Lunes, 02 de Agosto de 2021

La última hora es siempre mucho más atractiva y estimulante que los análisis en profundidad. Desde luego llena más portadas, abre más telediarios y atrae en definitiva el foco mediático mucho más que los análisis tranquilos que acuden al origen de los problemas.

Esta semana ha sido Ceuta, pero otras veces es Melilla, o en alguna ocasión las dos ciudades autónomas a la vez las que copan las noticias. En la gran mayoría de los casos por saltos masivos de la valla que las separa de Marruecos, otras por salidas de tono de gobernantes marroquíes respecto a la soberanía e incluso en algún otro momento, se habla de Ceuta y Melilla porque les ha tocado un cruce en Copa del Rey contra “un grande”.

Todas estas noticias, especialmente las primeras, son circunstanciales, atraen el foco unos días pero luego se pasa página hasta el siguiente salto masivo. Es en este punto donde conviene parar y como quien contempla un cuadro en un museo, evitando perderse en detalles, hay que dar unos pasos hacia atrás y contemplar el cuadro entero sin distracciones puntuales. Esto es lo que nos pasa a los españoles en general con Marruecos y su obsesión con Ceuta y Melilla, nos fijamos en cuestiones concretas como son saltos masivos, concertinas, devoluciones en caliente y los Centros de Internamiento de Inmigrantes (los famosos CIEs), y nos olvidamos de lo que pasa al otro lado, en los montes que rodean los territorios españoles en el norte de África, igual que nos olvidamos –o tal vez no reconocemos– de lo que se comenta y se elucubra en Rabat, al calor de los designios del régimen de Mohamed VI.

Contemplar un cuadro o una obra de arte requiere un punto de reflexión y análisis y más si pretendemos hacerlo en su conjunto, lo mismo pasa en el caso de Marruecos y su relación con Ceuta y Melilla, hay que ver más allá y reflexionar.

Es cierto, que hay una crisis migratoria y humana que se ha expresado con mayor intensidad en unas pocas horas, por una serie de motivos que ahora mencionaremos, sin embargo, lamentablemente no es algo nuevo. La historia de las migraciones es la historia de la humanidad, allá donde ha habido escasez y condiciones de vida duras ha habido migraciones hacia lugares con mejores oportunidades de subsistencia. Ha habido saltos a la valla de Ceuta y Melilla desde que existen estas vallas instaladas en los años 90. Sólo hay que ver los datos del origen de las personas que arriesgan sus vidas para llegar a España (malienses, senegaleses, cameruneses y marroquíes), en su mayoría jóvenes que huyen de la guerra, la pobreza o de estados incapaces de proveerles de una vida próspera.

No toca aquí analizar los motivos y los peligros que asumen estas personas, pero sí que toca señalar que hay a lo largo de su camino numerosos actores que se aprovechan de su necesidad, en su mayoría bandas de traficantes y contrabandistas. Sin embargo –y aquí viene la excepción–, en el caso de la crisis de Ceuta, es el propio Marruecos con el aparato gubernamental que rodea al rey Mohamed VI quien ha orquestado y ha desatado una crisis migratoria de manera premeditada, algo muy grave.

Esto no es ningún secreto, Marruecos hace tiempo que ha fallado a sus ciudadanos como Estado capaz de proveer de un futuro próspero a su juventud, a la que junto con las otras nacionalidades de migrantes que tratan de llegar a Europa, los ha utilizado como arma arrojadiza contra España lanzándolos y empujándolos literalmente al mar.

Tratemos de no perdernos en los detalles, es cierto que el detonante de todo esto ha podido ser la decisión de España de acoger por razones humanitarias y sanitarias a Brahim Ghali, un mandatario de un país africano como es la República Árabe Saharaui Democrática (reconocido por 82 estados). Bien, hasta aquí algo normal y aceptable, sin embargo Ghali es el enemigo número uno de Marruecos y el hecho de que no se le notificara a Rabat que éste iba a recibir asistencia sanitaria en España desató un profundo descontento y malestar en la capital del reino alauita.

Llegados a este punto, hay que reconocer que las políticas de buena vecindad que se presuponen con Marruecos y que se sustentan en cuestiones fundamentales para ambos como seguridad, migraciones y asuntos económicos, invitan a pensar que habría sido conveniente hacerle saber a Marruecos esta decisión. Pero nada más, ni si quiera someterla a su aprobación porque, en definitiva, España como estado soberano toma decisiones soberanas. Frente a esto, Marruecos hace tiempo que busca determinar e influir en las decisiones políticas españolas a golpe de crisis (“Marcha Verde” en 1975 o Perejil en 2002). En este caso y con el pretexto del acogimiento de Ghali en España, Marruecos ha abierto literalmente las puertas de la valla y con falsas promesas de que la frontera estaba abierta ha lanzado a miles de personas contra las rocas en el mar.

En cualquier caso, los sucesos que hemos vivido esta semana (la mayor crisis migratoria vivida en Ceuta, una ciudad de 84.000 habitantes que ha visto aumentar su población en unas horas en un 10%, algo inasumible) supone un paso más, una vuelta de tuerca más en las tirantes relaciones de Marruecos con España. Rabat, espoleada por el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental (una de las últimas decisiones de Donald Trump como presidente) en diciembre de 2020, así como por la ruptura del alto el fuego con el Frente Polisario, vigente desde 1991, ha visto como una provocación de España que se atendiera en un hospital de Logroño a Ghali.

Rabat esgrime que el saharaui está “buscado por crímenes de guerra graves y atentados contra los Derechos Humanos”. No deja de ser algo hipócrita que Marruecos hable de derechos humanos cuando juega con la necesidad de sus jóvenes y de los migrantes subsaharianos como peones de ajedrez según le convenga. Por simplificar esta situación, podríamos apuntar que Marruecos está jugando las mismas cartas de presión que juega Turquía contra la Unión Europea en las costas del Egeo manejando a los inmigrantes y utilizándolos como moneda de cambio, en el caso turco a cambio de millonarios fondos europeos.

En el caso de Marruecos, como apuntábamos antes el objetivo principal es aprovechar y dar continuidad al momento de reconocimiento marroquí sobre el Sáhara Occidental que abrió Estados Unidos en 2020. Pero España no puede caer en ese error y mucho menos bajo coacciones como la vivida esta semana. Para Marruecos la cuestión del Sáhara Occidental es un tema interno muy sensible y una pieza clave de su política exterior, pero España no puede y no debería reconocer ningún tipo de soberanía sobre el territorio que no pasara por la solución pactada en la que el pueblo saharaui pueda decidir si quiere o no ser marroquí. Con los resultados del referéndum en la mano, España podrá tomar una postura clara y firme respecto a este tema.

Respecto a lo vivido esta semana, esta acción a la que ya se ha llamadoMarcha Azul” (en referencia y continuación a la afamada “Marcha Verde” de 1975 en la que Marruecos ya utilizó a población civil para marchar contra territorio español del Sahara Occidental) ha puesto una vez más de manifiesto que tiene una agenda respecto a España y que, si bien es un socio en el que tenemos que confiar por dependencia en la gestión migratoria y la cooperación en seguridad en la lucha contra el terrorismo yihadista, desde luego no es el mejor de los socios.

En definitiva, más allá de la crisis migratoria desatada desde Rabat, los problemas y los retos de fondo persisten y si no atendemos a ellos, cerraremos esta crisis pero volverá a estallar una en el futuro próximo y su alcance es difícil de calcular hoy. Por eso Marruecos y España están condenados a entenderse y a cooperar.

España ha actuado bien europeizando la crisis buscando el apoyo del resto de socios europeos y lo ha encontrado en su máximo nivel con el reconocimiento de que Ceuta es España y que es frontera de Europa. Un claro aviso a Rabat de que hay líneas rojas que no se deben cruzar y que con acciones como las del lunes se estaban sobrepasando con creces. Pero una vez marcadas las líneas rojas y viéndose que España no está sola, Madrid y Rabat deben retomar la cooperación y el diálogo, pese a todo. Reafirmar la españolidad de Ceuta, Melilla y Canarias es algo obvio pero que conviene recordarle a Mohamed VI de vez en cuando. Fijadas las posiciones toca volver a trabajar juntos y evitar que estas crisis –ya casi periódicas– se repitan porque España y Marruecos dependen en gran medida el uno del otro en temas ya mencionados como el control migratorio, la lucha contra el terrorismo yihadista, la pesca, el comercio de Ceuta y Melilla con Marruecos.

España y Marruecos, sea como sea, están condenados a entenderse y cooperar mutuamente por el bien de ambos, por eso jugar a desatar crisis periódicas no ayuda en absoluto a esa estabilidad tan ansiada a ambos lados del estrecho.

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