Miércoles, 02 de Diciembre de 2020

Tiramos de alma. Ya no funciona de otra forma. No de cuerpo, no de mente, ni de motivación o de esperanza. Es desolador y demoledor lo que se vive ahora mismo en los hospitales. Una compañera de mi servicio lloraba hace unos días; embarazada de tres meses, nos contaba su situación; pronto ya no hará mas guardias y tendrá que coger la baja; se sentía culpable por dejar al equipo, con la que está cayendo; ahora mismo es imposible encontrar sustitutos para cubrir contratos.

Un motivo de celebración, una de las etapas más bonitas en la vida de alguien, ahora mismo supone una especie de penitencia, una carga que llevas a tu espalda por dejar a tus compañeros solos ante lo que se viene.


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Supervisores dimitiendo, superados por la situación. Mitad de la plantilla de un servicio de baja; ansiedad, depresión y, en muchos casos, COVID. Incidencias; hace unos días en una UCI de mi ciudad, Zaragoza, 27 personas no pudieron acudir a sus turnos de trabajo durante un fin de semana por ser contactos estrechos, positivos, bajas por no poder asumir lo que se esta viviendo; gente recién graduada, sin experiencia en una UCI, sin conocer las medicaciones que se manejan en estos servicios tan específicos; ingresos sin parar, gente joven, intubados, boca abajo, 5 muertos en un turno. A nadie se le prepara para esto. ¿Quién puede volver al día siguiente cuando en tu primer contrato te encuentras una situación así?

Otros años, en época de gripe (que, por cierto, aun no ha empezado), es bastante frecuente que los hospitales pequeños o medianos colapsen; entre los diferentes centros de la comunidad, nos echamos una mano; “tengo un paciente que necesita un respirador, ¿podemos trasladarlo a la UCI de tu hospital?”.

Generalmente, son los menos; en invierno siempre se prevé un aumento de infecciones respiratorias e ingresos; se abren camas, se contrata personal, se capea el temporal que suele durar desde noviembre a febrero. Ahora mismo, en mi hospital -el Royo Villanova de Zaragoza-, no queda una sola cama, solo un aparato de alto flujo de oxigeno; nos llaman de otro hospital pequeño; “necesitamos ponerle alto flujo a un paciente, no nos quedan camas de UCI”. “Pues a nosotros tampoco”.

“En mi hospital no queda una sola cama, solo un aparato de alto flujo de oxigeno; nos llaman de otro hospital pequeño; “necesitamos ponerle alto flujo a un paciente, no nos quedan camas de UCI; a nosotros tampoco”

Y miras lo que te queda por delante en tu guardia de 24 horas; 10 ingresos pendientes de cama por problemas respiratorios. Otros 5 que acaban de llegar pendientes de ser valorados en urgencias por desaturación e insuficiencia respiratoria. 15 o 20 PCRs pendientes para ingresar. Más los ictus, los infartos, la patología quirúrgica urgente, pancreatitis, insuficiencias cardiacas, y un largo etc. No hay camas. No hay respiradores. No podemos asumir otros 15 ingresos hoy, es imposible. Y no ha llegado la gripe. Dios mío.


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Somos los mismos; los mismos que aplaudíais en marzo. No somos más, no han venido a reforzarnos ni se ha contratado a gente nueva. Somos los mismos, cansados, saturados, diezmados, visitando a profesionales que nos ayuden a entender y a sobrellevar todo esto.

Y nos han criminalizado; nos amenazan de muerte, nos acusan de ser cómplices de esta situación, de querer controlar (¿?) a los ciudadanos, nos insultan cuando intentamos explicar desde dentro lo que estamos viviendo; nos dicen que mentimos, que el virus no existe, que es una especie de complot; “enseñad imágenes, UCIs, muertos”.

No podemos publicar tan fácilmente fotos ni videos, no es éticamente aceptable sin un consentimiento del paciente. Desde luego, no seré yo quien vaya a pedirle a un señor que se ahoga que me deje grabar un ratito mientras le intuban para que haya gente que se conciencie de la situación.

Podemos dar el 200%, no dormir en 24 horas durante una guardia si es necesario, puedo trabajar al limite si la situación así lo requiere pero es imposible. No tenemos la infraestructura ni la capacidad para asumir el ritmo de pacientes que ingresan a diario. Y ya no son personas mayores institucionalizados en residencias; es gente joven, no hay muchos mayores de 65, y de estos, muchos acaban en cuidados intensivos; se repite el patrón, denominador común; comidas y cenas familiares, fiestas clandestinas, celebraciones con relajación en las medidas de seguridad; sitios cerrados, demasiada gente, me quito la mascarilla porque estoy con mis amigos.

“No tenemos la infraestructura ni la capacidad para asumir el ritmo de pacientes que ingresan a diario”

Luego vuelves a casa y se contagian tus convivientes, que se van a trabajar y pueden seguir contagiando si no toman las medidas oportunas. Avisamos, hasta resultar pesados; intentad evitar esto, alejaos de la reuniones/fiestas/celebraciones familiares. Nos vuelven a llover las criticas; “nos estáis quitando la vida”, nos dicen. No, rotundamente no. Os la intentamos salvar.


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No es fácil describir lo que vivimos ahora mismo los sanitarios. Se muere gente y va a morir mucha más que en otras circunstancias, sin esta sobrecarga, probablemente no tendrían porqué morir. Sabemos poco del virus, la evidencia científica cambia con los ensayos y estudios; lo que un día parece algo similar a una certeza, un mes después la evidencia tumba la idea y hay que empezar de cero. Es complicado de entender pero la ciencia no funciona en días; se necesitan años para llegar a comprobar hipótesis y en llevar a cabo investigaciones de calidad y seguridad.

No somos políticos, ni es nuestra responsabilidad gestionar esto; intentamos aconsejar, damos nuestro punto de vista sobre lo que vivimos día a día, las pequeñas cosas que vamos descubriendo y que pueden suponer un paso más en la lucha. Lanzamos mensajes, intentamos llegar a la gente joven, quizás los menos vulnerables, pero si lo mas peligrosos como vector de transmisión. No está funcionando.

“Nos vuelven a llover las criticas; “nos estáis quitando la vida”, nos dicen. No, rotundamente no. Os la intentamos salvar.”

Hace pocas semanas pasé con el coche por la zona universitaria de mi ciudad. Las terrazas llenas, prácticamente nadie llevaba mascarilla, fumando a centímetros, vasos y alcohol fuera de los bares. Y no lo entendí. No dormí bien esa noche. No entiendo de qué me vale mi esfuerzo y el de tanta gente si en las calles hay gente a la que le da completamente igual lo que está sucediendo.


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Dejé este verano de ver las noticias, leer redes sociales, de contestar a la gente que nos cuestiona a cada paso, como si fuera tan fácil; intenté tomar un respiro, coger aire, volver con fuerza. Y otra vez; “sois lo peor, os habéis ido de vacaciones, hipócritas, mentirosos, asesinos, no tenéis derecho, tener que ser esclavos, 24 horas, 7 días a la semana, en el hospital”. Y no, no me parece bien.

No estamos predicando el miedo a vivir; hemos hecho hincapié en un mensaje; hay que seguir adelante, aprender a convivir con esto, hay que evitar el contacto social, actuar como si estuviésemos contagiados, hay que lavarse las manos, llevar mascarilla incluso con los cercanos, no grandes grupos, respetar las normas, adaptarse, apretar un poco los dientes e intentar aguantar. Todos tenemos ganas de quedar con nuestra gente, de ir a ver a nuestras familias, de cenar en navidad con los que están lejos.

Pero hay que entender que esto no se va a solucionar si seguimos mirando por lo que nos complace a cada uno. Es una cuestión colectiva. De empatizar con el prójimo. Es duro, pero cuanto antes nos concienciemos y tomemos medidas, antes volveremos a la normalidad.

Las autoridades han lanzado mensajes contradictorios; la gente no entiende bien qué está pasando. Sectores que están prácticamente arruinados. Gente sin trabajo, con familias a las que alimentar. Reivindican sus derechos y se manifiestan. Personalmente, considero qué otras medidas deberían de haberse tomado en estos sectores, los más desfavorecidos con todo esto. Pero no depende de mí, ni de ninguno de mis compañeros. No somos culpables por querer concienciar de lo que se vive ahora mismo en un hospital. O en un centro de salud, colapsados y criticados hasta la saciedad.

“No somos culpables por querer concienciar de lo que se vive ahora mismo en un hospital”

Este verano me escribían o llamaban dos o tres personas cada semana. “Tengo un conocido que ha salido positivo, estuve con el ayer, no sé bien qué debería hacer…”. Ahora me escriben 3 o 4 personas al día. “Mi padre, madre, abuela, primo, tío, hermano, hermana, amigo, acaba de ingresar en tu hospital; no respira bien, tiene mucha tos, no nos han llamado desde ayer, no sabemos nada, puedes decirnos algo, estamos preocupados”.


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Pregunto, me informo, intento ayudarles. Muchas veces sé que no van a ir bien. Acabarán en la UCI, seguro. Y siempre respondo; “Ánimo, está en buenas manos, hacen todo lo posible, le ponemos la medicación disponible y el oxígeno que vaya necesitando, te voy diciendo con lo que sea”.

Intento empatizar. Eso me llevo a esta profesión; estudié enfermería, luego medicina. Me gusta ayudar. Me gusta tratar a los demás como esperaría que me tratasen a mí. Pero esto no es para lo que me preparé.

Esto es una guerra, hay bandos divididos, no estamos remando juntos en la misma dirección y nosotros estamos en primera fila, desprotegidos, recién salidos de una batalla, y ni siquiera hemos llegado de cerca al peor escenario posible.

De nuevo hay que “competir” por conseguir una cama de UCI; el 66% de los pacientes intubados con síndrome de distrés respiratorio por COVID fallecen, con lo cual, tienen que llegar en las mejores condiciones posibles; ayer en mi guardia desestimaron un paciente de 64 años para ingresar en la UCI; múltiples patologías previas como diabetes o hipertensión mal controladas marcaban un pronóstico regular, en caso de precisar un tubo para respirar.

“Ayer en mi guardia desestimaron un paciente de 64 años para ingresar en la UCI”

Pero no deja de ser un paciente de 64 años. Es duro, difícil de llevar, las guardias son eternas, desmotivadoras, tenemos miedo de enfermar o tener que coger la baja y que el equipo se quede con uno menos.


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Así que, aunque no sirva de nada, seguiré mandando mensajes desesperados. Ojalá alguien los escuche y vengan a ayudarnos. Porque esta vez, tenemos miedo, de verdad. Cuando crees que has visto lo peor y has tocado fondo, solo te das cuenta de que no estamos ni empezando. Por favor, ayudadnos.

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