Sabado, 08 de Agosto de 2020

En 1920, hace 100 años, comenzaba a publicarse por entregas Luces de Bohemia, la mítica obra de teatro de Valle-Inclán. Se hizo en una revista llamada España y, semana tras semana, fueron apareciendo 12 escenas de la obra, que iban de principio a fin de la obra, pero que se dejaban 3 de sus escenas más políticamente comprometidas para una versión editada como libro 4 años después.

Así, con las 15 escenas, como si de los 15 pasos de un vía crucis se tratara, esta genial obra teatral ha seguido haciendo el retrato más certero de este país que ni antes ni después se haya hecho.


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Aunque tuvo un cierto eco literario en su época, tuvo que esperar 50 años para que José Tamayo la estrenara sobre la escena en el Teatro Principal de Valencia en 1970, con los míticos José María Rodero como Max Estrella y Agustín González como Latino de Híspalis. Teatro irrepresentable lo llamaron, incluso después de su estreno, los sesudos estudiosos de las universidades con una gran ceguera, porque hay pocas obras tan genuinamente teatrales como esta irrupción del esperpento.

Quizás a esa ceguera contribuyeron sus más de 50 personajes y sus 13 espacios diferentes. Unas condiciones imposibles para las cortas miras de la época. Después vendrían grandes montajes del Centro Dramático Nacional y otros.

Para los socios del Teatro del Temple, que nos había tocado leer la obra en el instituto en los años 70, como les ha tocado a un sinfín de generaciones de escolares desde entonces hasta hoy en día, nos rondaba el amor por la pieza y en 2007, hace 13 años, decidimos llevarla a cabo con una gran sencillez de medios para la complejidad de la obra.

Con sólo 8 actores y con una escenografía que resuelve los espacios cambiando 4 paredes móviles de posición, 3 mesas y 8 sillas, lisas y lasas, hicimos que la obra se viera y oyera con toda la fuerza que tenía su palabra, con toda la emoción que le dan unos actores vestidos de gris y sin grandes complementos que indiquen época.

Era una apuesta sobria y caló tanto en el público, un amplísimo público que ya la había leído en clase pero quería verla en directo, que nos llenó los teatros de grandes y pequeñas localidades durante años, hasta tal punto que todavía la conservamos en el repertorio. Íbamos a representarla en Soria en mayo y parece que finalmente la haremos en diciembre.

Hablo de esta obra porque una vez más sirve de gran metáfora del país y de la situación de la cultura en el mismo. Entre otras muchas cosas Valle ejemplifica en ese deambular y esa agonía del poeta Max Estrella, la precariedad y el menosprecio que la cultura tiene las más de las veces en la sociedad española. En palabras de su protagonista: “las letras no dan para comer. ¡Las letras son colorín, pingajo y hambre!”

A eso se verán abocadas las precarias estructuras culturales del país y un sinfín de artistas y trabajadores de la cultura, los bohemios del siglo XXI, si no se encuentran los mecanismos para que la vuelta a la actividad cultural sea la adecuada con las condiciones de la pandemia, y sea la justa para que se pueda subsistir económicamente de ella.

“La agonía del poeta Max Estrella: la precariedad y el menosprecio que la cultura tiene las más de las veces en la sociedad española”

La cultura no es gratis, cuesta mucho tiempo, esfuerzo y trabajo, por más que hoy en día las plataformas de internet se empeñen en parecer que su uso es trivial y aleatorio, llevándose pingues beneficios sólo los cuatro propietarios de las plataformas.

No hay nada de sencillo en hacer un buen espectáculo de teatro y gran parte de su disfrute tiene que vez conque los actores están ahí contigo, en el mismo espacio, transitando en el mismo momento que tú los ves y los oyes, por unas palabras y unas emociones que te resuenan en el pecho como espectador y que devuelves junto con los demás al escenario.

El teatro, las artes en vivo, son encuentro. Encuentro social, mental, lúdico, visceral. Esa es su fuerza, su especificidad, su fragilidad. O hay un sitio para el encuentro o no existe. Y ahora hay un problema y una necesidad. Porque al mismo tiempo que nos vemos en la perspectiva de tener que medir nuestros encuentros, cada vez sentimos más la imperiosa necesidad de los mismos.

Por eso tenemos que encontrar el pacto, que ahora parece que hay que llamar protocolo, para que la actividad pueda volver a los teatros. Ya dijimos que fuimos los primeros en cerrar y seríamos los últimos en abrir. Tristemente se está cumpliendo.

La fórmula para ese reencuentro tiene que venir de un pacto serio con las instituciones. No estamos pidiendo cosas diferentes que los hosteleros o los fabricantes de coches. Aunque si lo decimos las gentes de la cultura a algunos se les tuerza la mirada como nos contaba Valle-Inclán.

Sí, se deben prolongar y flexibilizar los ertes hasta que la actividad se pueda dar en los espacios escénicos, y eso en los teatros cerrados va a tener que ser en septiembre. Las instituciones deben liderar a través de las programaciones y los teatros públicos (que son la mayoría) esa entrada progresiva en actividad.

El verano es un gran momento para los festivales a cielo abierto y, afortunadamente, con reducciones inevitables, los más simbólicos (Almagro, Mérida…) han decidido tirar para adelante. Y las fiestas populares de los pueblos, que todavía no pueden celebrarse por el problema con los aforos, se pueden cambiar por actividades culturales con un control más preciso y concreto de las mismas.


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Así, poco a poco, pero sujetando los mimbres de una actividad que es cultural, es social, pero no deja de ser también económica, y supone un nada desdeñable 3,8% del PIB, podremos seguir creando arte, reflexión y encuentro.

Y así no nos tocará repetir las palabras del preso catalán de Luces de Bohemia: “En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.” No debemos olvidar que Valle escribió su fiel retrato de la piel de toro en 1920, justo cuando terminaba la última pandemia que asoló el mundo y causó 50 millones de muertes, la mal llamada “gripe española”.

*Alfonso Plou es dramaturgo, docente, miembro fundador de Teatro del Temple, socio y gestor de Teatro de las Esquinas.

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