Martes, 21 de Septiembre de 2021

Debo confesar que ni desde la más rigurosa introspección, ni tampoco en las circunstancias más adversas de estos últimos meses, me he arrepentido una sola vez de haber dado carpetazo a tres décadas de carrera profesional para acabar metido hasta el tuétano en Ciudadanos.


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A lo mejor es porque antes de dar el paso ya era de los que pensaba que un partido político no es útil, si no sirve para trabajar por el interés general de las personas; que un partido político no aporta nada a la sociedad, si antepone las ambiciones personales de quienes lo integran a la confianza que sus votantes han depositado en él; que un partido político no puede ser nunca un fin en sí mismo, sino el medio o la herramienta con la cual conseguir cosas buenas para tus compatriotas; que un partido político sólo merece el respeto y el favor de la gente, cuando se mueve por convicciones y no por propia conveniencia; que un partido político, en definitiva, debía ser lo más parecido a lo que en esencia es Ciudadanos y a lo que hoy representa el indiscutible liderazgo de Inés Arrimadas.


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Cada día que pasa tengo más claro que estoy donde quería estar y donde, para bien o para mal, tengo ya echada el ancla. Quizás a estas alturas de mi vida ése sea de los pocos lujos que me puedo permitir. Por eso me considero en ese aspecto un tipo afortunado. No estoy ya para atender cantos de charrán o de sirena, ni para sumarme a otras terapias de grupo que no sean las que hacemos en mi partido cada vez que tratamos de mejorar lo que ofrecemos, corregir errores y perseverar en los aciertos.

Yo no vine a la política para vivir de ella y menos aún para sobrevivir en ella. Quizás por eso me cuesta entender y me niego a acatar lo que algunos tratan de vender en mitad de su aparente catarsis -liberadora, más que liberal- como un destino inexorable, que según dicen debería abocarnos por pura lógica a afrontar junto a ellos una estrategia basada únicamente en el frío cálculo electoral, donde el qué y el quién priman más que el para qué. No han debido valorar que la pura lógica a la que apuntan acaba siendo, en palabra de Saint-Exupéry, la ruina del espíritu.

Precisamente por pura lógica en su trayectoria no veo yo a Ciudadanos en el mismo espacio político que reivindican ahora -quizás porque a la fuerza ahorcan- los mismos que siguen considerando a los jueces una mercancía para sus impúdicos chalaneos con otras fuerzas políticas; los mismos que durante años hicieron de la corrupción una seña de identidad y que no dudaron en amarrar sillones a costa de alimentar a boca llena la hidra nacionalista que hoy es la peor metástasis de España.

La cortesía más elemental obliga siempre a agradecer una invitación, pero por suerte más que por desgracia, Ciudadanos no puede ser otra cosa distinta a Ciudadanos: ni por fusión, ni por fisión.

En el fondo les pasa lo mismo -y ellos lo saben- a quienes se acogen a la lógica como excusa, buscando ser otra cosa diferente a lo que han sido y nunca dejarán de ser. Olvidan además que a nosotros no nos mueve tanto su lógica matemática, como la coherencia y el sentido común del español de a pie, con el que tan identificados nos sentimos.

Por eso vamos a permanecer donde estamos, siendo lo que somos, pendientes de lo que se nos da bien allí donde gobernamos y también donde somos oposición, que no es otra cosa que resolver los problemas de la gente y no las crisis existenciales de partidos con los que seguiremos colaborando -a derecha e izquierda- tratando de hacer siempre lo mejor para nuestros compatriotas.

“Por suerte más que por desgracia, Ciudadanos no puede ser otra cosa distinta a Ciudadanos: ni por fusión, ni por fisión”

Lo haremos, igual que ahora, desde ese espacio de centro liberal, sensato y moderado, que con algún que otro tropiezo hemos conquistado pasito a paso, no al asalto, y que se asemeja en cierto modo al zapato de Cenicienta: encaja a la perfección en un determinado pie, pero en otros, por más esfuerzos que uno haga, se acaban quedando unos cuantos dedos fuera. 


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A decir verdad, lo nuestro tampoco tiene especial mérito: estamos donde estamos, porque no sabemos ni queremos estar en otro sitio. De otro modo, no nos habríamos pedido centro, con todo lo que ello conlleva. Somos así: rebeldes e inconformistas; tan inconscientes a decir de algunos, que hacemos lo que consideramos que hay que hacer en cada momento, sin pensar en los votos que nuestras decisiones nos dan o nos quitan.

Y puede que como la dulce y bella Cenicienta hoy seamos los más deseados del baile, pero a nosotros no nos marca el ritmo ningún príncipe azul, sino 47 millones de españoles a quienes seguiremos pidiendo humildemente que nos den su confianza y el apoyo imprescindible para hacer de España un gran país en el que quepamos todos. Al fin y al cabo, a eso vinimos y todavía nos queda mucho por hacer.

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