El pueblo aragonés que los peregrinos llaman 'el de las cien reliquias' y donde hay un cofre que se abre una vez al año

La arqueta de 1825 conservada en la iglesia de San Miguel de Castiello de Jaca guarda catorce reliquias de santos y solo se abre el primer domingo de julio.

Hay pueblos que se conocen por su paisaje, por su gastronomía o por su arquitectura. Castiello de Jaca, en el Pirineo oscense, se conoce por una arqueta. Una caja de madera y plata fabricada en Jaca en 1825 que descansa durante casi todo el año en el altar de la iglesia de San Miguel y que solo se abre el primer domingo de julio, cuando vecinos y visitantes se reúnen para celebrar la jornada festiva que recuerda la historia que hay detrás de ese cofre.

Una historia que los peregrinos del Camino de Santiago han ido transmitiendo de generación en generación hasta convertir a Castiello de Jaca en "el pueblo de las cien reliquias", uno de los apodos más singulares de todo el Pirineo aragonés.

El pueblo forma parte del tramo aragonés del Camino Francés, la ruta jacobea que atraviesa el Pirineo antes de llegar a Jaca. Cada año, cientos de peregrinos pasan por sus calles buscando un alto en el camino, y muchos de ellos conocen la leyenda que le da nombre antes incluso de llegar.

La leyenda del peregrino valenciano

La historia que explica el apodo de Castiello de Jaca tiene todos los ingredientes de una leyenda medieval: un caminante exhausto, la hospitalidad de un pueblo y un gesto de agradecimiento que trasciende lo material. Según la tradición, un peregrino procedente de Valencia llegó a la localidad en un estado de agotamiento extremo.

Los vecinos le ofrecieron refugio y cuidados hasta su recuperación, sin pedir nada a cambio. Cuando el viajero estuvo en condiciones de continuar su camino, quiso corresponder a esa generosidad de la única manera que podía: entregando todas sus pertenencias. Entre ellas había una arquilla repleta de reliquias de santos, entre los que figuran San Vicente Ferrer, Santa Lucía, San Pedro de Arbués y Santa Cecilia.

Ese gesto, nacido de la gratitud y de la fe, es el que Castiello de Jaca lleva celebrando desde entonces. La leyenda habla de cien reliquias, aunque el recuento real, tras la restauración realizada en 2014, señala catorce piezas conservadas en pequeñas cajas y envoltorios debidamente identificados. El número exacto importa menos que lo que representa: un acto de hospitalidad convertido en patrimonio vivo.

La arqueta: once relicarios y un artesano de Jaca

El cofre que hoy guarda ese legado fue elaborado en 1825 por el artesano Cotín, en Jaca. Es una pieza de factura cuidada que destaca por sus guirnaldas, sus punzones y, sobre todo, por los once relicarios de materiales distintos: plata, latón, hierro, madera y vidrio soplado. Cada uno de ellos contiene o contenía una reliquia identificada, y el conjunto forma un testimonio material de la devoción popular del siglo XIX que tiene pocos equivalentes en el Pirineo aragonés.

La arqueta permanece cerrada durante casi todo el año, custodiada en el altar de la iglesia de San Miguel. Solo el primer domingo de julio se abre en el marco de una jornada festiva que congrega a los vecinos del pueblo y a visitantes llegados expresamente para la ocasión. Un día al año, una apertura, una celebración que lleva siglos repitiéndose y que es, a su manera, uno de los rituales más originales de la geografía aragonesa.

Una puerta al Pirineo y al románico

Más allá de su tesoro particular, Castiello de Jaca tiene la ventaja de estar situado en uno de los entornos naturales más privilegiados del Pirineo oscense. El pueblo es la puerta natural al valle de la Garcipollera, un enclave de gran belleza que los peregrinos del Camino de Santiago recorren antes de llegar a Jaca. La paz del entorno, el paisaje de montaña y la escala humana del pueblo —pequeño, tranquilo, sin artificios turísticos— lo convierten en un destino atractivo para quienes buscan algo diferente en el Pirineo aragonés.

A menos de diez minutos en coche se encuentra Jaca, con su catedral románica del siglo XI y su ambiente histórico bien conservado. A un cuarto de hora, la Estación Internacional de Canfranc, uno de los edificios ferroviarios más espectaculares de Europa y símbolo del modernismo en la región, que lleva años en proceso de recuperación y rehabilitación. Y a media hora, el monasterio de San Juan de la Peña, enclavado bajo una roca en pleno monte y considerado uno de los conjuntos medievales más importantes de Aragón.

Para quienes quieran ampliar el recorrido, la ruta de las iglesias del Serrablo invita a descubrir el arte románico disperso por pequeñas localidades del entorno, una de las concentraciones de arquitectura románica rural más densas de la Península Ibérica.

Cómo llegar

Desde Huesca, el trayecto hasta Castiello de Jaca dura aproximadamente una hora por la carretera A-21. Desde Pamplona, la distancia es algo mayor: una hora y veinticinco minutos por la misma vía. El pueblo no tiene transporte público directo, por lo que el coche es la opción más práctica para llegar.

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