El templo del laterío en Zaragoza está en la calle Escosura y lleva abierto desde 1962

Bar familiar fundado en 1962 en Delicias, famoso por su tortilla, sus conservas y sus porrones de tres tamaños.
El aspecto por dentro del emblemático sitio de Delicias / Cedida
El aspecto por dentro del emblemático sitio de Delicias / Cedida

En la calle Escosura, 15, en pleno barrio de Delicias, hay un bar que no ha necesitado reinventarse en más de seis décadas. Abrió en 1962 y desde entonces ha mantenido la misma fórmula: bocadillos de conservas a medida, tortilla de patatas recién hecha y porrones alineados detrás de la barra. Sin carta de fusión, sin interiorismo de diseño, sin WiFi visible. Solo producto de calidad, trato familiar y esa atmósfera de bar de barrio que cada vez cuesta más encontrar en Zaragoza.

Un mostrador lleno de latas y la pregunta clave

Lo primero que llama la atención al llegar a Casa Rodri es la barra. Latas apiladas, botes de cristal, embutidos colgando, azulejos de siempre y, al fondo, los porrones. Pero lo que define la experiencia desde el primer segundo es la pregunta que te lanza el camarero nada más llegar: «¿Cuánto trozo de pan quieres?». No hay bocadillos prefijados ni raciones establecidas. Aquí el cliente elige el tamaño del pan y decide qué va dentro.

El catálogo de conservas es el corazón del local. Anchoas, boquerones, mejillones, chipirones, bonito, escabeche, bacalao, guindillas, pimiento asado. La selección está cuidada y la calidad del producto es una de las razones por las que Casa Rodri ha sobrevivido con tan buena reputación durante tanto tiempo. No es difícil ponerse en manos del encargado —hijo del fundador, que sigue al frente del negocio— y pedirle que él decida la combinación. Rara vez defrauda.

Entre las combinaciones que han alcanzado estatus de clásico en el bar hay dos que merece la pena conocer. El «Mundial 82» junta tortilla de patatas con anchoa en un bocadillo que, una vez probado, resulta difícil de olvidar. El «siberiano» combina escabeche, anchoa y guindilla, y tiene un punto más intenso y picante para quienes lo prefieran. Son nombres que cuentan una historia y que forman parte ya del vocabulario gastronómico del barrio.

La tortilla, sin cebolla y sin negociación

Si hay un plato que ha labrado la fama de Casa Rodri más allá del barrio de Delicias, ese es su tortilla de patatas. Se hace a diario, de forma tradicional, sin cebolla, siguiendo la receta que lleva décadas funcionando. Sale jugosa, con ese punto que la hace difícil de trasladar a un plato sin que se mueva un poco. Y eso, en una tortilla, es buena señal.

La combinación que inició su popularidad —y que sigue siendo la más pedida— es en bocadillo con anchoas. La grasa suave del huevo y la patata frente al punto salino y yodado de la anchoa es una de esas parejas que funcionan sin necesitar explicación. Pero como en todo lo demás, aquí la última palabra la tiene el cliente: tortilla con pimientos, con mejillones, con lo que apetezca. La personalización es la norma, no la excepción.

Torreznos, quesos, guardias civiles y el porrón

La oferta de Casa Rodri no se agota en las conservas y la tortilla. Los torreznos de Soria, los embutidos, los quesos curados y los llamados "guardias civiles" —una tapa clásica de Zaragoza que aquí se prepara con solvencia— completan una carta que nunca ha querido crecer más de lo necesario. Todo lo que está en la barra está ahí porque funciona y porque el local puede mantener el nivel. Nada más.

Y luego están los porrones. En Zaragoza quedan pocos bares donde se pueda pedir uno, y Casa Rodri los tiene de tres tamaños, perfectamente alineados detrás de la barra. El pequeño para uso individual; los otros dos para compartir o para cuando, como dice la leyenda del local, uno se levanta "con el cuerpo más jotero de lo habitual". Es un detalle que dice mucho de lo que es este sitio: un bar que no ha renunciado a nada de lo que siempre fue.

Un bar que se puede admirar incluso cerrado

Casa Rodri cierra los fines de semana a la hora del vermú, lo que en cualquier otro establecimiento sería una rareza incomprensible. Aquí es casi una declaración de principios. El local abre de lunes a viernes por la mañana, se llena rápido —conviene llegar pronto si se quiere sitio y ver la barra con todas las latas todavía en su lugar— y cierra cuando toca.

La fachada, con su llamativo color rojo y el nombre rotulado a mano, puede pasar algo desapercibida en una calle con presencia de locales nocturnos. Pero quien sabe lo que busca la reconoce de lejos. Y hay un último detalle que los conocedores del bar recomiendan: pasar por la calle Escosura cuando está cerrado, solo para ver la persiana pintada a mano. En Zaragoza hay pocos bares que puedan presumir de ese tipo de detalles. Casa Rodri es uno de ellos.

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