Viernes, 01 de Julio de 2022

Es más que evidente que la ciudad de Zaragoza necesita un nuevo estadio municipal. La vetusta Romareda está destinada a una dorada jubilación y su imagen ya es insostenible. No es propio de la quinta ciudad de España ni de un municipio que busca inversión para estar en la agenda cultural del país tener así su principal infraestructura para grandes congregaciones. Porque un estadio municipal es mucho más que un campo de fútbol. Es el lugar de atracción de grandes eventos deportivos, sociales o culturales.

En ello está la ciudad de Zaragoza y, más concretamente, su clase política representada en los grupos municipales. Siguiendo una hoja de ruta pactada por todos los partidos políticos, lo primero que debe despejarse es la ubicación del futuro estadio. Ya sea en la actual Romareda o llevando el estadio municipal a ubicaciones como San José, Valdespartera o el Actur. Todos los grupos tienen sus preferencias y ya han explicado públicamente el por qué. Excepto el PSOE de Lola Ranera. Con argumentos poco convincentes y eludiendo el pacto político al que llegaron con el resto de grupos municipales, el PSOE no pretende dar una ubicación concreta.

La portavoz socialista Lola Ranera cree que primero debe explicar el Real Zaragoza cuál es su proyecto deportivo y qué espera hacer con La Romareda si el equipo logra el ascenso. Este planteamiento, completamente alejado de la realidad y de las demandas que llaman a la puerta, provoca un vacío de responsabilidad del primer partido de la oposición. No sólo hay que dar respuesta a una ‘nueva Romareda’ porque el actual estadio está en un estado deplorable, sino porque la ciudad quiere aspirar a ser subsede del Mundial de Fútbol que confía en albergar España con Portugal. O incluso llegar a ser uno de los lugares protagonistas de los JJOO de Invierno si se logra la candidatura.

Estas pretensiones no las digo yo. Sino que las ha defendido el propio presidente Javier Lambán, del mismo partido y jefe de filas de Lola Ranera. Sin embargo, el PSOE en la ciudad de Zaragoza cree que “no es el debate”. Y en estas dos candidaturas deportivas el tiempo apremia para tener un proyecto cerrado. A su vez, el PSOE incide en que la nueva propiedad del Real Zaragoza, que encabeza el empresario americano Jorge Mas, dé explicaciones sobre su proyecto deportivo. Esta postura es una excusa como cualquier otra. Todos los grupos políticos ya han aportado sus preferencias y justificado sus razones. ¿Por qué el PSOE elude pronunciarse sobre la ubicación? Lo paradójico es que Ranera pide luz y taquígrafos para conocer un proyecto deportivo y no es capaz de aportar con plena transparencia la ubicación elegida por el PSOE.

Quizá se le escape a Ranera que la ubicación siempre ha sido la primera decisión adoptada en los otros tres proyectos fallidos que se han planteado en los últimos veinte años. Esta vez no tiene que ser la excepción. Y ya después vendrá el debate del modelo de financiación en función de dónde se ubique el estadio. Porque sin saber el suelo definitivo no se conocerá todo el montante necesario para la ejecución urbanística. Y después, se deberá contar con más activos y protagonistas como el Gobierno de Aragón.

Mientras tanto, no se debe ver un proyecto de ciudad como la construcción de un nuevo estadio con las luces tan cortas. Hay que mirar al proyecto con perspectiva. Un estadio municipal en pleno siglo XXI es mucho más que un campo de fútbol. Es el lugar de atracción de grandes eventos deportivos, sociales o culturales. E incluso ciudadanos. Los estadios que se proyectan a día de hoy en medio mundo tienen tantos usos como imaginación. De una pista multideportiva para albergar un partido de la Copa Davis o una final de la Copa del Rey a ser el centro de atención de la gira musical de una estrella internacional. O, por qué no, ser parte del día a día del barrio con salas polivalentes. De todas formas, si algo queda claro es que nadie puede permitirse perder la oportunidad de lograr un nuevo estadio. Ni la ciudad puede esperar más, ni está dispuesta a perdonar otra oportunidad fallida.

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