Fusilado en las tapias del cementerio de Huesca: la vida y la muerte de Ramón Acín
Ramón Acín nació en Huesca el 30 de agosto de 1888 y murió en esa misma ciudad el 6 de agosto de 1936, cuarenta y siete años después.
Entre esas dos fechas caben muchas vidas: la de un dibujante que publicó sus primeras ilustraciones con veintidós años, la de un pedagogo que creía que la cultura era la única revolución duradera, la de un sindicalista que representó al Alto Aragón en los congresos de la CNT, la de un escultor que dejó sus Pajaritas en el parque Miguel Servet de Huesca y la de un hombre que salió voluntariamente de su escondite para frenar el maltrato a su esposa y fue fusilado ese mismo día en las tapias del cementerio oscense.
Hijo de un ingeniero agrimensor llamado Santos Acín Mulier y de María Aquilué Royán, Ramón fue el menor de cuatro hermanos. Con apenas diez años ya tomaba clases de dibujo con el pintor oscense Félix Lafuente. Era un talento precoz y curioso que, a los doce, ingresó en el Instituto de Segunda Enseñanza de Huesca. En 1907 se matriculó en Ciencias Químicas en Zaragoza, carrera que abandonó antes de terminar el segundo año para regresar a lo suyo: los lápices, los pinceles, las ideas.
Lo intentó de nuevo en Madrid —oposiciones de delineante de Obras Públicas, sin éxito— y volvió a Huesca, donde retomó las clases en la academia del pintor Anselmo Gascón de Gotor. No tardó en encontrar su camino. En agosto de 1910, el Diario de Avisos de Zaragoza publicó sus primeras ilustraciones. Al año siguiente firmaba ya la portada del programa de las fiestas de San Lorenzo en Huesca. La prensa humorística madrileña Don Pepito reproduciría uno de sus dibujos antes de que acabara 1911.
En enero de 1912, Ramón Acín se hizo cargo de la sección de Notas humorísticas de El Diario de Huesca bajo el seudónimo «fray Acín». Era un dibujante con voz propia, capaz de pasar de la viñeta amable al trazo político comprometido, y colaboró también con publicaciones más combativas como El Pueblo o Vida Socialista.
Barcelona, La Ira y la cárcel
En julio de 1913, a instancias de su amigo el escritor Ángel Samblancat, Acín viajó a Barcelona para co-fundar La Ira, un semanario cuyo subtítulo lo decía todo: "Órgano de expresión del asco y de la cólera del pueblo". En el primer número publicó una viñeta y un artículo titulado Id vosotros, una denuncia directa de la guerra con Marruecos. El segundo número no llegó mucho más lejos: una crítica a la Iglesia bastó para que las autoridades clausuraran el periódico y encarcelaran a su redacción entera.
No sería la última vez que Acín pisaba una celda, pero tampoco le amedrentó. La Diputación de Huesca le concedió ese mismo año una pensión para ampliar sus estudios artísticos, y durante 1914 y 1915 alternó Madrid, Toledo y Granada. Formación, lecturas, contactos. La cabeza de Acín no paraba.
En enero de 1916 ocupó la plaza de profesor interino de Dibujo en las Escuelas Normales de Maestros y Maestras de Huesca. Se marchó a Madrid para preparar las oposiciones y las aprobó en mayo de 1917, obteniendo la plaza de profesor numerario. El 28 de mayo regresó a Huesca. Al día siguiente moría su padre.
Pedagogo, sindicalista y cronista de su tiempo
La vida de Acín no admitía compartimentos estancos. Su plaza de profesor en las Normales de Huesca no era solo un sueldo: era un laboratorio. Creía —como Joaquín Costa, a quien consideraba uno de sus maestros— que la verdadera emancipación de la clase trabajadora pasaba por la educación, no por el dogma ni por el decreto.
En febrero de 1919 fundó junto a otros compañeros la revista decenal Floreal, que se publicaría hasta 1920. Ese mismo año empezó a colaborar con el semanario sindicalista leridano Lucha Social, dirigido por su amigo Joaquín Maurín. En diciembre asistió como delegado sindical del Alto Aragón al II Congreso de la CNT en Madrid. En el verano de 1920 recorrió pueblos de Lérida y Huesca junto a Maurín y Andrés Nin en una campaña de propaganda y organización sindical.
Era un anarquista, sí, pero de los que algunos llamaban "blanco": alejado de las posiciones más sectarias, convencido de que la razón y el diálogo podían más que la violencia. Eso no evitó que lo encarcelaran varias veces —en 1924 por pedir el indulto para un amigo condenado a muerte por la dictadura de Primo de Rivera, y en 1933 por su actividad revolucionaria—, pero tampoco lo apartó de la tribuna ni del taller.
Las Pajaritas, París y Buñuel
Como artista, Acín trabajó en paralelo y sin jerarquías. En 1922 hizo su primer relieve en barro, un busto de Luis López Allué que se fundiría en bronce para el parque de Buenavista de Zaragoza. Ese mismo año abrió en su casa de Huesca una academia particular de dibujo de la que saldría, entre otros, el escultor José María Aventín.
En 1928 instaló en el parque Miguel Servet de Huesca su obra más popular y más querida: la Fuente de Las Pajaritas, esas figuras de papel plegado en piedra que hoy siguen presidiendo el parque oscense. No es una obra monumental ni pretende serlo. Es una pieza cercana, casi tierna, que dice mucho del Acín que prefería la ironía a la grandilocuencia.
En junio de 1926 viajó a París, donde contactó con las vanguardias artísticas y se reunió con Luis Buñuel. No era un encuentro cualquiera. Acín y Buñuel se conocían de antes —Buñuel era aragonés, de Calanda— y la amistad entre ambos daría un fruto inesperado años después. En diciembre de 1929 expuso por primera vez en las Galerías Dalmau de Barcelona, una de las galerías más importantes de la vanguardia española. En mayo de 1930 volvió a exponer en el Rincón de Goya de Zaragoza.
El número premiado
El 22 de diciembre de 1932, Ramón Acín compartió el premio gordo de la Lotería de Navidad con numerosos vecinos de Huesca. Era un golpe de suerte improbable y, en sus manos, no tardó en convertirse en algo más. Con parte del dinero financió al año siguiente la película de Luis Buñuel Las Hurdes, tierra sin pan, un documental sobre la miseria extrema de una comarca extremeña que la República acabó prohibiendo por considerarlo lesivo para la imagen del país.
Buñuel siempre recordó a Acín como el hombre que hizo posible la película. Acín lo hacía con naturalidad: tenía dinero, tenía un amigo con un proyecto necesario y la ecuación era sencilla. Así de pragmático era su idealismo.
El final en Huesca
El 12 de diciembre de 1930 Acín participó en la Sublevación de Jaca, el intento fallido de proclamar la república antes de tiempo. Tuvo que exiliarse a Francia, pero con la llegada de la II República en abril de 1931 regresó a España y ocupó de nuevo su cátedra en la Normal de Maestros de Huesca. Siguió exponiendo, escribiendo, organizando. En 1935 participó en el II Congreso de la Técnica de la Imprenta en la Escuela, celebrado en Huesca.
En la noche del 18 de julio de 1936, cuando las noticias del alzamiento militar empezaron a llegar, Acín estaba entre los que acudieron al Gobierno Civil de Huesca a pedir armas. El gobernador los tranquilizó. Al día siguiente, Huesca estaba en manos de los sublevados.
Acín se escondió en su domicilio. Soportó los días como pudo. El 6 de agosto de 1936 oyó cómo maltrataban a su esposa, Concha Monrás, y salió. Se entregó voluntariamente. Ese mismo día fue fusilado en las tapias del cementerio de Huesca. Tenía cuarenta y siete años. Diecisiete días después, Concha Monrás fue asesinada junto a un centenar de republicanos oscenses.
Ambos descansan hoy en el cementerio de Huesca, junto a sus hijas Katia y Sol. Sobre la tumba de Acín hay un relieve escultórico de su propia mano, una pieza que originalmente formaba parte de un proyecto para el Osario de la ciudad y que nunca llegó a erigirse tal como él lo concibió.
Una memoria que persiste
Desde la década de 1990, el Ateneo libertario de Huesca lleva el nombre de Ramón Acín. En 2005, la CNT de Huesca colocó una placa conmemorativa en la Casa Ena, su domicilio en la calle Las Cortes número 3. El Museo Pedagógico de Aragón dedica una sección de su muestra permanente a su figura y sus proyectos educativos. Sus relieves preparatorios para la Fosa Común pueden contemplarse en el Museo Arqueológico Provincial de Huesca.
Aparece también como personaje en el cómic Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Fermín Solís, y en su adaptación cinematográfica. Es, probablemente, la forma más reciente en que las nuevas generaciones se han acercado a un hombre que vivió demasiado intensamente para que el tiempo lo borre del todo.
Quizás se equivocó al minusvalorar su obra artística, como apuntan quienes lo estudiaron de cerca. Quizás no tuvo tiempo de replantear sus virtudes, como él mismo habría dicho. Lo que sí dejó claro, hasta el final, es que su vida entera —el pincel, la tiza, el artículo de prensa, el carnet sindical— apuntaba en una misma dirección: que la gente pudiera pensar por sí misma. Los que lo mataron lo sabían mejor que nadie.