Muere sor Isabel: la última monja sanjuanista de Sijena que pone fin a una tradición de 800 años
El Monasterio de Sijena (Villanueva de Sijena, Huesca) pierde esta semana a su última voz en primera persona. Sor Isabel Angulo, quien fue la última religiosa de la comunidad que vivió en el cenobio hasta 1975, ha fallecido a los 97 años.
Con ella, se apaga un hilo de ocho siglos de vida monástica que unía de manera ininterrumpida a las comendadoras de San Juan de Jerusalén y de Malta con el recinto fundado por doña Sancha en 1188. La orden, legítima propietaria del Monasterio, queda ahora representada en España por sor Virginia, madre comendadora, como única religiosa en activo.
Una vida entregada a la oración y la hospitalidad
Nacida en 1928 en Arreo (Álava), segunda de cuatro hermanos, Isabel Angulo ingresó en la vida religiosa en 1951, con 21 años. Desde entonces, y siguiendo la regla de su comunidad, desplegó una existencia marcada por la oración, la meditación, la contemplación y la acogida a peregrinos. En los últimos años residía en otro monasterio de clausura de la misma orden en el País Vasco, donde ha tenido lugar su muerte.
Quienes la trataron subrayan su temple discreto, una devoción silenciosa y la serenidad con la que narraba la vida cotidiana de Sijena: el ritmo del rezo, el cuidado de los espacios y la atención a quienes llamaban a la puerta del monasterio en busca de consuelo, descanso o consejo. Su testimonio, transmitido con sobriedad, iluminaba un tiempo en el que la vocación y el servicio se sostenían, día a día, con gestos mínimos y perseverantes.
El legado de doña Sancha y la sede de Sijena
La historia a la que sor Isabel dio continuidad remite a 1188, cuando la reina aragonesa doña Sancha, esposa de Alfonso II, decidió fundar en la Península la orden femenina vinculada al Hospital de San Juan de Jerusalén —germen de la posterior Soberana Orden de Malta— y eligió Sijena como sede. A lo largo de ocho siglos, las comendadoras articularon en el monasterio una presencia espiritual y asistencial que marcó a la comarca, y con la que sor Isabel se identificó hasta convertirse en su última habitante.
El traslado de la comunidad en 1975 fue un punto de inflexión. Desde entonces, Sijena dejó de tener vida monástica estable, pero conservó su memoria y su vinculación jurídica con la orden. Sor Isabel encarnaba ambos planos: pertenecía a la institución legítima propietaria del Monasterio y había conocido sus claustros, su liturgia y su cotidianidad.
Un final de ciclo
La muerte de sor Isabel tiene, además de la dimensión personal, un significado histórico evidente: cierra un ciclo. No es solo la desaparición de una figura; es la conclusión de una continuidad humana que había enlazado generaciones de mujeres en torno a una misma regla, un mismo lugar y una misma misión. En un tiempo de profundos cambios, su desaparición subraya la fragilidad y, al mismo tiempo, la resistencia de las instituciones religiosas que han configurado durante siglos el paisaje espiritual y cultural de Aragón.
Queda, como último referente, la madre comendadora sor Virginia, que sostiene la presencia canónica de la orden en España. Su testimonio enlaza con la responsabilidad de custodiar un legado material e inmaterial que excede los muros de cualquier edificio: la oración, el carisma hospitalario y una manera de estar en el mundo que sor Isabel honró con constancia.

