España tiene su propia Venecia desde 1970 y está a 190 minutos en coche desde Zaragoza

Lleva más de cincuenta años siendo el secreto mejor guardado del Mediterráneo: arquitectura colorida, embarcaciones y gastronomía a un paso de Aragón.

A cinco kilómetros al norte de Valencia, en el municipio de Alboraya, existe desde los años setenta un rincón que no necesita pasaporte italiano para recordar a la ciudad de los canales. Port Saplaya lleva décadas atrayendo a viajeros de toda Europa con su arquitectura colorida, sus canales navegables y una atmósfera mediterránea que resulta difícil de encontrar en cualquier otro punto de la costa española.

Para quienes viven en Zaragoza, la distancia —poco más de hora y media por la A-23— convierte este enclave en una de las escapadas de fin de semana más sencillas y más desconocidas del calendario.

Port Saplaya nació a principios de los años setenta como una urbanización concebida para integrar la vivienda directamente con el mar y los canales.

Sus promotores miraron hacia la Costa Azul francesa y la Riviera italiana en busca de inspiración, y el resultado fue una zona residencial donde las embarcaciones amarran literalmente a los pies de las casas, los colores ocres y rojizos dominan las fachadas y el olor a salitre impregna cada calle.

Con el tiempo, el lugar fue ganando fama entre los turistas europeos —especialmente alemanes, holandeses y franceses— que buscaban un destino tranquilo alejado de los grandes centros de masificación de la costa valenciana.

Los canales y la arquitectura: el corazón del lugar

El mayor atractivo de Port Saplaya es, sin discusión, perderse por sus canales. A diferencia de Venecia, aquí no hacen falta góndolas ni tarifas desorbitadas: basta con caminar despacio por las orillas, observar cómo las embarcaciones —veleros, pequeñas motoras, barcos de pesca— llenan los amarres y disfrutar de la particular combinación cromática de los edificios.

Los ocres, los rojos y los naranjas que dominan las fachadas crean una paleta visual que recuerda al norte de Italia, aunque con una luz y una calidez que solo el Mediterráneo español sabe dar.

La urbanización no es especialmente grande —puede recorrerse a pie en una mañana sin prisas— pero eso es precisamente parte de su encanto. No hay aglomeraciones, no hay colas y no hay la presión turística que caracteriza a otros puntos de la costa valenciana. Es un lugar pensado para quedarse, para sentarse en una terraza junto al canal y observar cómo transcurre la vida a un ritmo que en Zaragoza, o en cualquier capital, se echa de menos.

Entre los elementos patrimoniales del entorno destaca el Pont del Moro, un antiguo puente del siglo XVII perteneciente a la huerta de Alboraya que ha sido completamente restaurado y que constituye uno de los pocos vestigios históricos de la zona anterior a la urbanización. Su presencia entre los canales modernos genera una combinación curiosa que no pasa desapercibida.

Gastronomía: horchata, fideuà y producto de la huerta

Una visita a Port Saplaya sin explorar la gastronomía local sería quedarse a medias. El municipio de Alboraya es, precisamente, la cuna de la horchata de chufa auténtica: las granjas de chufa de esta localidad producen la materia prima con la que se elabora la bebida original, reconocida por su denominación de origen. Las horchalerías de la zona son una parada obligada, y la diferencia con cualquier horchata industrial resulta inmediata al primer sorbo.

Más allá de la horchata, el entorno portuario ofrece restaurantes especializados en cocina de mar: fideuà, arroz a banda, pescado de lonja y mariscos son los protagonistas de las cartas. Dado que Port Saplaya mantiene actividad pesquera real —no es un puerto exclusivamente deportivo—, el producto que llega a las cocinas de los locales cercanos tiene una frescura difícil de encontrar tierra adentro.

Para los aragoneses que hacen el viaje desde Zaragoza, el plan habitual combina la mañana paseando por los canales, el mediodía con un arroz junto al puerto y la tarde —si la temporada lo permite— en la playa de Alboraya, situada a escasos minutos a pie.

Cómo llegar desde Zaragoza y cuándo ir

Desde Zaragoza, la ruta más directa hasta Port Saplaya pasa por la A-23 hasta Valencia y desde allí por la CV-300 en dirección norte hacia Alboraya. El trayecto total ronda los 330 kilómetros y, en condiciones normales de tráfico, se cubre en poco más de dos hora y media. Es aconsejable evitar los viernes por la tarde y los domingos a la vuelta en temporada alta, cuando la entrada y salida de Valencia puede añadir tiempo considerable al recorrido.

La mejor época para visitar Port Saplaya es la primavera y el inicio del otoño. En verano, la urbanización se llena de turistas y residentes estacionales, los precios suben y parte de la tranquilidad que define al lugar desaparece. En cambio, entre marzo y junio o entre septiembre y noviembre, el clima mediterráneo permite disfrutar del paseo por los canales y las terrazas sin calor excesivo ni aglomeraciones.

Conviene saber que Port Saplaya no es un destino de hotel clásico: la mayoría del alojamiento disponible son apartamentos turísticos y casas de alquiler, lo que la convierte en una escapada más adecuada para dos o tres noches que para una sola. Quien busque alojamiento en hotel encontrará mejor oferta en Valencia ciudad, a diez minutos en coche.

Ampuriabrava: la otra 'Venecia española', esta vez en Girona

Port Saplaya no es el único enclave español que reivindica el título de 'Venecia del Mediterráneo'. Ampuriabrava, en el Alt Empordà gerundense, presume de más de 25 kilómetros de canales navegables —más que la propia Venecia— y de una oferta náutica considerablemente mayor.

Sin embargo, quienes han visitado ambos lugares suelen coincidir en que Port Saplaya mantiene un parecido estético más auténtico con el modelo italiano: sus edificios son más coloridos, sus canales más estrechos y su escala más humana. Ampuriabrava, en cambio, tiene un carácter más marcadamente deportivo-náutico.

Para los aragoneses, Port Saplaya tiene además la ventaja de la proximidad. Ampuriabrava queda a más de cuatro horas desde Zaragoza, mientras que la 'Venecia valenciana' se alcanza en la mitad del tiempo. Una diferencia que, a la hora de planificar un fin de semana, no es menor.

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