El fuego deja en España 362.000 hectáreas calcinadas en tres semanas de agosto
España vive el peor verano de incendios del siglo XXI: más de 360.000 hectáreas calcinadas en agosto y un impacto devastador en ecosistemas, especies protegidas y entornos rurales.
La temporada de incendios forestales de 2025 pasará a la historia como una de las más devastadoras que ha sufrido España en lo que va de siglo. Entre el 1 y el 21 de agosto, el fuego ha arrasado 362.473 hectáreas, según los datos del Sistema de Información de Incendios Forestales de la Comisión Europea (EFFIS, Copernicus). La magnitud del desastre llevó a la ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen Muñoz, a comparecer en el Senado para reconocer la gravedad de la situación y anunciar que su departamento trabaja en un análisis exhaustivo de daños y medidas de recuperación.
Las cifras reflejan la magnitud de una catástrofe ambiental que ha tenido su epicentro en Galicia, con más de 158.000 hectáreas arrasadas, y en Castilla y León, con 150.000. En menor medida, Extremadura ha perdido 45.000 hectáreas, mientras que Madrid y Asturias superan ligeramente las 2.000. Andalucía, Navarra y Castilla-La Mancha también han registrado daños, aunque en cifras menores.
La aceleración del fuego fue vertiginosa: en apenas cinco días de la segunda semana de agosto se quemaron más de 300.000 hectáreas, impulsadas por temperaturas extremas, viento y sequedad acumulada. Un episodio que ha convertido este mes de agosto en el más dramático en términos de superficie calcinada desde que existen registros comparables.
El impacto sobre ecosistemas y especies
El 97% de la superficie arrasada corresponde a grandes incendios forestales, aquellos que superan las 500 hectáreas. La estimación de masa arbolada perdida asciende a 140.000 hectáreas, mientras que los espacios de alto valor ecológico tampoco se han librado de las llamas: más de 160.000 hectáreas pertenecientes a la Red Natura 2000 y a Espacios Naturales Protegidos han resultado dañadas.
El fuego también ha golpeado áreas críticas para la supervivencia de especies en peligro o vulnerables incluidas en el listado LESPRE. Entre ellas, el urogallo cantábrico, cuya población ya se encontraba al borde del colapso, ha perdido 2.400 hectáreas de su hábitat. El oso pardo ha visto afectadas 1.751 hectáreas de su entorno vital, mientras que la cigüeña negra, con apenas unas decenas de parejas reproductoras en la península, ha sufrido la destrucción de 773 hectáreas. La pérdida de hábitats agrava aún más la fragilidad de estas especies, amenazadas por la fragmentación de su territorio y la presión humana.
Aragón: menos superficie afectada, pero en máxima alerta
Aunque los datos nacionales sitúan a Aragón fuera de las regiones más castigadas en número de hectáreas quemadas, el territorio no está al margen de la crisis. El Gobierno de Aragón mantiene la alerta alta durante todo el verano, especialmente en la provincia de Teruel, donde los bosques de la Sierra de Albarracín y del Maestrazgo se consideran zonas de riesgo extremo por la acumulación de combustible vegetal y la despoblación que dificulta la vigilancia.
Los servicios de emergencias autonómicos han reforzado este verano la vigilancia con drones, retenes forestales y helicópteros de apoyo en los valles del Pirineo, conscientes de que una ola de calor como la de agosto podría desencadenar situaciones similares a las de Galicia o Castilla y León. En los últimos cinco años, Aragón ha registrado varios incendios de gran magnitud, como los de Ateca en 2022 o Nonaspe en 2019, que arrasaron miles de hectáreas y demostraron la vulnerabilidad de la región.
Además, expertos forestales subrayan que Aragón afronta un reto añadido: la región concentra grandes masas de pinares y monte bajo que, sin una gestión activa, se convierten en “polvorines naturales” cada verano. A ello se suma el abandono de tierras de cultivo y pastos, lo que reduce la limpieza natural del territorio y facilita la propagación de las llamas.

