Las tierras raras que posee China ya son el gran arma para cambiar la geopolítica mundial

Pekín advierte a Estados Unidos de su poder para paralizar la industria tecnológica y militar con un simple gesto.
Imagen de una bandera estadounidense y una china en San Francisco - MICHAEL HO WAI LEE / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO
Imagen de una bandera estadounidense y una china en San Francisco - MICHAEL HO WAI LEE / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO

A Occidente todavía le cuesta comprender a China, aunque desde hace más de tres décadas el gigante asiático ya vislumbraba el papel estratégico de sus recursos minerales. En 1992, Deng Xiaoping, líder del país en aquel momento, pronunció una frase que pasó casi desapercibida fuera de sus fronteras: “Oriente Medio tiene petróleo, China tiene tierras raras”. Hoy, esa afirmación suena como una profecía cumplida.

Las llamadas tierras raras son un conjunto de 17 minerales de la familia de los lantánidos, imprescindibles para fabricar desde teléfonos móviles hasta misiles, pasando por fibra óptica, lámparas de bajo consumo o instrumental quirúrgico. En realidad, de “raras” tienen poco, ya que existen en abundancia en varios puntos del planeta, pero su extracción es cara, contaminante y compleja, lo que ha frenado a muchos países a explotarlas. No así a China, que apostó hace décadas por su explotación, incluso asumiendo el impacto medioambiental, hasta convertirse en el principal productor y procesador mundial.

Actualmente, más del 70% de la producción mundial de tierras raras sale de las minas y factorías chinas, que concentran casi la mitad de las reservas globales, según datos del US Geological Survey. Frente a ello, Estados Unidos apenas posee un 12% de las reservas y cerró sus explotaciones en los años 80 por falta de rentabilidad. Hoy, sin embargo, son consideradas metales estratégicos para la defensa y la economía.

Los precios y la demanda no han dejado de crecer. El neodimio, clave para discos duros y láseres militares, ha subido un 50% en cuatro años; el itrio, utilizado en baterías y fibra óptica, se ha duplicado en el mismo periodo. La industria china, por su parte, se ha convertido en un monopolio de facto, suministrando el 80% de las importaciones estadounidenses, tanto para usos civiles como militares.

En plena guerra comercial con Estados Unidos, Pekín ha empezado a utilizar estas materias primas como palanca de presión. En junio, impuso tasas más altas a las tierras raras extraídas en la mina californiana de Mountain Pass (actualmente reactivada con capital chino) y devueltas a EE.UU. para su refino. Pero el gesto más significativo llegó días después: la visita pública del presidente Xi Jinping y su principal negociador, Liu He, a una planta de procesamiento de tierras raras en Jiangxi.

El editorial del diario oficial del Partido Comunista, que relató la visita, advertía: “No digáis que no os lo advertimos”. Esa frase, cargada de resonancias históricas en China, fue usada antes de las guerras contra India (1962) y Vietnam (1979), y ahora sugiere claramente la voluntad de endurecer su postura.

Poco después, el director del influyente Global Times escribió en sus redes que Pekín estaba “considerando seriamente” restringir las exportaciones a Estados Unidos y advirtió de que podría tomar otras contramedidas en el futuro.

No sería la primera vez que China usa esta carta. En 2010, durante una crisis diplomática con Japón por la soberanía de las islas Diaoyu/Senkaku, bloqueó la venta de tierras raras a su vecino, lo que provocó una fuerte reacción en la Organización Mundial del Comercio. Washington también tomó nota entonces, al constatar la enorme dependencia militar estadounidense de estos minerales, esenciales para visores nocturnos, telémetros y misiles.

Hoy, China recuerda al mundo que tiene en sus manos la llave de las nuevas tecnologías y las energías limpias. Como apuntó entonces el Global Times, la prohibición de exportar tierras raras sería “un arma muy poderosa en la guerra comercial”.

El tiempo, parece, ha dado la razón a Deng Xiaoping y a las generaciones de dirigentes chinos que arriesgaron por explotar unas tierras que, lejos de ser “raras”, se han convertido en imprescindibles.

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