Jueves, 21 de Noviembre de 2019

Se dice por ahí, y cada vez lo dice más gente, que las próximas elecciones generales son las más importantes desde la Transición. Y puede que sea verdad: nos jugamos la continuidad de España como nación, o al menos con el régimen que conocemos, frente a una España confederal previa a su fragmentación definitiva.

El destino natural de todas las conferaciones es romperse, como prueba la Historia. Baste una sola pregunta: imaginemos que la investidura de Sánchez dependiera del indulto a los independentistas catalanes si finalmente resultan condenados por rebelión, sedición, malversación o solo escándalo público.


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¿Alguien duda de que habría indulto? Cuando se le preguntó al todavía presidente del Gobierno por esa cuestión, eludió pronunciarse.

Otro ejemplo: en comunidades como Baleares, gobernadas por el PSOE, los libros de texto denigran la Nación y falsean la Historia, haciendo el juego al nacionalismo. Ellos, Baleares en este caso, serían los oprimidos -lo dicen textualmente-  y el resto de España seríamos los opresores.

¿Un partido socialdemócrata, realmente socialdemócrata, puede sostener semejante afirmación sin que se derrumben sus principios ideológicos?, ¿puede sostener esa afirmación en Teruel, Soria o Zamora sin morirse de vergüenza? ¿Es el mismo PSOE el balear y el castellano o el aragonés? ¿Lambán con cuál de ellos se alinea? ¿Y Sánchez?

El hundimiento demoscópico -de momento, solo demoscópico- de Podemos, está dando oxígeno al PSOE de Sánchez que ve notablemente incrementadas sus expectativas, mientras que la fragmentación de la derecha puede impedir la formación de un gobierno de centro derecha, liberal conservador.

La existencia de veintiocho provincias con cinco o menos escaños, deja sin opciones a uno o dos partidos, inutilizando los votos que reciban en ellas. No es la ley d’Hont la culpable sino el tamaño de las circunscripciones.

“El hundimiento demoscópico -de momento, solo demoscópico- de Podemos, está dando oxígeno al PSOE de Sánchez”

Tal como ocurrió en el 2008 cuando muchos -y no solo Pizarro- ya advertíamos del desastre que se avecinaba, Sánchez podría ganar, como ganó entonces Zapatero, con las consecuencias que conocemos y que todavía sufrimos.

Me causa auténtico pavor que pudiera repetirse la experiencia de aquella segunda y catastrófica legislatura de Zapatero, que no dudo que ahora sería agravada.


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Pero si las elecciones generales serán el 28 de abril, menos de un mes más tarde, el 26 de mayo, tendremos las europeas, autonómicas y municipales, y allí sí pueden repetirse los resultados de Andalucía, ampliados incluso.

Así debería ser. En estas segundas elecciones de mayo no hay escasez de escaños y la circunscripción única de las europeas refleja con mayor fidelidad el perfil ideológico del conjunto del electorado español. Sus resultados estarán seguramente lastrados o mediatizados por las generales del mes anterior, pero permitirán corregir a nivel regional y municipal los resultados de las generales.

¿Será posible entonces que se mantengan los desastrosos gobiernos podemitas de muchas grandes capitales españolas? ¿Dejaremos que los cuberos de turno sigan gobernando nuestras ciudades? ¿Devolveremos el poder a un PSOE que se alía con quienes quieren romper España, podemitas y proetarras?

El escenario poselectoral puede ser endiablado, con un PSOE encabezando un gobierno de “¿progreso?” a nivel nacional y, sin embargo, barrido territorialmente de las autonomías y municipios; un escenario tensionado, inestable y dificilísimo de gestionar, nada tranquilizador, pero en cualquier caso mejor que con un PSOE hegemónico en todas las instituciones. Hay muchos motivos de preocupación.



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