Martes, 02 de Marzo de 2021

No es fácil resumir mi opinión sobre la labor de Fernando Simón sin caer en los tópicos reciclados de la oposición política y por supuesto sin caer en cuestiones personales. Tal vez las palabras que mejor lo definirían para mí serían decepción, desconfianza y lástima. Son tres palabras muy negativas que creo sinceramente que no debería merecer nadie con su prestigio.


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(Fernando Simón (Zaragoza, 1963) es mucho más que el personaje de cejas pobladas, peinado random y descuidado y voz rota que vemos cada día en nuestros televisores desde hace meses. Simón es, sin lugar a duda, un epidemiólogo con un currículum que es la envidia de cualquier país.

Ha estudiado Medicina en Zaragoza y epidemiología en Londres. Es profesor de la Escuela Nacional de Sanidad y a lo largo de sus 57 años ha trabajado como médico y epidemiólogo en todos los países donde nos podemos imaginar que surgen epidemias, principalmente en Latinoamérica y Africa.

Es un referente mundial en enfermedades tropicales, Malaria, Sida, Tuberculosis y fue el encargado de gestionar en su momento la crisis del Ébola y otros casos mediáticos como el de la listeriosis por carme mechada en España. Ha sido voluntario de Médicos Mundi en Burundi, ha ejercido como médico en países en guerra viviendo sus desastres cada día. Sus ojos han visto la más absoluta miseria, la pobreza y la muerte como pocos. Y por si eso fuera poco, habla 6 idiomas.


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Fernando Simón (ni nadie) es responsable de la agresividad de este virus y reconozco que confié en él en los primeros momentos, cuando supimos que estaría al frente y nadie podía imaginar la que nos iba a caer encima. Y de ahí viene la decepción. Decepción no tanto por la muy discutible gestión de la crisis, sino porque sustituyó su rol de epidemiólogo con outfit casual por el de portavoz de un Ministerio sin liderazgo, sin ideas y con decisiones tomadas tarde y mal.

La desconfianza se justifica por la ingente cantidad de errores cometidos en este tiempo. No me agrada ver a la persona al frente de la mayor pandemia que mi generación haya conocido convertido en diana de memes, “zascas” o camisetas.

Simón nos ha dejado frases para la posterioridad como: “España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso de COVID19. Además, se espera que no haya transmisión comunitaria, “Sanidad comenzará a realizar inmediatamente las pruebas PCR del coronavirus a todas las personas que puedan presentar síntomas, especialmente a los profesionales sanitarios.

“Simón sustituyó su rol de epidemiólogo con outfit casual por el de portavoz de un Ministerio sin liderazgo”

El procedimiento se llevará a cabo inmediatamente, a partir de mañana o pasado(Tardó casi dos meses), “Los equipos de protección individual (EPIS) están resultando suficientes, aunque en algunos puntos puede haber momentos críticos” o “Los profesionales sanitarios están actualmente igual de protegidos frente al Covid-19 que la población general, y la mayor parte de ellos se está contagiando en sus domicilios”.


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Las últimas declaraciones suyas, donde ha culpado a la población por disfrutar de las navidades cumpliendo las normas que el propio ministerio impuso han sido la (pen)ultima pifia de Simón. Si el ministerio pone unas normas y aun así fallan, la responsabilidad es del propio ministerio (y suya pues fue el portavoz) y no nuestra por cumplirlas. La última, al menos hasta que estoy escribiendo este artículo, ha sido minimizar la transmisión de la variante británica, cuando es muy probable que así esté ocurriendo. Es evidente que así no se genera confianza.

Simón es epidemiólogo, no político. Y mucho menos comunicador. Su carrera profesional no la ha desarrollado precisamente enfrente de un micrófono hablando a periodistas rabiosos de titulares, sino en pueblos remotos de África asistiendo a los más débiles. Esta tarea no es para él. E

sta tarea es para alguien del gabinete de prensa del Ministerio, alguien que sepa explicar, alguien sin currículum detrás. Ser un mal portavoz de un mal ministerio que toma malas decisiones no solo genera desconfianza, sino que genera rechazo e indignación en los ciudadanos. Algo que al final pasa factura.

Y aquí entra la lástima. Reconozco que el papel de todos los que salen a diario a dar datos y malas noticias es muy ingrato, y el de Simón probablemente lo es más porque él esta detrás de todas las decisiones. Aceptó someterse a una constante exposición pública por motivos que no logro entender.

El resultado ha sido que Simón es y ha sido el mejor parapeto para el Ministro Salvador Illa, que debe estar muy agradecido de tener semejante alfil en sus filas mientras el se presenta airoso como mirlo blanco a las elecciones catalanas. Alguien con el currículum de Simón no debería haber aceptado jamás semejante tarea y si Illa tuviera algún miramiento, no prolongaría más la agonía de poner día tras a día a su mejor alfil para que lo despellejen vivo.


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Yo soy uno de los que, en su momento, pidió el cese de Simón. En mi caso, por motivos diferentes a la de la oposición, que se centró solo en la nefasta gestión realizada. No creo que nadie en el Partido Popular ni en ningún otro país haya acertado o fallado del todo. Mi motivo es que me cuesta ver a Simón en semejante papeleta, provocándome cada vez más decepción, más desconfianza y más lástima.

Quizá Simón piense en retirarse en su querida África, en pasar los veranos en su barquita en el Mar de Aragón o vaya usted a saber en qué. Lo único que espero y deseo es que este retiro le llegue cuanto antes. Por su bien. Y por el de todos.

*Ignacio González Lillo es médico de familia.

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