Miércoles, 06 de Julio de 2022

*Nota del editor: Este perfil se realizó en una comida informal con el científico zaragozano Alberto Jiménez Schuhmacher, y parte del equipo de HOY ARAGÓN, en el restaurante BuleBar Zentro, dentro de una línea de artículos con personajes de la sociedad para poner en valor a la hostelería con el apoyo de AJ CASH tras un fatídico año por la pandemia

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Este joven científico zaragozano cuyo apellido es difícil de pronunciar y aún más de escribir -y ya no digamos de deletrear- no cesa en su lucha por acorralar al cáncer. Es su misión diaria desde su laboratorio del CIBA (Centro de Investigación Biomédica de Aragón) tras un largo periplo como expatriado compaginando contratos de mileurista y becas de colaboración. En plena pandemia del COVID19 no ha dejado de estar al día de las evoluciones de la ciencia. Y también de sufrir por sus contradicciones o por sus errores. “Me levantó antes que el reloj”, cuenta al inicio de esta charla haciendo mención a la conversación publicada por este diario con el alcalde de Zaragoza donde reconoció que a las 6:50 ya está al pie del cañon.

Este zaragozano cuenta que nació con la vocación de científico cuando ya con cinco años hacia “inventillos” con lo que se encontraba en casa. “No dejaba de montar coches eléctricos”, recuerda. Pero no todo era explotar sus cualidades científicas desde bien pequeño. Esta dedicación temprana la compaginaba con estar horas pegado al televisor viendo el Equipo A y fascinarse con MacGyver. Eso sí, si hay algo que le marcó como persona fue su experiencia escolar en el céntrico colegio Corazonistas. “Es ahí donde aprendes el sentimiento de grupo y luego cada cual con su sentimiento religioso. Pero el colegio marca, y mucho”, explica.

Su temprana vocación por la ciencia no ha menguado a pesar de los sinsabores de una profesión maltratada en España. La vida profesional de Alberto Jiménez Schuhmacher hasta ahora es el fiel reflejo de cualquier científico español. De mileurista con una beca al salir de la carrera o tras el doctorado a conseguir una beca de colaboración donde en el laboratorio no había de casi nada. Por su inquietud profesional -y por la falta de oportunidades- tuvo que emigrar: de Suiza a Nueva York. Y fue ahí donde se dio cuenta del contraste científico de otros países respecto a España. En Suiza abría las neveras y veía reactivos que costaban miles de euros y en España tenía que picar el hielo con una maquina de Oscar Mayer“, relata.

De los 23 a los 32 años afrontó un agotador camino laboral que terminó en el año 2013 al recalar en Madrid para trabajar junto al científico Mariano Barbacid. Ya en el año 2017 surge la oportunidad de su vida por volver a su ciudad y dedicarse a investigar en el CIBA. “Nunca pensé en volver porque era imposible soñar con ello”. Y aún sabiendo que goza de la suerte del que con esfuerzo y sacrificio se consigue lo que te propongas, sabe que en España la ciencia es una carrera poco gratificante. “La carrera científica es una mierda porque vas de contrato en contrato“, sentencia.

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Eso sí: La ciencia es evolución. Y a pesar de la rapidez con la que se mueve el mundo, e incluso su hija -explica- le pregunta para qué sirven las cabinas o cuándo nota la distancia abismal entre generaciones con aquellos que realizan la tesis en su laboratorio, el mayor reto científico de nuestra generación se ha resuelto en tiempo récord. Es el caso del COVID19: una pandemia inesperada que en pocos meses cambió nuestro día a día para encerrarnos en casa y que gracias a la respuesta rápida y eficaz de la ciencia nos ha devuelto la ilusión por recuperar la normalidad con la vacunación.

Un medidor de la calidad del aire / Xoel Burgués para HOY ARAGÓN

Y bien es cierto, a su vez, que la respuesta de la ciencia para encontrar soluciones no ha dejado de estar exenta de equivocaciones. El criterio de la OMS de que no era necesaria la mascarilla, las dudas sobre el origen del virus surgido en Wuhan o cómo se transmite el COVID19… Eso sí, Alberto Jiménez Schuhmacher tiene claro que hay comportamientos tras la pandemia que quedarán en nuestras vidas para siempre. “Los contagios son por los aerosoles y no le hemos prestado la atención que merecen. Debemos de vigilar la calidad del aire en espacios cerrados constantemente. Y esto es un concepto que nos va a quedar para siempre y será un cambio de paradigma. En sitios cerrados deberemos medir la calidad del aire. Da igual que sea un establecimiento hostelero o en nuestra propia casa”, cuenta.

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