Editorial | El Real Zaragoza se muere y nadie mueve un dedo: presidente en Miami, club a la deriva

Un club a la deriva, una propiedad ausente y una afición que sigue sola: el Zaragoza se asoma al abismo con el Burgos como última oportunidad

El presidente del Real Zaragoza y accionista del club, Jorge Mas / RZ
El presidente del Real Zaragoza y accionista del club, Jorge Mas / RZ

El Real Zaragoza perdió el domingo en Andorra. 2-1. Colistas. A seis puntos de la salvación con los rivales directos ya enfrentados. Pero lo que ocurrió en el Estadi Nacional no fue solo una derrota deportiva. Fue el retrato más descarnado de un club que se desintegra mientras quienes deben evitarlo permanecen inmóviles, refugiados en una falsa calma que ya no engaña a nadie.

No es mala suerte. El Real Zaragoza está donde está por negligencia. Por una gestión que ha fallado en cada momento clave, desde los despachos hasta el vestuario, sin que nadie haya dado la cara ni asumido responsabilidad alguna.

El presidente Jorge Mas reside en Miami. El consejero Mariano Aguilar opera en la penumbra, tomando decisiones que nadie refrenda públicamente. Fernando López acumula un déficit de credibilidad que ya no admite más plazo. Txema Indias ha cerrado otro mercado de invierno sin resolver los problemas estructurales de una plantilla que, el domingo, salió a andar por un campo de fútbol. A andar.

Con el descenso a Primera Federación prácticamente firmado con cada paso lento, con cada balón perdido sin reacción, con cada minuto que pasaba sin que nada cambiara en un equipo que ha olvidado lo que significa competir.

Rubén Sellés tiene una semana. El partido contra el Burgos, el próximo sábado en el Ibercaja Estadio, es la última bala de un revólver que lleva demasiado tiempo apuntando a los pies del propio club.

Si no llega la victoria, todo puede saltar por los aires: cuerpo técnico, dirección deportiva, dirección general. Un terremoto que, de producirse, llegará tarde. Como siempre en este Zaragoza. Siempre tarde, siempre a destiempo, siempre gestionando consecuencias que eran evitables.

Lo que más duele no es la incompetencia. Es el silencio. El silencio de una propiedad que gestiona el club desde la distancia física y emocional. El silencio de una dirección que desaparece cuando más se la necesita. El silencio de quienes tenían la obligación de actuar y no lo hicieron.

Frente a ese silencio institucional, la afición sigue respondiendo. Llenó Andorra pese a todas las trabas. Sigue yendo, sigue creyendo, sigue poniendo el cuerpo donde los dirigentes no ponen ni las palabras. El zaragocismo no merece esto. Esta ciudad no merece esto.

El Real Zaragoza necesita personas capaces y comprometidas en cada eslabón. Quienes no lo sean, arriba o abajo, en el palco o en el vestuario, deben dar un paso al lado antes de que no quede nada que salvar.

El tiempo se acaba.

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