Sabado, 19 de Octubre de 2019

Si alguno de ustedes se pregunta por qué se van nuestros jóvenes médicos, si alguien no entiende por qué faltan facultativos, les voy a contar una historia que quizás se lo aclare.

Hace unos días, yendo a trabajar a mi centro de salud, recibí un mensaje de la Organización Médica Colegial con una oferta de trabajo como médico en Francia: 150.000€ por trabajar en un pueblo a una hora de París, con una jornada similar a la de aquí, con contrato indefinido desde el primer día, facilidades para encontrar alojamiento o escolarizar a mis hijos y además algunas ventajas fiscales durante años.


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Demasiado sabroso para ser verdad pensé. Suponía tres veces lo que cobro aquí con unas condiciones laborales cuya comparación con las españolas, simplemente, ofenden. Decidí indagar un poco más.

Así descubrí, no solamente que la oferta era correcta sino que casi 23.000 médicos españoles habían solicitado el certificado de idoneidad para marcharse a trabajar en el extranjero en los últimos años, cerca de  3000 en 2018, de los que más de 40 eran aragoneses, yo entre ellos.

Es fácil entenderlo. Un médico español de treinta y pocos años habrá entrado en su Facultad con una nota de selectividad altísima, sabrá al menos dos idiomas o quizás tres, habrá estado en el mejor de los casos uno o dos años preparando el examen MIR.

Tras realizar la especialidad durante al menos cuatro años en los que habrá seguido estudiando e investigando, quizás tras doctorarse, podría estar dando sus primeras clases en la universidad con un conocimiento científico-técnico de primer nivel.

Diez años renunciado a muchas cosas: a momentos de ocio, juergas con los amigos, eventos familiares y todo ello por ejercer una profesión puramente vocacional.


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El premio que le ofrece este país a semejante sacrificio es un paupérrimo contrato de sustitución, baja maternal, guardia de un día o tal vez un contrato por horas.

Esta ha sido la política de todos los gobiernos españoles en los últimos 40 años, incluido el aragonés desde que tiene las competencias. Gobernantes que elogian la sanidad mientras maltratan a los profesionales de la misma. Contratos deficientes para profesionales sobresalientes.

La crisis sirvió de excusa perfecta para abaratar salarios, reducir plantillas, ofrecer contratos miserables o despedir y jubilar anticipadamente a numerosos profesionales imprescindibles sin posibilidad de renovación.

No es de extrañar, por tanto, que nuestros jóvenes médicos se vayan a Francia, Inglaterra, Suecia o incluso Portugal convertidos en destino predilecto de los que buscan una dignidad profesional que aquí se les ha negado sistemáticamente.

Y mientras esto sucede ¿qué han hecho nuestros ministros de Sanidad nacionales y consejeros autonómicos? ¿Han mejorado nuestras condiciones laborales? ¿Han mejorado nuestros contratos? ¿ Qué han hecho para que resulte atractivo quedarse en el sistema sanitario aragonés? La respuesta es fácil, nada.


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Cuando escuchen a un político de su Comunidad elogiar el sistema sanitario, cuando diga que tenemos la mejor sanidad del mundo mientras al mismo tiempo parece sentirse preocupado porque faltan médicos.

Cuando usted pida cita por una gripe y se la den para dentro de cinco días, cuando su madre tenga que esperar un año para que le vea el traumatólogo o se levante con la noticia de que los anestesistas aragoneses se han plantado.

Cuando eso ocurra, piense en la historia que le he contado, desgraciadamente es lo que viene ocurriendo sin que nadie haga nada por cambiarlo.

Tenemos un gran país y ha llegado el momento de tratar como se merecen a los que contribuyen día tras día a que lo sea.

*Ignacio González Lillo es médico de familia