La historia del Tío Zambombo de Zaragoza: el baturro descomunal que 'engulle' niños

Una liturgia festiva tan teatral como inocente que emparenta al personaje con los Gargantúas vascos o el Tragantúa de Logroño.

Entre gigantes, cabezudos y jotas, hay un personaje que cada octubre acapara miradas infantiles en Zaragoza: el Tragachicos. Su “nombre de pila” —como recuerdan los cronistas populares— es Tío Zambombo, un baturro descomunal de boca abierta que “engulle” a los pequeños para expulsarlos por detrás a través de un tobogán interior.

Una liturgia festiva tan teatral como inocente que emparenta al personaje con los Gargantúas vascos o el Tragantúa de Logroño, y con parientes cercanos como el “tragón” de Borja o el Cagachicos recientemente recuperado en la capital aragonesa.

La primera gran aparición documentada del “Gargantúa” zaragozano data de 1907, cuando se convirtió en sensación de las Fiestas del Pilar. La fórmula era simple y perfecta: un carro-escenario, una figura monumental de estética entre cómica y temible, y una dinámica que convertía el vértigo en risa. Durante el siglo XX su presencia fue intermitente, pero el mito se mantuvo vivo en la memoria popular.

El Tío Zambombo -o Tragachicos- en el taller de construcción, en los años 70 / AZ
El Tío Zambombo -o Tragachicos- en el taller de construcción, en los años 70 / AZ

El renacimiento llegó a finales de los años sesenta, ya con el apodo de Tío Zambombo, instalado en Plaza del Pilar como uno de los grandes reclamos infantiles. La puesta en escena se modernizó —estructuras más seguras, flujos de entrada y salida, personal de apoyo—, pero el espíritu siguió siendo el mismo: “tragar” niños por la boca y “devolverlos” entre carcajadas por la retaguardia. Con el tiempo, la figura volvió a desaparecer, como tantos elementos efímeros de la cultura popular.

En 2012, el Ayuntamiento recuperó el Tragachicos y el regreso fue un éxito inmediato: colas, selfies y una cita ya ineludible dentro de la programación infantil. Desde entonces, el “tragón” es un imprescindible del Pilar, tanto para zaragozanos como para visitantes, y un puente perfecto entre tradición y juego.

Su “parentesco” con otros tragones peninsulares habla de un imaginario compartido en el que lo gigantesco, lo cómico y lo catártico funcionan como terapia festiva para los más pequeños.

Hoy, junto a la Comparsa de Gigantes y Cabezudos, el Tragachicos -o antes llamado Tío Zambombo- mantiene su trono infantil. Y lo hace con medidas de seguridad actualizadas, recorridos ordenados y ese humor gamberro que lo define desde hace más de un siglo.

La escena se repite, año tras año: un niño duda ante la boca abierta, otro le anima, el tobogán se los traga, la salida estalla en risas y alegría.

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