Domingo, 05 de Diciembre de 2021

Hace unas semanas tuve que sentarme despacio y con los ojos muy abiertos mientras leía un artículo. Me recordó a una de esas escenas de película vespertina de Antena 3 en la que a alguien le dan una noticia inesperada. El texto batía en el mismo engrudo la figura de nuestro rey más -o menos- notorio, Alfonso I el Batallador, y la violencia de género. Así, tal cual.


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Sobre el personaje más carismático y controvertido de la plena Edad Media europea se ha escrito mucho. Pero en casa. Ni a catalanes ni a murcianos ni a madrileños ni a andaluces ni a valencianos les ha interesado demasiado su figura, más allá de lo que haya podido caer en sus manos de Lacarra, Lema o, más recientemente y en clave de ficción, Corral.

Para castellanos y gallegos, por el contrario, el interés de sus círculos académicos y divulgativos sí se ha enseñoreado del cliché, principalmente porque son sus crónicas medievales propagandísticas las que nos dan muchas de las noticias sobre él.

La Historia Compostelana o la Primera Crónica de Sahagún. Ambas fuentes son, para que nos entendamos, como si a Trump la escribieran, in memoriam, la biografía a cuatro manos Ana Pastor y García Ferreras; o como si el epitafio de Pablo Iglesias lo dejáramos a cargo de la redacción de El Cascabel de 13TV.

Fueron escritas en parte por sus enemigos, como el obispo Diego Gelmírez, primus inter pares de la resistencia gallega y leonesa contra el rey de Aragón, que se había casado con la reina Urraca de León y por derecho reclamaba el imperio sobre las tierras que de la meseta y más allá le correspondían por himeneo y arras.

Todo el mundo sabe que el matrimonio con Urraca no fue bien. Que hubo guerra entre ellos, con los actores antes mencionados y otros que incluso cambiaron de bando en repetidas ocasiones. Y de tales barros llegaron movidos lodos: una de las crónicas dice que en una ocasión el rey pegó a la reina.

¿Cómo se han quedado? Les he escuchado rechinar los dientes. Y no es para menos, porque el artículo ponía al rey como arquetipo de machista y violento de genero. Entre medio, menos mal, contaba alguna cosa más de su obra, no muy compleja no sea que al lector de a pie le pueda explotar la cabeza.

Porque parece que en eso consistía: en trasvasar ponzoña posmoderna a la construcción del pasado. O lo que es lo mismo: presentismo. Y no me malinterpreten: el juicio no va con el maltrato, sino con el pertinaz interés por desmadejar el pasado sumergiéndolo en un pasapuré actual.

“En eso consistía: en trasvasar ponzoña posmoderna a la construcción del pasado. O lo que es lo mismo: presentismo”

La Historia ni debe ni puede juzgarse con los ojos del presente. De ser así, no se salvaba de rufián ningún personaje pasado y loado. Ni siquiera Gandhi -dado a coquetear con el estupro- o Luther King -quien, según el FBI, estuvo involucrado en una violación-. Nadie. Ni Churchill -machista- ni Bob Marley -misógino- ni Sócrates -pedófilo- ni el Che Guevara -torturador de homosexuales-.

La historia no puede conocerse de forma holística. Olvídense. Y esto es así porque es tan sumamente compleja y poliédrica como lo es nuestra realidad actual; de lo que nos rodea sabemos solo lo más importante, lo que queda más aquí de nuestra visión periférica.

Ahora bien, conocemos mucho de este pasado a través de los ojos del historiador, que aplica el método histórico a partir de las fuentes y se le augura el «extrañamiento» del etnógrafo. No es necesario releer a von Ranke para entender que este debe aplicar escrupulosamente principios de imparcialidad ideológica, aunque la objetividad total no exista.


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Por consiguiente, cuando el historiador recoge la información de las fuentes debiera desquitarse de apriorismos actuales para poder dar una imagen del pasado lo más aséptica posible, pues la historiografía -el producto del método histórico- debe trasladar las herramientas al neófito, no esculpirle el constructo ya urdido. La honestidad lo es todo, como casi siempre.

Ahora bien. Si Alfonso I el Batallador hubiese nacido en Francia, devendría en dechado de la civilización universal. De ser británico, llevaría unos tres blockbusters entre las diez películas más taquilleras de la historia de Hollywood. De ser castellano, supondría génesis y luz de la nación española y el Cid le estaría haciendo de escudero. De ser catalán, encabezaría el mito que ya querrían el Conqueridor o el Pilós.

Pero de ser aragonés -criado en Siresa, chiquer-, le toca encabezar titulares ramplones. Y a riesgo de arrogar sentimientos actuales de pertenencia que no está claro que el temprano siglo XII tuviera repartidos entre la feligresía.

“De ser británico, llevaría unos tres blockbusters entre las diez películas más taquilleras de la historia de Hollywood”

Pero tampoco me malentiendan de nuevo. No se trata de desvestir a un santo para vestir a otro. No quiero que piensen que debemos obviar malas interpretaciones presentistas de los personajes históricos para ensalzar otras afines, muy dadas a fiestas de identidades y orgias épicas. Ni calvo ni tres pelucas.

La historia es hoy tres cosas: identidad, conocimiento y cultura -y por tanto economía-. De forma pública estamos obligados a tratarla con pulsión, en su complejidad, con rigor pero con accesibilidad.

Con lealtad y con altruismo discursivo. Y para ello debemos tener mucho cuidado con la posmodernidad, pues creíamos que iba a democratizar el conocimiento, pero en realidad lo que ha democratizado -y por tanto relativizado- ha sido la verdad; solo dense una vuelta por la redes sociales.


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Por tanto, hayamos cuidado y no nos pase lo mismo con la historia: rica, intrincada, augusta, esclarecida. Que siga sirviendo de tanta actualidad como, por ejemplo, para explicar -con disculpa de Weber- por qué la ética mediterránea ante el coronavirus ha sido una, y la de anglosajones y germanos, otra -sin frisar terreno escabroso como el de los eurobonos-. 

Y que deje de servir únicamente para llenar algún rincón esporádico en los medios, como este. O, por lo menos, que si lo sigue haciendo no sea a través de titulares facilones que nos idioticen, sino que tengan el valor de tratarnos como seres culturales, reflexivos y profundos.

*Darío Español Solana es Profesor de la Universidad de Zaragoza y emprendedor cultural www.hplab.es

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