La "plaga invisible" de Zaragoza: la colilla que lo ensucia todo (y te puede costar hasta 750€)
En Zaragoza hay un residuo que casi nadie mira… y, sin embargo, está en todas partes. No hace ruido, no huele fuerte y cabe entre dos dedos. Pero es el rastro más repetido en aceras, alcorques y sumideros: la colilla.
La paradoja es sencilla: basta un gesto mínimo —apagar y soltar— para generar un problema enorme. La Organización Mundial de la Salud lleva años alertando de que los filtros de tabaco son el residuo más desechado del planeta y cifra en billones las colillas que acaban en el suelo cada año.
En una ciudad, ese goteo cotidiano se convierte en paisaje. Las colillas se acumulan donde más transitamos: entradas de comercios, paradas, bancos, terrazas. A veces en grupo, como si hubieran quedado allí “porque sí”. Otras, aisladas, casi invisibles, hasta que llega la lluvia.
Y entonces empieza la segunda parte del problema: el viaje. Cuando el agua corre, lo que estaba en la acera se mueve hacia las rejillas de pluviales y, con ellas, hacia el sistema de saneamiento y el entorno. Distintas fuentes ambientales advierten de que una colilla puede contaminar decenas de litros de agua por los compuestos que libera. No es solo una cuestión estética: es química, es contaminación difusa y es ciudad pagando la factura de lo pequeño.
Por eso el Ayuntamiento ha insistido en los últimos años en un mensaje de corresponsabilidad —la idea de que la limpieza no es un servicio “ajeno”, sino un pacto diario—, con campañas de concienciación y recordatorios cada vez más directos. Y también con una consecuencia práctica: tirar colillas o pequeños residuos al suelo está sancionado dentro del marco de la ordenanza de limpieza, con multas que pueden llegar hasta 750 euros en las infracciones leves.
No es una multa “por fastidiar”: es un intento de cortar una rutina que cuesta dinero, tiempo y recursos. Porque lo que se arroja al suelo no desaparece; alguien lo recoge. Y cuando no se recoge a tiempo, se dispersa, se pisa, se integra en el polvo urbano o acaba en puntos donde ya no basta con barrer.
La ciudad se juega mucho en estas cosas pequeñas. La colilla, por tamaño, engaña: parece insignificante. Pero por repetición es masiva. Y por persistencia, molesta durante días. La buena noticia es que la solución también es pequeña y está al alcance de cualquiera: ceniceros portátiles, papeleras, apagar y guardar. Un gesto mínimo para evitar el residuo más grande de los que no parecen nada.