Martes, 04 de Agosto de 2020

Cuando sonó el teléfono a las cuatro de la tarde de aquel martes, ninguno sospechábamos que la vida nunca volvería a ser igual para ninguno de nosotros.

Antonio nos llamó porque su mujer llevaba varios días con fiebre, tos y dolores musculares, pero la veía muy apagada y le costaba respirar. Aún no habíamos atendido ningún paciente COVID-19 en nuestro centro y no estábamos preparados ni teníamos material para atenderles. Todo eso tardaría aún bastantes días en llegar.


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Teníamos una especie de batas verdes que nos habían donado desde el Colegio de Médicos, unas mascarillas y unas gafas protectoras para bricolaje y bolsas de basura. Poco más. Nos ataviamos como pudimos, mitad astronautas mitad Barragán, para atender a la mujer de Antonio.

Apenas nos podíamos mover por esos trajes improvisados, no podíamos ver nada a través del par de gafas empañadas, nos costaba respirar con esas mascarillas y no sabíamos qué tocábamos a través de esos dos pares de guantes.

Cuando la mujer de Antonio estaba en la ambulancia nos percatamos de algo que hasta entonces no habíamos visto. Antonio llamó para que atendiéramos a su mujer, pero él se estaba muriendo en la habitación de al lado. Hicimos lo que pudimos con nuestros medios y nuestros escasos equipos de protección que nos trataban sin piedad, favoreciendo al virus como un árbitro casero.

Antonio fallecería dos días más tarde, aislado en una cama de una UCI, sin poder despedirse de su mujer ni su familia. No pudo ser enterrado ni velado. Sus cenizas serían entregadas a su viuda cuando ella salió del hospital en una fría caja esterilizada. La llamada a Urgencias fue su último acto de amor hacia su mujer. Dio, literalmente, su vida por ella.

“La llamada a Urgencias fue su último acto de amor hacia su mujer. Dio, literalmente, su vida por ella”

Casi dos meses después, continuamos con muy escasos medios. Seguimos con la mayor parte del equipo donado. Muy poco material nos ha llegado desde la Consejería de Sanidad. Ya sabrán todo lo que ha pasado.

Sin embargo, los sanitarios tenemos una enorme duda entre nosotros que nos pesa como una losa sobre nuestras conciencias. De los 5300 aragoneses contagiados por el SARS-COV2, casi 900 somos sanitarios.

¿Cuántos de estos pacientes se han contagiado por haber sido atendidos por personal sanitario con equipos de protección deficientes e improvisados porque no se nos ha proporcionado equipos de protección? ¿Hubiéramos aplanado realmente la curva si la Consejería de Sanidad nos hubiera dado EPIs adecuados, si hubiéramos ido como astronautas y no como el Sr. Barragán?

El viernes, la Consejera de Sanidad del Gobierno de Aragón dijo que “se nos permitió” usar este material porque nos servía de “estímulo” para suplir las deficiencias que estaban teniendo para repartir el material.

No era la primera vez que la Consejera demostraba que tenía la misma empatía que una ameba. No se acuerda de José Luis, el médico zaragozano que falleció por COVID, ni de los otros más de ochocientos sanitarios contagiados.

“No era la primera vez que la Consejera demostraba que tenía la misma empatía que una ameba”

La consejera debería aprender de Margarita Robles, de Verónica Casado, de Javier Marión, de aquellos con responsabilidad pública que han demostrado que antes que políticos, son personas.


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Nosotros sí que nos acordamos. Yo no podré olvidar la cara de Antonio, ni su enorme gesto hacia su esposa, cuyas secuelas psicológicas le durarán probablemente toda la vida, ni me olvido de José Luis, de Rogelio ni de tantos otros que han sufrido en sus carnes el hambre voraz de este virus, cumpliendo su labor en unas condiciones deplorables, vestidos mitad astronautas, mitad Barragán.

El aplauso de las ocho de la tarde es un gesto generoso que agradecemos profundamente y que os devolvemos siempre que podemos porque estamos todos juntos en esto. Nosotros seguiremos estando a pesar de las injustas declaraciones de alguien que no sabe que a veces sería mejor guardar silencio, aunque solo sea por respeto y que debería equiparnos como astronautas, no como Barragán.

*Ignacio González Lillo es médico de familia.

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