No poder acceder a una vivienda genera ansiedad, culpa y parálisis vital en los jóvenes según una psicóloga
Hay una deuda que no aparece en ninguna hipoteca pero que muchos jóvenes cargan igualmente. No tiene que ver con los tipos de interés ni con los salarios, aunque ambos formen parte del problema. Tiene que ver con algo más difícil de cuantificar: la sensación acumulada de haber hecho todo bien —estudiar, trabajar, esforzarse— y seguir sin poder acceder a una base mínima de seguridad. Sin un piso propio. Sin un alquiler estable. Sin un lugar desde el que planificar el futuro.
Mariola Fernández, profesora de Psicología de la Universidad Europea, tiene nombre para ese fenómeno: "hipoteca emocional". Y advierte de que su impacto en la salud mental de los jóvenes es real, silencioso y creciente.
Qué es la hipoteca emocional
Fernández la define como el estado de incertidumbre continua que genera la imposibilidad prolongada de acceder a una vivienda. No es un mal momento puntual ni una frustración pasajera. Es una situación que se mantiene en el tiempo y que, cuando se prolonga, deriva en ansiedad crónica y desgaste psicológico.
"Es como vivir ante un peligro constante que no puede resolverse", explica la especialista. La mente interpreta la falta de estabilidad residencial como una amenaza permanente, activa los mecanismos de alerta y los mantiene encendidos indefinidamente. El resultado es agotamiento mental, dificultad para proyectarse hacia el futuro y parálisis en los proyectos vitales. No poder planificar dónde vivir impide planificar casi todo lo demás: relaciones, familia, trabajo, arraigo.
El error más peligroso: convertir un problema estructural en culpa personal
Lo que más preocupa a Fernández no es la ansiedad en sí sino el mecanismo que la amplifica. Muchos jóvenes, incapaces de resolver un problema que tiene causas estructurales —mercado inmobiliario, salarios, políticas de vivienda— terminan interpretando esa incapacidad como un fallo propio. Sienten que deberían haberlo conseguido ya. Que están haciendo algo mal. Que los demás avanzan y ellos se quedan atrás.
"Esta confusión entre contexto y responsabilidad individual amplifica el impacto emocional, agravando la autopercepción de inseguridad y desvalorización", señala la psicóloga. Es uno de los efectos más preocupantes del fenómeno: el problema no es solo no tener vivienda, sino cargar además con la sensación de que eso dice algo negativo sobre uno mismo.
La comparación con generaciones anteriores agrava el cuadro. Quienes hoy tienen cuarenta o cincuenta años accedieron a la propiedad en condiciones de mercado radicalmente distintas. Que los jóvenes actuales no puedan hacer lo mismo no refleja ningún fallo individual: refleja un cambio estructural en las condiciones económicas. Pero eso no siempre es fácil de interiorizar cuando el entorno social sigue midiendo la madurez y el éxito en términos de emancipación y vivienda propia.
Una deuda de la sociedad con una generación
Fernández va más allá del diagnóstico individual y sitúa el problema en un marco más amplio. La crisis de la vivienda evidencia, a su juicio, una desconexión profunda entre las expectativas que la sociedad transmitió a esta generación y la realidad económica con la que se encuentran. "Existe una deuda de toda la sociedad con esta generación, a la que se le prometieron una serie de condiciones que hoy no se cumplen", afirma.
Una deuda que, además, se ha agravado desde el estallido de la guerra de Ucrania y sus efectos sobre la inflación, los tipos de interés y el coste de vida. La brecha entre lo prometido y lo posible se ha ensanchado exactamente en el momento en que muchos jóvenes llegaban a la edad en que, en teoría, deberían haber podido emanciparse.
Cómo abordarlo: soluciones estructurales y apoyo psicológico
La especialista no plantea la salud mental como un problema separado del mercado de la vivienda. Los aborda como las dos caras del mismo problema y defiende que la respuesta debe ser igualmente doble. Por un lado, soluciones estructurales en el mercado inmobiliario que reduzcan la brecha entre salarios y precios. Por otro, estrategias de apoyo psicológico que ayuden a los jóvenes a gestionar el sufrimiento que genera la espera, sin interiorizar como fracaso propio lo que es una consecuencia de condiciones que no controlan.
Lo que describe Fernández como una "pandemia emocional silenciosa" no tiene la visibilidad de otras crisis de salud mental. No genera titulares de urgencia. Pero está ahí, acumulándose en conversaciones de terapia, en niveles de ansiedad que no bajan y en proyectos vitales que no arrancan. Y la primera condición para abordarla es nombrarla.

