Martes, 13 de Abril de 2021

Pocas explicaciones razonables hay sobre la situación que vive España. En las últimas semanas Madrid, Baleares o Canarias han estado en el ojo del huracán al convertirse en el destino al que huyen los franceses para irse de juerga, los alemanes para buscar algún rayo de sol o incluso otros europeos para adelantar sus vacaciones con el fin de hacer turismo.


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Y tú, que llevas sin salir de la comunidad ya vivas en Zaragoza, Monzón o Calamocha -por poner algunos ejemplos- no puedes moverte libremente por tu país para ir a visitar a un familiar, ir a tu segunda residencia con tus convivientes o -¿por qué no?- irte tu solito a ver la playa mientras te tomas una caña. ¿Alguien lo entiende? No, nadie lo entiende. Y me atrevo a decir que ni Fernando Simón. Por no decir que en Aragón ni siquiera los no convivientes se pueden reunir en un domicilio: ni quedar con tu hermana y tus sobrinos o no poder quedar con tu pareja. 

Lo que estamos viendo estos días en cada informativo -o en este mismo periódico- son las prohibiciones de movilidad día sí día también como nuestra normalidad desde hace un año. Y al mismo tiempo comprobamos cómo las reuniones o fiestas ilegales están siendo el pan de cada día. Aún hay más: que las fiestas ilegales de jóvenes no sólo es para montarla bien gorda sino que encima los organizadores ganan pasta. Business is business, que dirían.

España se ha convertido en una especie de lugar sin ley para los que buscan una escapatoria ante las duras restricciones en su país de origen contra el coronavirus: en Madrid encuentran libertad, la hostelería abierta y la posibilidad de ir de fiesta aunque parezca increíble.

O en Zaragoza ya se concentran fiestas ilegales no sólo en un piso, sino en todo un bloque de viviendas que se alquilan para organizar más de una o de cuatro fiestas. ¿Y las multas? Pues sin noticias. La Policía Nacional propone para sanción pero esas multas tardan en llegar meses. Y más meses. Si es que llegan.


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