En los años 90 solo quedaba un habitante en este pueblo: hoy es uno de los más bonitos de España
Había un pueblo en España donde en los años noventa solo quedaba un habitante. No un vecino jubilado que se resistía a marcharse, no una familia que aguantaba como podía. Un pastor. Que llegaba por las noches a encerrar su rebaño y a dormir, y que por las mañanas se iba.
Eso era todo lo que quedaba de un pueblo que había existido durante siglos, que había tenido iglesia y castillo y callejuelas y vida. Un hombre y sus ovejas.
Lo que ocurrió después con ese pueblo es una de esas historias que la España vaciada necesita con urgencia y que rara vez ocurren. Porque este pueblo no siguió muriendo. Resucitó.
Hoy tiene cien vecinos, recibe miles de visitas al año y desde 2015 forma parte del selecto club de los Pueblos más Bonitos de España.
Está en la provincia de Zaragoza, a una hora en coche de la capital aragonesa, en pleno valle del Jiloca. Se llama Anento.
De la guerra medieval al éxodo rural: una historia de supervivencia
Los orígenes de Anento como núcleo de población se remontan a 1248, año en que se integró en la Comunidad de Daroca, fundada por el conde de Barcelona. Desde entonces, el pueblo vivió siglos de historia con sus alegrías y sus tragedias. Una de las más violentas ocurrió en 1357, cuando los castellanos lo incendiaron para tomar el castillo durante la Guerra de los Dos Pedros, el largo conflicto que enfrentó a Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón por el dominio de la Península.
El pueblo se recuperó de aquello, como de tantas otras cosas. Pero no pudo recuperarse del siglo XX. El éxodo rural que vació la España interior durante las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta golpeó a Anento con especial dureza. En los años ochenta, la población censada no llegaba a diez personas. Y en los noventa, como ya se ha dicho, quedaba un pastor.
El milagro: los que volvieron y los que llegaron
La resurrección de Anento no fue obra de ninguna política pública ni de ningún plan de desarrollo rural. Fue obra de un grupo heterogéneo de personas —vecinos que habían emigrado y mantenían el vínculo sentimental con el pueblo, veraneantes que habían descubierto el lugar, gente de ciudad en busca de algo diferente— que empezó a restaurar las viviendas con la idea de pasar los fines de semana. Sin más plan que ese. Sin subvenciones especiales, sin grandes inversiones.
Pero las casas restauradas se fueron llenando. Y lo que empezó como un refugio de fin de semana acabó convirtiéndose en residencia permanente para muchos de ellos. La masa crítica fue creciendo despacio, pero creciendo. Y con la gente volvió la vida: el mantenimiento de los espacios comunes, la recuperación del patrimonio, la apertura de algún negocio. Anento pasó de ser un cadáver a ser un organismo vivo, y lo hizo sin que nadie lo dirigiera desde arriba.
Qué ver: castillo en ruinas, iglesia románica y callejuelas medievales
El patrimonio de Anento es pequeño en tamaño pero considerable en calidad. En lo alto del pueblo se conservan las ruinas del castillo fundado por la Comunidad de Daroca: la muralla principal con dos torres gemelas, los restos de otras torres y la puerta principal con un puente levadizo. No es un castillo restaurado ni musealizado. Es una ruina auténtica, sin más intervención que la necesaria para que no caiga, y eso le da una atmósfera que los castillos demasiado bien restaurados han perdido.
La iglesia de San Blas es una construcción románica del siglo XIII con pórtico y entrada de estilo gótico y una torre de piedra adosada del siglo XV. En su interior se conservan tres retablos góticos, siendo el más importante el gran retablo mayor realizado por el Maestro Blasco de Grañén, una pieza de valor artístico excepcional que en cualquier otro contexto estaría en un museo.
Y luego están las callejuelas. Estrechas, empedradas, con replacetas que invitan a pararse, con portadas de arco apuntado del siglo XV que han sobrevivido a todo. Es el tipo de trama urbana medieval que el turismo de masas ha convertido en espectáculo en otros lugares y que aquí sigue siendo simplemente el pueblo, con sus cien vecinos viviendo dentro.
Anento está a 20 kilómetros de Daroca y a poco más de una hora de Zaragoza capital. No necesita más argumento que ese para justificar una visita.