Jueves, 15 de Noviembre de 2018

Tiene la película Cabaret (1972), dirigida por Bob Fosse y protagonizada por Liza Minelli, una de las escenas más sobrecogedoras de la historia del cine.

Comienza con el primer plano del rostro de un joven de rasgos completamente arios que comienza suavemente a entonar una canción llamada Tomorrow belongs to me (El mañana me pertenece).

Poco a poco, cuando el plano se abre, descubrimos que el jovencito es en realidad un miembro de las juventudes hitlerianas y cómo, poco a poco, gentes de lo más diverso, con aspecto algunos, de obreros y de burgueses otros, secundan el canto que pasa de una suave melodía a un encendido himno que culmina con el saludo nazi.

Al final de la escena, el personaje interpretado por Michael York, británico, pregunta a su compañero, alemán, “¿sigues pensando que Alemania los parará?”.

El alemán, hasta entonces convencido de que sí, apenas se encoge de hombros.


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Esta escena me la han recordado, en buena medida, algunas de las reacciones surgidas a partir de la investidura de Quim Torra como ‘president’ de la Generalitat.

“¿Sigues pensando que Alemania los parará?”

Reacciones sobre todo desde una parte de la izquierda española y catalana que, como decía en un tuit el cómico Quequé, han provocado un estruendo de caídas del guindo.

Y es que seguramente porque parte de esa izquierda ha vivido en el error absurdo de confundir a España con Rajoy (cuando no con alguien peor).

Los niveles de condescendencia de esa izquierda, situada en los entornos de Podemos y Colaus con el independentismo, ha rozado el ridículo.

Porque, no nos engañemos, Torra era simplemente el siguiente paso en la evolución de un movimiento, que como todo movimiento nacionalista y separatista, encierra en su esencia, el supremacismo, el etnicismo y la xenofobia que Torra, desprovisto seguramente de la inteligencia de alguno de sus predecesores para esconder sus verdaderas opiniones, las ha expuesto sin pudor en decenas de artículos, tuits y declaraciones.


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“Quim Torra encierra en su esencia el supremacismo, el etnicismo y la xenofobia”

Si el espanto que nos debe producir que un admirador confeso de una organización fascista ocupe la presidencia de una institución como la Generalitat ha servido para quienes coqueteaban y frivolizaban con un movimiento rupturista que, en el fondo, siempre partió de la idea de que yéndose y despojándose de la España menos desarrollada les iría mejor, se den cuenta del error, tal vez debamos dar por bien empleada la presidencia de Torra.

Pero si somos honestos, tal vez no podamos hacer más que encogernos de hombros a la pregunta de si Cataluña los parará y empezar a pensar cómo les paramos el resto.