Lunes, 21 de Septiembre de 2020

“¿Cuál es la energía que mueve el mundo?”, me preguntaron una vez. “El deseo”, corrigió mi interlocutor, divertido ante mi naif respuesta. Los años me han hecho dar la razón a quien en su día consideré un cínico, pues el deseo de saber, de prosperar, de libertad, de poder, de controlar, de cambiar el mundo y también, como no, el deseo sexual, son los principales motores de las acciones humanas.


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Tomo prestado el título que Luís Cernuda dio a la antología de sus poemas, publicada por primera vez en 1936 y a la que siguió incorporando versos hasta 1962, porque “la realidad y el deseo” se ha convertido en unos de mis mantras para nombrar el conflicto permanente entre la realidad y el relato de la misma, o como dicen los marketinianos cargantes, el ‘storytelling’.

La distopía en la que vivimos los españoles desde el pasado 14 de marzo nos ofrece diariamente abundantes ejemplos en los medios de comunicación de esa pugna constante entre deseo y realidad, de la que suelen salir mal parados dirigentes y aspirantes a dirigentes de todos los colores de nuestro espectro político, pero pocas tan elocuentes, como la entrevista realizada a nuestra Ministra de Exteriores en la BBC el pasado 12 de abril donde explicaba que la estrategia española para controlar al maldito bicho se basaba en tres ejes: uso intensivo de mascarillas y geles desinfectantes, tests masivos  a la población y uso de la tecnología para monitorizar a los contagiados.

Probablemente la Sra. González Laya se vio a sí misma convertida por unos instantes en la Ministra de Exteriores de Corea del Sur o Taiwán, o teletransportada a “La tierra baldía”, de TS Eliot, “mixing memory and desire”. 

El deseo del Gobierno de incrementar las partidas de gasto en asistencia social se va a ver enfrentado a la realidad que ha señalado Bruselas, con una previsión de recesión para España del 9,4% del PIB y un déficit público del 10,1%, el segundo más alto de la UE, lo que unido a un aumento del desempleo hasta el 20%, va a disminuir la recaudación contributiva, tanto directa como indirecta; en estas condiciones, el “rescate” en forma de préstamo por 24.000 millones de euros a coste casi cero que ofrece Bruselas para financiar gasto sanitario, va a suponer una losa durante los próximos diez años.

“El deseo del Gobierno de incrementar las partidas de gasto en asistencia social se va a ver enfrentado a la realidad que ha señalado Bruselas”

El Gobierno sigue empeñado en obtener de Bruselas un fondo de reconstrucción de 1,5 billones de euros que funcione a base de subvenciones y no de créditos, algo que choca con la realidad de nuestros socios del Norte, que no parecen dispuestos a pagar las subvenciones a nuestros ciudadanos.

Mientras tanto, Juan Roig acaba de anunciar que reinvierte 70 millones de euros de su sueldo y dividendo de 2019 para reactivar la economía española. Entre Inditex y la Fundación Amancio Ortega han donado ya más de 80 millones de euros para la lucha contra el COVID-19, además de poner la capacidad logística del imperio Inditex al servicio del Gobierno español, para traer material sanitario de Asia.

Para Podemos, eso es caridad de millonarios. Claro que sí, guapi, lo que debe hacer un buen millonario es gastarse su dinero en joyones, operaciones de estética, yates de tropecientos metros de eslora, casoplones con catorce cuartos de baño y “morenas colgantes”, según la definición de Billy Wilder en “Testigo de Cargo”.

Sin embargo, si el millonario decide devolver a la sociedad parte de lo que ha recibido de ella, apoyando su sistema de salud pública y la recuperación de su economía, esa filantropía se considera intrusismo intolerable en democracia, especialmente cuando ni el Congreso ni el Senado han considerado oportuno eliminar las dietas de diputados y senadores, que superan el millón de euros mensuales, durante este tiempo en que la mayoría de ellos permanece confinada en su domicilio.


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Algo que sí ha hecho el gobierno neozelandés, que ha decidido rebajar un 20% el salario de miembros del Gobierno y altos cargos durante seis meses, a sabiendas de que esa medida no va a arreglar las cuentas del país, pero constituye un gesto de respeto hacia aquellos compatriotas que han perdido el trabajo o visto significativamente reducido sus ingresos.

En una realidad paralela, la española, la Ministra Portavoz y de Hacienda tachaba de discurso populista el clamor social para que los políticos se bajen el sueldo durante la crisis.

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