La tragedia del K2: se cumplen 30 años del mayor golpe al alpinismo aragonés

El 13 de agosto de 1995, tres montañeros aragoneses perdieron la vida en el K2 tras hacer cima, una de las tragedias más devastadoras que se recuerdan en la historia del himalayismo nacional.
30 años de la tragedia en la K2
30 años de la tragedia en la K2

Hace exactamente tres décadas, el montañismo aragonés vivió una de sus jornadas más negras. Tres alpinistas —Javier Escartín, Javier Olivar y Lorenzo Ortiz— perdieron la vida durante el descenso del K2 (8.611 metros), la segunda montaña más alta del planeta, en una expedición que marcó profundamente a sus familias, compañeros y a toda una generación de montañeros. Hoy, 30 años después, su recuerdo sigue presente como símbolo de los riesgos inherentes a las grandes altitudes y de un estilo de alpinismo que, con el paso del tiempo, parece haber quedado atrás.

LA INCERTIDUMBRE, EL GOLPE MÁS DURO

La tragedia se desarrolló en una época en la que la tecnología de comunicación era aún muy limitada. Sin teléfonos satelitales generalizados, las noticias llegaban con cuentagotas y de forma confusa. Durante días, las familias de los seis alpinistas que formaban parte de la expedición —más el médico Manuel Avellanas— no supieron quiénes habían sobrevivido. El primer parte que trascendió hablaba de una tragedia en la cima del K2 que había acabado con la vida de varios montañeros, entre ellos la británica Alison Hargreaves, el estadounidense Rob Slater y el neozelandés Bruce Grant. También se mencionaban tres españoles, pero sin confirmar sus identidades.

En Aragón, la incertidumbre golpeó con fuerza. La prensa local no pudo confirmar los nombres de los fallecidos hasta el 20 de agosto, una semana después de los hechos. La angustia creció mientras se filtraban detalles parciales de la ascensión, marcada por un intento tardío a cima, sin oxígeno embotellado y en condiciones meteorológicas que cambiaron drásticamente al caer la noche.

LOS ROSTROS Y NOMBRES DETRÁS DE LA CATÁSTROFE

La expedición aragonesa estaba formada por un grupo heterogéneo de jóvenes prometedores y veteranos experimentados. Entre ellos, Manuel Ansón decidió no subir al último tramo, mientras que Lorenzo Ortas, agotado, se detuvo en el hombro del K2, a unos 8.000 metros, para esperar el regreso de sus compañeros. Junto a él permaneció Pepe Garcés, quien también abortó la ascensión al notar la pérdida de sensibilidad en sus extremidades a causa del frío. Esta decisión le salvó la vida.

Javier Olivar y Lorenzo Ortiz, los más jóvenes del grupo, ascendieron con rapidez. Escartín, veterano de múltiples expediciones en el Himalaya, era el más experimentado del equipo y un referente del montañismo aragonés. Los tres alcanzaron la cima, pero iniciaron el descenso demasiado tarde, cuando ya se había levantado un fuerte viento huracanado.

Durante la madrugada, el viento desgarró las tiendas donde Ortas y Garcés resistían en el hombro. Pasaron la noche sentados en la nieve, soportando temperaturas extremas y confiando en que sus compañeros regresarían. Pero al amanecer, quedó claro que nadie había sobrevivido. Iniciaron entonces un descenso crítico hacia el campo base, completamente exhaustos.

El canadiense Jeff Lakes, que también formaba parte del grupo en la cima, falleció durante el descenso sin alcanzar el campo base. La montaña se cobró así seis vidas esa temporada, entre ellas las de los tres alpinistas aragoneses, que nunca regresarían.

Las historias personales detrás de cada nombre humanizan una tragedia que, con el tiempo, ha adquirido una dimensión casi mítica. Javier Olivar era guarda del refugio de Góriz junto a su pareja Marina Manuel. Lorenzo Ortiz, guía de montaña, tenía múltiples proyectos en mente. Javier Escartín, ingeniero industrial y profesor, era además el alma de las expediciones aragonesas de los años 80 y 90. Los tres dejaron un vacío imposible de llenar.

El verano de 1995 fue especialmente trágico en el K2. Solo un mes antes, el alpinista catalán Jordi Anglés perdió la vida en otro intento de cumbre. En total, ocho montañeros desaparecieron aquel agosto en la montaña pakistaní.

El tiempo ha puesto en perspectiva aquella expedición. Hoy, la mayoría de alpinistas acceden a partes meteorológicos detallados, teléfonos vía satélite y apoyo logístico impensable en los años 90. Pero aquel estilo de alpinismo, más puro, más arriesgado y más aislado, también representaba una forma de entender la montaña que hoy está desapareciendo.

Lorenzo Ortas no volvió al Himalaya tras la tragedia, aunque nunca dejó de escalar. Pepe Garcés, por su parte, falleció en 2001 al resbalar en el Dhaulagiri, cuando intentaba convertirse en el primer aragonés en completar los 14 ochomiles.

Ambos supervivientes llevaron consigo el peso de una tragedia que aún hoy resuena en la memoria colectiva del montañismo español.

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