Martes, 07 de Julio de 2020

Pese a la gravísima crisis sanitaria, económica y humana a nivel global asociada a la enfermedad emergente y epizoótica del COVID19; el mundillo animalista, se vuelve a retratar como ejemplo del integrismo radical del siglo XXI.

En general, el sector agroalimentario y el mundo rural está sufriendo un duro golpe como la mayoría de los sectores económicos o demográficos, pero si cabe resulta aquí más acentuado por su situación previa de vulnerabilidad y despoblación.


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El credo animalista antepone los ‘derechos animales’ a los del propio ser humano, el ecosistema, la biodiversidad o la ciencia… (se entrecomilla la expresión ‘derechos de los animales’ pues grandes eruditos en legislación y ética niegan esta vinculación filosófico jurídica; y plantean el paradigma asociado a la inexistencia de las obligaciones de los animales como seres no racionales, por tanto, también los de sus hipotéticos derechos).

Algunos ejemplos prácticos de sus doctrinas son: prohibición de todo tipo de producciones ganaderas (cárnicas, lácteas, de ovoproductos, textiles, de lidia o cinegéticas…), calificación como maltrato el aprovechamiento de los équidos para la doma o la monta o los perros para la caza, e incluso la obligación adaptativa a dietas veganas de animales estricta y ancestralmente carnívoros como los cánidos o felinos domésticos, etc.

Podemos recordar, en 2015, las grandes movilizaciones sociales acaecidas tras el sacrificio preventivo realizado por las autoridades competentes conforme a las recomendaciones la Organización Colegial Veterinaria Española, del perro Excálibur por la enfermedad del virus ébola (más letal en humanos y otros animales que el actual coronavirus, y por suerte menos difusible).

“El credo animalista antepone los ‘derechos animales’ a los del propio ser humano, una expresión que eruditos en legislación y ética niegan”

Por desgracia, no nos debemos remontar tanto en el tiempo; para visualizar los gravísimos riesgos zoonóticos para la sanidad animal, la salud pública y la ecología por la imposición de las tesis animalistas en santuarios de animales que se niegan al sacrificio obligatorio de bovinos afectados de tuberculosis.

La expresión “muerto el perro, se acabó la rabia”; es tan impactante como veraz y necesaria para la prevención, lucha, control y erradicación de muchas enfermedades de origen animal que afectan a los seres humanos.

El colectivo profesional veterinario lo tenemos muy claro como facultativos sanitarios garantes de la salud de la población animal, humana y ecosistémica conforme al concepto ‘OneHealth’; estas acciones legalmente obligatorias (campañas de saneamiento ganadero…) se realizan con las máximas garantías normativas y deontológicas para minimizar el sufrimiento de los animales diagnosticados.

Desafortunadamente y con el gravísimo riesgo que conlleva, algunos estamentos del gobierno nacional como la reciente Dirección General de los Derechos de los Animales, cuestiona estas acciones indispensables en el ámbito de la sanidad animal y la salud pública promulgadas por los altos funcionarios especialistas en la materia del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

Haciendo mía la expresión popular, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, los animalistos en tiempos de pandemia no cesan en su ataque frente a sectores productivos singulares y vulnerables del medio rural como el taurino, el peletero o el cinegético.

La raza bovina de lidia; como bien indica la etnología, su producción principal son los espectáculos o festejos taurinos (actualmente totalmente prohibidos por las restricciones sanitarias frente a COVID19).

La producción cárnica pese a los esfuerzos de este sector ganadero en potenciar una marca de calidad diferenciada, etc… no es rentable económicamente.

El motivo no es otro que los terneros de razas cárnicas tardan 9 meses en alcanzar el peso óptimo para carnalización mientras que los de aptitud de lidia necesitan 5 años, manejos singulares por su bravo temperamento, y mucho más costes fijos para su desarrollo (alimentación, tratamientos veterinarios…), etc…

Así pues, el sector pecuario de reses de lidia y toda la economía del toroestrechamente vincula al medio rural (cultura, turismo, hostelería, profesionales del sector, etc…) se encuentra en una gravísima recesión y por tanto en riesgo de desaparición, por lo que las autoridades competentes deberían tomar cartas en el asunto, como se está realizando con otros sectores severamente afectados.


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Esta situación, excita a los falsos defensores de los animales pues prefieren el fin de la tauromaquia a toda costa, antes que la resilencia de una especie ancestral y única en el mundo, viéndose aquí el ejemplo de que el animalismo se torna en especismo según su interés antropomorfista, sectario y económico.

Otro ejemplo reciente son las granjas de animales de peletería; producción minoritaria y en clara recesión por las nuevas tendencias en moda “eco”.

Si el mercado lo obliga se cerrarán como cualquier otra actividad mercantil, con la singularidad de que se pierde otra herramienta de creación de puestos de trabajo y que fija población en el medio rural. Todo ello pese a la inversión previa para cumplir con todas las obligaciones legales sanitarias y de bienestar animal.

Esto es parte del flujo económico, pero lo que no se puede aceptar es que la secta animalista trate de desprestigiar esta actividad lícita por motivos sanitarios para conseguir sus objetivos marcados a largo plazo de forma inmediata.

Es curioso como el animalismo aplica el doble rasero según sus intereses (muchos de ellos monetarios, no lo olvidemos).

“No se puede aceptar que la secta animalista trate de desprestigiar esta actividad lícita por motivos sanitarios para conseguir sus objetivos”

Los animalistas han aprovechado la infección por COVID19 de los empleados de una granja de visones en La Puebla del Valverde en Teruel para solicitar el cierre de esta producción ganadera peletera por motivos sanitarios (cuando se ha demostrado por las autoridades competentes que el origen de la infección es humano y no animal).

Pero por supuesto, no se han hecho eco de la actual recomendación de la Organización Colegial Veterinaria Española sobre el riego de transmisión del COVID19 entre gatos de colonias felinas (con mínimos controles sanitarios salvo el de algunos individuos puntualmente esterilizados, pero que reciben importantes líneas de subvenciones públicas para su mantenimiento por las Asociaciones de protección y defensa de los animales…). 

Este riesgo existe también entre los domésticos, recomendando como precaución el evitar la salida de estos últimos (clarificando sobre esta recomendación que no existe alarma, sino en aplicación del principio de precaución, pues no se ha demostrado la transmisión del felino al ser humano).

Por último, es digno de análisis la histeria y el odio generado en el mundillo animalista por la autorización de la caza como actividad esencial especialmente para el control de sobreabundancias de algunos grandes ungulados silvestres y el conejo (en prevención de daños o perjuicios sobre cultivos agrarios, sanidad animal, accidentes de tráfico, infraestructuras, seguridad ciudadana, equilibrio ecosistémico, etc…).

Frente al aval científico y social (con más de 60 organizaciones nacionales multidisciplinares del mundo rural) de la necesidad de la actividad cinegética en la regulación y gestión ambiental.

Plataformas minoritarias radicales han promovido campañas en las redes con bulos y fake news contaminantes para manipular la conciencia social y tratar de crear una distorsión sociopolítica inculpando a los cazadores como causantes de las sobrepoblaciones de especies cinegéticas.

Lo verdaderamente lamentable es que altos cargos públicos como los diputados integrantes de la Asociación Parlamentaria de los Derechos de los Animales -APDDA, se hagan eco y refrenden este tipo de desinformaciones carentes de cualquier rigor técnico o científico.

Es necesario perseverar en la rotunda falsedad e hipocresía de acusar a la caza como causante de la sobreabundancia de especies cinegéticas.


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Así se ha argumentado desde la Real Federación Española de Caza en el reciente informe veterinario “Las falacias animalistas sobre las granjas cinegéticas, las poblaciones de especies silvestres y la caza”.

En este informe también se recoge que las granjas cinegéticas (siendo un 0.12% de la producción ganadera sin incluir la apicultura a nivel nacional) su mayoría son de especies que no generan ningún tipo de daño o perjuicio como la perdiz roja y permiten el refuerzo de poblaciones naturales con unos estrictos condicionantes legislativos sanitarios, genéticos y de monitorización poblacional previa.

“Plataformas minoritarias radicales han promovido campañas en las redes con bulos y fake news contaminantes para manipular la conciencia social”

Además generan una economía profesional alternativa que contribuye a los objetivos del reto demográfico en zonas vulnerables y desfavorecidas en base a la sostenibilidad económica, social y ambiental del medio rural.

En conclusión, desde el mundo rural y muy especialmente desde sectores nacionales estratégicos y vulnerables como el ganadero y el cinegético, apoyado por las autoridades legislativas y ejecutivas, y los medios de comunicación es necesario trabajar coordinados en divulgación y formación desde el rigor científicotécnico y la experiencia multidisciplinar (veterinaria, forestal, agronómica…), especialmente en el ámbito urbano.

Estas acciones son inexcusables para revertir el calado del fanatismo animalista radical, basado en la teoría del bulo y la demagogia con el objetivo de la distorsión sociopolítica española de la realidad rural, el bienestar y la protección de los animales en beneficio de sus propios intereses económicos y/o electorales.

Me despido con un mensaje de ánimo a todos los afectados por la pandemia, y con la cita para la reflexión de Fernando Savater: entre los hombres hay humanistas pero entre los animales no hay ‘animalistas’: sigamos su ejemplo

*Nicolás Urbani es Veterinario y Asesor Técnico de la Real Federación Española de Caza.

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