en este mundo que es el único que tenemos?

Quiero creer que aún es posible y que las cuatro estaciones volverán un día a ser lo que eran.

*Alfonso Plou es dramaturgo, docente, miembro fundador de Teatro del Temple, socio y gestor de Teatro de las Esquinas.

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